Humanidades: más sombras que luces

II Feria del Libro Los demoledores efectos que el Plan Bolonia han supuesto para los estudios de Humanidades son suficientemente conocidos. Lo que los nuevos criterios de evaluación supondrán a largo plazo para la investigación histórica están por ver, puesto que el resultado de nuestras investigaciones ya no va destinado a las comunidades y colectivos más cercanos al objeto de la investigación, sino exclusivamente dirigido a la comunidad científica. Esto compromete seriamente la proyección social de la investigación y las capacidades transformadoras del conocimiento creado. El lamento por la situación de las Humanidades es generalizado y de lo que ocurre en la Universidad, las políticas culturales no son sino reflejos.
Marbella es –¡Cómo no!— un paradigma. La defensa del patrimonio histórico –material e inmaterial— en esta ciudad, –impensable cualquier referencia a la Memoria Histórica—; el impulso de la historiografía local, o el desarrollo de iniciativas relacionadas con la defensa del Patrimonio no han sido intervenciones preferentes de ninguna de las corporaciones locales desde la Transición. Con todo, el panorama actual es simplemente desolador. Los programas de la Universidad de Málaga (UMA): el Curso Intensivo de Español para Extranjeros, los Cursos de Verano y el Aula de Mayores; así como la implantación de nuevas carreras en la UNED, han convertido –ciertamente— a la ciudad en referente cultural de la provincia. De estos programas culturales e iniciativas expansivas han sido excluidas o al menos postergadas las Humanidades. De forma absolutamente paradójica una corporación de la que forman parte cuatro profesores de Historia –dos con responsabilidades de gobierno— y una arqueóloga, no ha asumido apenas sino una publicación, La Villa Romana de Río Verde, un trabajo llevado a cabo por un equipo de profesoras y profesores. La dejadez municipal en la promoción de la historia local sólo es corregida por el voluntarismo de colegas que asumen empresas como la edición del último número (24-25) de la revista Cilniana. Pero aceptar como parte de la política cultural, que el conocimiento historiográfico se construye a partir de cualquier relato convertido en letra impresa, significa aceptar la devaluación total de la disciplina y repito tenemos cinco concejales que por su profesión saben distinguir perfectamente el heno de la paja.
El convulso final del gilismo permitió concebir ilusionantes expectativas. Al concejal de cultura de la Gestora se debió la dignificación del Archivo Municipal que en proporción a sus escasos fondos está mejor dotado de personal y servicios que cualquier otro de la provincia; la convocatoria del Premio Vázquez Clavel y la primera y última actuación en relación a la Memoria Histórica, la colocación de una placa que recuerda a las víctimas de la represión franquista.
Los comienzos de la política cultural del partido gobernante tampoco fueron desesperanzadores, por el contrario se celebraron varias ediciones de jornadas dedicadas a la Historia Local o a procesos más generales, como a la Historia del siglo XX. La tónica común a estas actuaciones fue la intervención de historiadores profesionales e independientes, de técnicos y de la colaboración institucional con la UMA, el Archivo Provincial de Málaga o el Centro de Profesores. Era una política que ponía en entredicho que la promoción de la cultura local como instrumento de cohesión comunitaria fuera monopolio de la izquierda. Pero está claro que fue un espejismo dado el evidente desplazamiento hacia el localismo más zafio y la falta de continuidad de aquellas iniciativas. Pues ni el Premio Vázquez Clavel se ha vuelto a convocar ni el ayuntamiento ha publicado nuevas investigaciones con base en la localidad y su compromiso con la historiografía profesional se ha limitado a la colaboración con una tesis doctoral publicada por la UMA en 2008.
Pese a la modestia de nuestra colección arqueológica la iniciativa de dotarla de un espacio para su exhibición fue recibida con alborozo. Creímos que era la fase embrionaria de un futuro museo instalado en el más emblemático de nuestros edificios patrimoniales que integraría también los testimonios de la arqueología industrial. No parece que la colección haya sido aumentada con nuevas adquisiciones, no se han programado actividades destinadas a poner en valor la colección arqueologica, ni a la difusión de la recreación de la almazara. De hecho los escasos visitantes y usuarios –recurrentes— del Cortijo Miraflores –más conocido por la reciente y mediática leyenda de su fantasma que por su contenido patrimonial— apenas reparan en su uso archivístico o museístico
El demerito de las Humanidades en la ciudad alcanza incluso a los programas formativos municipales. Los cursos de Acceso a la Universidad impartidos en la Fundación Municipal –actualmente OAL— de Arte y Cultura que durante casi dos décadas tenían en esta rama del conocimiento la demanda más amplia, han suprimido de su oferta la asignatura de Historia. Justo ahora cuando el Grado la ha convertido en una opción muy atractiva para los estudiantes.
Pero si de las carencias señaladas, el ayuntamiento de Marbella es responsable de omisión, de la destrucción de su patrimonio azucarero es cómplice activo. Escudado en un sempiterno enfrentamiento con su particular enemigo externo –La Junta de Andalucía— está permitiendo la total aniquilación del Trapiche del Prado. Al margen de los términos de la cesión por parte de quienes fueron propietarios del inmueble o del debate sobre el grado de protección, la responsabilidad de evitar que se desmorone es exclusivamente municipal. El abandono al que está sometido hoy es, si cabe, más grave que la fechoría de convertirlo en caballerizas. De gente que venía exclusivamente a saquear no cabía esperar preocupaciones humanistas, menos, dada la ignorancia –más que notoria de los sucesivos delegados de cultura—. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas y los informes históricos realizados ya en “la era de la civilización” y que fueron promovidos por el mismo ayuntamiento no permiten la justificación del desconocimiento. Se sabe y se ha difundido en el ámbito académico que se trata del más importante resto preindustrial –al menos de la provincia de Málaga— de la arqueología del azúcar. No existe justificación alguna para su abandono –a no ser que se desee conscientemente que desaparezca—.
Debe ser objeto de reflexión más que de queja o denuncia, las razones de la inflexión experimentada por la política cultural pero es evidente que sean cuales sean, lo fueron a costa de las que desarrollan y potencian, esas áreas “menores” del conocimiento que genéricamente, se denominan, “letras”. Al respecto lo que en la Marbella actual, se cree que es la Feria del Libro, no es ni siquiera una mala imitación de las actividades literarias organizadas en los años 80 y 90 del siglo pasado por la Universidad Popular –García Montero, Blanca Andreu, Berlanga, Molina Foix…—. Ciertamente, aquellas respondieron, como la intensa actividad teatral a la importancia que adquirió la cultura en el imaginario colectivo que la identificaba con la calidad de la reciente democracia. Al igual que las anteriores intervenciones, las dedicadas al fomento de la lectura, se han desarrollado bajo el actual equipo de gobierno –en los años anteriores— con los mejores augurios. Pero los programas que hace cuatro años conciliaban la producción local con la indispensable presencia de autores y firmas consagradas –Aramburu, Newman, Juan Madrid, Soler…— han ido empalideciendo. Por esa extraña alquimia que en Marbella convierte en historiografía o literatura, la letra impresa, la amplitud de la oferta doméstica justifica –con el consiguiente ahorro presupuestario— la parca presencia de la creación foránea y de autores que nos convierten en adictos a la lectura. Pero, esta será siempre la ciudad de los oropeles, y la apariencia desde una visión autocomplaciente y aduladora es que asistimos a una nuevo “renacimiento” de las letras. ¿Pero qué puede achacarse a la ciudad que adopta a un Premio Nóbel?

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