Los Desorientados

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Los Desorientados

Amin Maalouf , Madrid: Alianza Editorial, 2012.

Ya el titulo, sin necesidad de reparar en el autor, atrapa la atención de quienes andamos como esos personajes reencontrados tras perderse en tantas guerras.

Quizá por que creíamos estar a salvo de convulsiones que nos parecían lejanas, de situaciones que imaginamos sin retorno, quizá porque aun sin creer a Fukuyama soñamos un mundo el nuestro, el más inmediato— sosegado, nos hallamos aún bajo el impacto de asumir que los días del porvenir serán de incertidumbre y de asombros.

No hace falta que un país se desgarre para que cada generación conozca su particular apocalipsis y que los individuos se desorienten. A los que amamos los libros, el silencio, el estudio, la palabra meditada y el conocimiento que se amasa de forma lenta y reflexiva para no irse jamás, nos desorientan el vértigo de mutaciones que aceptamos sin acabar de digerir porque, asumimos que no ya nuestra época, sino nuestra generación o nuestras trayectorias vitales están repletas de esos “puntos ciegos” Blind spot –cosas que son invisibles en una época histórica y en otra se visibilizan— con los que se topa, Adam, un “convencional” profesor de historia, biógrafo de Atila, huido de la guerra que en Oriente Próximo asola a su país.

No ha pasado ni una década pero no vimos –o al menos no vi— que el conocimiento construido en largos años de investigación no podría ser transmitido sino como generalidades, postergado lo esencial a doctorados, a veces improbables y siempre caros. No vimos que nuestra disciplina se degradaría; que una muralla de pantallas terminaría evitando que la mirada del profesor y el estudiante curioso se cruzaran: que antes de acabar de formular una pregunta, se responda sin reflexión y sin dejar de mirar el ordenador; que se acabe la carrera sin visitar la biblioteca… que proliferen investigadores que jamás se aproximaron a la fuente original; que nos insten a debatir con los alumnos sin poder observar la duda, la curiosidad o la certeza en su expresión.

Me asombra y me asusta la abducción de esas pantallas que en cualquier situación y compañía nos arrebatan el hilo del diálogo. La permanente fijeza de los jóvenes en el rectángulo que es apéndice de sus manos, su transparencia los transporta hasta injusticias remotas que los indignan y los conmueven pero que sustraen su mirada a necesidades inmediatas que requieren su atención; la mano que les tiende el anciano que no puede subir al autobús, el saludo al vecino solitario, la desatención a la pena que provoca su autismo en quienes añoran su conversación o la extrañeza de verlos en un bar, compartiendo con las copas sus pantallas, sin mirarse…

En medio de esta desazón que se me antoja apocalíptica ante la nueva gestión del conocimiento y ante las novedosas modalidades de relaciones humanas, la lectura del último libro de Amin Maalouf, simplemente me ha sobrecogido.

Porque es la historia de seres que forjan su amistad a través de la palabra, de la controversia y el debate sobre los grandes temas de un tiempo que lo fue de rebeldía. Salvador Giner con ocasión de la publicación de su trabajo, sobre El origen de la moral. Ética y valores en la sociedad actual se refiere al siglo XX como el peor de la Historia. Lo han considerado así, no pocos historiadores. El siglo de los genocidios lo califica Bruneteau teniendo en cuenta que sólo en su primera mitad conoció la gran matanza de civiles, que fue el genocidio armenio, las deportaciones de población, la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Pensadores como Foucautt y Derrida, lo interpretaron también en clave nefasta, pero en la línea de Habermas que contrapuso a esta visión catastrófica la revolución en las artes, música y arquitectura a la pregunta de si hubo en el siglo XX progreso moral, Giner contesta afirmativamente desde la consideración del nacimiento y desarrollo de las nuevas utopías, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y la defensa de los derechos humanos.

En ese punto de inflexión situado en los comienzos del fin –según la expresión de Hobsbawm— de la edad de oro­ del siglo XX, en el que junto a la emergencia de los movimientos cívicos se gestaban los desastres futuros se funden en una amistad que se revelerá intemporal, las vidas de un grupo de jóvenes universitarios que asumen como guías o al menos consideran como referentes intelectuales, las ideologías que en su momento fueron emancipadoras. Lectores, algunos de Orwell, Malraux o Hemingway, a través de quienes conocieron la visión mítica de la guerra civil española interpretan los nacionalismos postcoloniales que aún se creían transformadores y se identifican con los movimientos antiimperialistas al punto de imitar alguno como el futuro islamista la indumentaria del Che. Eran el Círculo Bizantino, una especie de comunión intelectual, interesada en la literatura, el arte, la poesía, la música y la política, unidos por el afecto, forjado en noches interminables de tertulia y vino en la terraza de una casa libanesa. Construida su amistad en afinidades que en la primera juventud creemos inalterables, la profundidad de su comunicación no incluye el conocimiento cierto de las circunstancias particulares o familiares que han de determinar, a la postre sus destinos. Particularidades que se intuyen o sospechan pero que permanecen silenciadas sin saberlas unos de otros, no tanto por ser intencionadamente ocultadas, sino porque entonces ni perturbaban, ni alteraban la relación entre seres que se amaban, sin considerar su posible pertenencia a identidades destinadas a convertirse en asesinas.

He aquí donde está la centralidad de la recurrente reflexión propuesta en cada una de las obras de Amin Maalouf, el papel de identidades y religiones en la barbarie que se sobrepone al humanismo y la más que dudosa cuando no injusta atribución de una exclusiva responsabilidad en los conflictos de Oriente a la población de estados postcoloniales, impulsados por los antiguos colonizadores a espaldas de su realidades étnicas y religiosas. Es una reflexión, desde el desgarro de un historiador apátrida, del eterno conflicto entre oriente y occidente, entre tribalidad y Estado, entre laicismo y religión…

Las historias recordadas y transmitidas por Adam ponen de manifiesto que las vidas de sus amigos, fueran musulmanes, judíos, católicos o cristianos ortodoxos, estuvieron marcadas por los grandes acontecimientos históricos que afectaron al mundo arabo-islámico en la segunda mitad del siglo XX.

En el Egipto del socialismo islámico, gobernado por Nasser fue la imposibilidad de seguir, aún siendo nacionalista con pautas de vida occidental. Como fue imposible para la familia judía de Namin seguir viviendo en un estado árabe después de la Guerra de los Seis días, como igualmente tras la Nakba sería difícil para los árabes vivir en Israel. Pero ser cristiano, musulmán, druso o judío, ateo o agnóstico no afecto antes de la guerra del Líbano la relación entre los miembros del Círculo Bizantino y su amistad, perduró sólida pese la diáspora del desastre y al desencuentro de dos décadas de exilios que transcurren sin que ninguno de los antiguos amigos hubieran dejado de añorarse.

Los Desorientados son la representación de una sociedad desgarrada por las diferencias étnicas y religiosas pero esta aparente realidad es cuestionada por Maalouf quien ya nos invito a reflexionar sobre el tema en Identidades Asesinas, pues no parece admitir plenamente que sean la creencias religiosas por si mismas responsables de la violencia política que azota el espacio que fue romano, bizantino y otomano y finalmente colonia de occidente. Más bien habría de valorar cómo esas creencias fueron y son utilizadas como factor de movilización para según que intereses, casi siempre, ajenas a estas comunidades.

Como no evocar a lo largo del siglo XIX la interesada “protección“ de los cristianos ortodoxos por parte de Rusia y de los católicos por parte de la Francia del II Imperio, impulsora, junto Inglaterra de la construcción del Canal de Suez, vital para los intereses del Imperio Británico que convertiría a Egipto en su colonia. La protección de los derechos religiosos de la población no musulmana del Imperio Otomano acabó convirtiéndose en ingerencia política. La disputa por el uso de los Santos Lugares por parte de cristianos romanos y orientales, es sabido no fue más que un pretexto para dirimir en la Guerra de Crimea el acceso de Rusia al Mediterráneo. El mismo Casus Belli, la protección a las minorías cristianas que paralelamente se sustraían a la jurisdicción del Sultán fue uno de los factores del debilitamiento del Imperio Otomano cuyos despojos acabaron repartiéndose las potencias coloniales. Procesos conocidos, en Los Desorientados ponen al lector sobre aviso de que el exceso de focalización en el fenómeno religioso desvían la atención del verdadero causante de la violencia, “el becerro de oro”. Todos y cada uno de los personajes parecen querer desplazar los elementos que los disgregan a favor de principios comunes y que pueden ser integradores. Una idea verbalizada por uno de los personajes en una frase con la que cualquiera que ame por encima de todo la paz y la tolerancia se identifica: “en creencias religiosas no voy tras de nadie como no pretendo que nadie venga tras de mi”.

Pero sobre el trasfondo del ya citado binomio, Occidente-Levante, la novela de Maalouf, es, sobre todo, la exaltación de una amistad capaz de sobrevivir a los despojos de una guerra. Desde una convicción absolutamente ética, a lo largo de la narración, Adam apuntala que lo que separa a los amigos no es su pertenencia a confesiones opuestas y que los individuos con independencia de las ideas y valores de su opción política o religiosa, de su nación o su tribu son responsables de la ética de su comportamiento tanto en la paz como en la guerra. Una guerra de la que traicionando su profesión de historiador, no explica los motivos que suficientemente conocidos se soslayan como una especie de fatalismo.

Fue Mourad, el único que emboscado en el atavismo de sus lealtades optó por la traición, el asesinato y el colaboracionismo. En la paz, este personaje político corrupto, enriquecido en el ejercicio del poder es la representación del oportunista que gana en cualquiera de los bandos que en la guerra civil de su país fueron muchos.

Su inesperado llamamiento a Adam antes de morir es la demostración de que nunca se resignó al ostracismo al que sus antiguos camaradas lo condenaron quizá sin conocer el desgarro que para el mejor de sus amigos supuso arrancarlo de su vida. Quien tomó una decisión de la que ni se arrepiente ni duda, porque la opción de Mourad no lo fue en función de principios políticos o religiosos. Respetables, estos, aunque no sean compartidos como se demuestra en la tensa dialéctica sostenida entre el profesor laico y el fundamentalista islámico, sino que fue resultado del interés personal, del egoísmo y de la traición a los más elementales principios morales. Quizá, Adam nos advierte que las relaciones entre gente que se quiere son tanto más inquebrantables cuando antes se liberen de los efectos nocivos que las pervierten: la traición de las confidencias, la ponzoña de la envidia, la maledicencia y el desprecio de las creencias que con el paso del tiempo dejaron de compartirse. Ninguno de los amigos reencontrados en torno a la amiga común que es la esposa de Mourad es el mismo. Maalouf presenta, conscientemente antagonismos en apariencia insalvables. El ingeniero enriquecido con la construcción en los países del Golfo contrasta con la pobreza elegida de su antiguo socio, recluido en un monasterio. El islamista y el laico; el árabe y el judío y una mujer a la que todos podían haber amado. Comparto con Adam, quizá porque mis amigos como los suyos lo son desde hace décadas el mensaje de que, si uno se empeña la amistad es el único e imperecedero patrimonio.

5 pensamientos en “Los Desorientados

  1. Intento seguirte Lucía pero no soy tan profunda en estos temas. Me gusta mucho tu forma de escribir, y algunos de las referencias y momentos por los que pasas, DS me recuerdan que yo estaba alli porque son bastantes mis años. SantyM.

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