SOBRE NUEVOS Y VIEJOS MOVIMIENTOS SOCIALES. EL BESO COMO PROTESTA

Todos los movimientos sociales comparten el objetivo de provocar el cambio social, sea en el sentido del progreso o en el de la involución. Los llamados “Nuevos Movimientos Sociales” no surgieron como apuntan algunos autores de una crisis económica, sino que afloran a finales de la década de los 50 y principios de los 60 en plena consolidación del estado del bienestar, la edad de oro como la denominó Hobsbawm. El feminismo, la movilización a favor de los derechos civiles, las campañas antiatómicas, el pacifismo, el ecologismo, el movimiento Hippie, surgieron y se desarrollaron antes de la crisis de los años 70.

Como fenómeno histórico, los movimientos sociales admiten una periodización. De forma general la protesta colectiva responde a distintas tipologías según se den en la etapa preindustrial, industrial o postindustrial. Tanto a la historiografía marxista británica (Thompson) como a Rude, con sus estudios sobre la multitud en la historia, le debemos el desplazamiento de la atención prestada a los movimientos estructurados hacia la acción colectiva en las etapas previas a la industrialización. Charles Tilly ha dotado a la protesta popular “espontánea” y asistemática de una naturaleza política desarrollada desde marcos no institucionales. Otro tema es la tipología que presenta la acción colectiva en relación a la coyuntura histórica en la que se manifiesta. Hoy se rechaza la rígida taxonomía que atribuye los modelos de protesta arcaica –motines de subsistencias, recurso al fuego, destrucción de símbolos, asaltos a propiedades privadas, ocupación de fincas, destrucción de máquinas, etc.— a la etapa preindustrial diferenciándolas de las formas de protesta estructuradas que corresponden al movimiento obrero. Frente a éste, los llamados “Nuevos Movimientos Sociales” se caracterizaron por su flexibilidad. Protagonizados por los sectores que habían quedado excluidos de los logros históricos conseguidos por el movimiento obrero y por los nacionalismos –minorías étnicas, las mujeres y el subproletariado, entre otros— se convierten en antisistémicos frente a la corrupción de los estados, la falacia del comunismo de estado y las limitaciones sociales de la socialdemocracia. Este cuestionamiento estalló en mayo del 68 en un movimiento sin dirección pero potencialmente capaz de modificar los modelos de estado autoritario y sobre todo de desafiar las ideologías hegemónicas que protagonizaron la Guerra Fría, la democracia y el comunismo. Que los movimientos de los años 60 acabaran en parte asumidos por la vieja izquierda y que con ello dieran lugar a nuevas experiencias de poder no les restó capacidad para alimentar los posteriores movimientos sociales, los que aparecidos en la década de los 90 se incluyen en los movimientos antiglobalización.

Aparecieron entonces nuevos movimientos que tenían como común denominador, la elasticidad e imprecisión entre unos y otros, el rechazo al liderazgo, a la centralización y a la jerarquía organizativa; el interclasismo, la orientación antimodernista; la crítica a la sociedad productivista, al consumo irresponsable y al patriarcado; la desconfianza en el progreso entendido como desarrollo exclusivamente material y una aspiración emancipatoria caracterizada por la búsqueda de una mayor justicia en una tierra habitable. Algunos de los rasgos enumerados son visibles en muchos de los repertorios de acción colectiva, supuestamente premodernos. ¿Cómo no evocar en los movimientos interclasistas y antimodernistas rasgos de la protesta campesina en la fase de implantación del capitalismo agrario?

Las aspiraciones históricas del campesinado y sus modos de protesta hallan su continuidad en el “Movimiento Internacional de la Vía Campesina”, creado por “Los Sin Tierra” de Brasil que integra a campesinos sin tierras, pequeños y medianos productores, trabajadores agrícolas, mujeres rurales y pueblos indígenas y luchan contra la globalización de la economía, el hambre en el mundo y en consecuencia contra el modelo neoliberal.

Es conocido que lo que puede considerarse el inicio de las movilizaciones contra la Globalización es el levantamiento zapatista de 1994 en Chiapas, en cuyo manifiesto se denuncia la entrada en vigor del “Acuerdo de Libre Comercio”. Entre los muchos grupos globalifóbicos que aparecieron en los 90 los hubo a favor de establecer mecanismos de control sobre los mercados financieros como son la imposición de la “Tasa Tobin” (Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana, ATTAC); “La Marcha Mundial de las Mujeres” como denuncia de las políticas que les han sustraído los recursos dejándolas en una situación de pobreza y subordinación; los movimientos que proponen la eliminación de los paraísos fiscales; los que exigen la anulación de la deuda externa a los países pobres –que además de impagable es inmoral—; los que exigen la democratización de las entidades financieras internacionales: las organizaciones no gubernamentales, iglesias, organizaciones comunitarias, etc.

El mundo quedó sorprendido cuando en 1999 miles de personas, ambientalistas, ecologistas, feministas, grupos en defensa de los derechos humanos, indigenistas y anticonsumistas, se manifestaron de forma masiva en Seaatle (EE. UU.) poniendo de nuevo en entredicho la estable visión del mundo difundida por el optimismo de Fukuyama. Como sabemos lo peor estaba por llegar.

La naturaleza de los movimientos sociales descritos implica unas modalidades de acción colectiva nuevas y poco convencionales. La primera y más definitiva innovación es su relación con las nuevas tecnologías y la instrumentalización de las redes sociales. Con todo, todos los repertorios de la nueva movilización beben de modelos previos ya sean las acciones de José Bové, contra la macdonalización del mundo y la comida basura como los más pintorescos protagonizados por activistas que arrojan pasteles en el Foro de Davos. El 15M, la mayor movilización de la sociedad civil en España en los últimos tiempos es igualmente deudora de los modelos propios de la postindustrialización.

La agudización del conflicto social en los últimos años ha hecho aparecer, formas de protesta en apariencia novedosas pero que en realidad no lo son o son versiones de antiguos modelos.

Al describir en clase determinadas formas de conflictividad en el mundo rural durante la Restauración, los alumnos se percatan de que el “Escrache” no es en absoluto un repertorio de protesta recién inventado. En las movilizaciones –casi siempre protagonizadas por mujeres— en protesta por las quintas, los consumos y la carestía, en periodos de hambre se asaltaban los domicilios de los alcaldes, de los caciques y de los acaparadores de alimentos o se les insultaba públicamente a las puertas de los casinos.

María Dolores de Cospedal en su legítima descalificación de esta práctica, la consideró propia de la Alemania nazi. Ya sabemos que la concepción del partido gubernamental sobre nuestra historia reciente es el soterramiento de la memoria de las víctimas de la violencia política de la dictadura, por eso doña Dolores ha situado el modelo en la remota Alemania y en el nazismo. Sin embargo, pelar a mujeres, pintarles la cabeza rapada de colorado y pasearlas por los pueblos antes de encarcelarlas por supuestas prácticas políticas fue el más acabado modelo de escrache doméstico. Quizá Cospedal lo ignore o le resulte más amable atribuirlo en exclusiva al nazismo exculpando de tal práctica al franquismo.

Otros analistas han asimilado el modelo al utilizado en Argentina contra los represores de la dictadura. En este caso la protesta tiene la finalidad de identificar a un individuo cuya actividad ha pasado desapercibida en la comunidad. De ser así, esta forma de protesta –que no comparto— no sería útil, dada la tendencia de nuestros políticos a exhibirse. Al menos en mi pueblo, la televisión local –que es pública— dedica horas a la alcaldesa, a los concejales, a los directores generales y a sus respectivos séquitos –presidentes de asociaciones de vecinos afines y clientelas varias—. Además están las procesiones y los cada vez más frecuentes actos religiosos celebrados en la calle que les permiten lucirse sin que haga falta que nadie los señale.

Hasta el pasado jueves, ninguno de los modelos de movilización ciudadana que la crisis y los recortes de los derechos y de las libertades han provocado, ha sido novedoso ni sorpresivo. Sin embargo, la reaparición de discursos y proyectos políticos, argumentados desde la moral integrista religiosa, de inevitable evocación nacional católica, y destinados a combatir las identidades sexuales y de género vienen impulsando modos de protesta esencialmente provocadores al utilizar representaciones asimiladas a los aspectos más íntimos del individuo, el sexo y los afectos. Precisamente aquellos que al ser atacados por inmorales han provocado su visibilidad a través de acciones que tienen como elemento central, el cuerpo femenino, en unos casos; la representación de lo genital, en otros o las manifestaciones físicas del afecto y del amor que las parejas se profesan más allá de su misión reproductiva.

El recurso al beso como protesta merece a partir de ahora un espacio privilegiado en el análisis de la acción colectiva. No existe, si acaso con la excepción del movimiento Hippie, un precedente que utilice el contacto físico como manifestaciones del afecto, del amor y de la amistad como armas contra el oscurantismo y la intolerancia.

La protesta a las puertas de la catedral de Málaga, protagonizada por colectivos de gays y lesbianas y sus apoyos –independientemente de algunas escenas de dudoso gusto— ha sido un ejercicio de imaginación, de provocación ciudadana, de llamada de atención, porque percibimos la amenaza de la vuelta a unos tiempos tenebrosos. Se argumenta que las palabras del cardenal malagueño –quien por otra parte tiene como cualquier ciudadano derecho a opinar libremente— son inofensivas y atolondradas. En realidad no son sino la verbalización de la teoría de la degeneración que emparenta el homoerotismo con la degradación moral. Son, por otra parte, opiniones que el partido gobernante ha asumido como el estado de opinión de sus apoyos y como en su intencionalidad de prohibir el matrimonio gay las ha proyectado en su praxis política.

Nunca entenderé la preocupación de la Iglesia por los efectos y las inclinaciones sexuales de individuos libres y adultos, ni qué le va que las parejas gays se casen o dejen de hacerlo –si la ceremonia no se ha de celebrar en sus iglesias—. No entiendo su cruzada contra las parejas del mismo sexo –idéntica a la desplegada en la República contra el divorcio— ni mucho menos su obsesión por controlar la sexualidad y la moral de las mujeres. Si en temas como la prostitución –legal en España hasta 1956 con la aprobación de la Iglesia— es evidente la existencia de una doble moral, no lo es menos en el tema del aborto. Su beligerancia en contra de la interrupción voluntaria del embarazo ha impuesto al gobierno una ley antisocial y retrograda. Sin embargo, parece ser más permisiva con la inseminación artificial –regulada en la “Donum Vitae”— que generalmente conlleva el rechazo de embriones. Como no me gusta el escrache, no diré quien se insemina.

Parece claro que el embate del neonacionalcatolicismo está provocando la emergencia de una nueva edición de movilizaciones periféricas a las laborales, sindicales y políticas, que se caracterizan por su naturaleza adscriptiva y por la convergencia en las protestas de los colectivos más afectados por el proceso de recatolización de la sociedad. Si todos y cada uno de los elementos asumidos por estos movimientos proceden de repertorios tomados de un proceso que va desde el mayo del 68 al 15M, el recurso a una escenografía próxima a los espacios religiosos –que siempre deben ser respetados— es novedoso, pero sobre todo lo es que a la descalificación moral y al insulto se responda con el beso.

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