La Universidad de Bolonia

bologna     Afortunadamente parece que lo que ocurre en la Universidad es objeto de reflexiones y preocupaciones que aparecen con mayor frecuencia en los medios de comunicación. Hace unos meses, unos profesores valientes se atrevieron a denunciar los criterios de evaluación –mejor dicho la aleatoriedad de esos criterios— en base a los que se conceden o se deniegan los ansiados «sexenios», convertidos en el único y exclusivo elemento de cualificación de los profesores universitarios. El hecho de que estos criterios se hayan establecido recientemente invalida trayectorias impecables. Investigaciones, desde las que se ha construido el conocimiento historiográfico de nuestras comunidades autónomas y de nuestros pueblos impulsando nuevas vocaciones fueron publicadas, en su momento, por instituciones locales como ayuntamientos o diputaciones. Según los criterios aplicados, hoy carecen de validez. Sin embargo, estudios generalistas, versiones actualizadas de aquellos trabajos o en algunos casos incluso descarados plagios se publican en editoriales comerciales, donde automáticamente se revalorizan –los ejemplos existen y a más de uno nos afectan—. Asistimos impávidos a la privatización de la transferencia del conocimiento historiográfico y aceptamos pagar nuestras publicaciones a editores privados –en definitiva nos financiamos los «sexenios»—. Editar en la Universidad en la que nos formamos y trabajamos penaliza más que premia. De forma que el resultado de nuestras investigaciones ya no va destinado a las comunidades y colectivos más cercanos al objeto de la investigación sino a medios tanto más valorados cuanto más alejados están de nuestro entorno. No importa tanto el contenido de lo publicado, sino donde y con quien se publica. La proximidad de nuestra firma a investigadores foráneos cotiza en alza, independientemente del hecho de que nuestros colegas extranjeros –en algunos casos— hayan basado sus conclusiones en nuestros propios estudios locales publicados hace décadas. Las posibilidades de las capacidades transformadoras del conocimiento historiográfico en su proyección social se reducen puesto qué obsesionados por alcanzar los más altos niveles académicos, nos alejamos del compromiso que debe mantener el historiador con su comunidad y con la sociedad civil.

Con todo, los efectos más demoledores de la Universidad del Espacio Europeo de la Educación Superior (EESS) es la imposibilidad de motivar a nuestros alumnos para la investigación porque ni siquiera tenemos ya la oportunidad de dar a conocer las nuestras. Las carreras tan cortas, las asignaturas tan constreñidas y los programas tan genéricos no permiten sino la transferencia del conocimiento especializado en los másteres. Los alumnos están obligados a pagar por unos contenidos que en la Licenciatura se impartían en las asignaturas optativas y en las que conformaban las respectivas especialidades. El alumno de Grado de Historia no es consciente de lo que se le ha sustraído, pero la coexistencia en los últimos años con la Licenciatura permite una comparación desde la que se evidencia la desproporción. Algunos alumnos comentan que en el instituto sus profesores dedicaban más tiempo al temario que en la Universidad. Los creo puesto que las asignaturas troncales como Historia Contemporánea de España se imparten ahora en un sólo cuatrimestre. Las mismas carencias y limitaciones presentan las restantes asignaturas, comprometiendo el objetivo de conciliar el aprendizaje teórico y práctico.

El exceso de burocracia que acompaña a la función docente ha terminado por sustituir la reflexión sobre nuestro quehacer pedagógico por la mera gestión administrativa de las asignaturas. El dominio del Campus Virtual ha exigido para su utilización muchas horas de formación sin que necesariamente ello haya supuesto una mayor calidad de la docencia. Las indudables ventajas de las nuevas tecnologías están fuera de toda duda, pero no es menos cierto que han modificado también la relación profesor-alumno rebajando la calidad de la comunicación interpersonal, fundamento del acto pedagógico. Al respecto los ejemplos son múltiples –en horario de tutorías recibo por correo electrónico consultas de alumnos a los que puedo ver tomando el sol a pocos metros del despacho—. A diferencia de cualquier otro funcionario –es impensable que los médicos reciban consultas de sus pacientes en horario no laboral— al ser nuestros correos públicos, en cualquier momento toda persona –no sólo los alumnos— nos consultan y nosotros, de forma general, respondemos. Aunque los nuevos planes exigen la presencia en el aula, existe una tendencia cada vez más asumida a sustituir la comunicación interpersonal por la virtual, tanto como a sustituir el libro por el ordenador.

La devaluación de la formación universitaria se manifiesta en evidencias tales como que se gradúan un gran número de estudiantes que no rebasan el nivel del Bachillerato y admiten no haber manejado nunca un manual, no haber leído obras literarias de contenido historiográfico, desconocer las grandes obras de la literatura universal, interesarse por la actualidad política o incluso –alguna vez— leer la prensa.

La valoración de la actividad investigadora de los profesores universitarios se hace necesariamente pública. El reconocimiento de su calidad ha de aportarse obligatoriamente para dirigir tesis doctorales, formar parte de tribunales que las juzgan, de los de oposiciones a funcionarios e incluso para cargar más docencia a quienes no les son concedidos. Sin embargo, no se dan a conocer las evaluaciones de los alumnos sino al propio profesor interesado. De forma que no se valora el quehacer pedagógico de los buenos profesores y profesoras: los que son capaces de motivar al alumno sin presionarlo, los que los ven como discípulos y no como expedientes; los que los escuchan sin empequeñecerlos; los que se plantean que si son muchos los alumnos que no alcanzan las competencias puede ser culpa de su indolencia, su falta de empatía o simplemente de estrategias pedagógicas que es preciso modificar. Pero en ningún caso –al menos que yo conozca— se reconoce al profesor, ante la comunidad académica, la calidad de la docencia que se refleja en las encuestas de los alumnos ni se le solicita rectificación en caso contrario. De forma que profesores nefastos se perpetúan torturando a los alumnos sin que la opinión de estos sea tenida en cuenta por muchas encuestas que rellenen ni por muchos inspectores que pululen por las aulas más atentos a las ausencias que a la calidad de las presencias. Y entre tanto, la huida. La escapada de profesores que se jubilan precipitada y anticipadamente, unos incapaces de adaptarse, otros molestos por la devaluación de sus carreras. Y el traslado del alumnado a las Universidades con másteres potentes condenando a las Universidades más pequeñas que terminaran siendo relegadas si es que no están llamadas a desaparecer. Pero sobre todo la pérdida de ilusión de los que acaban. Y ahora antes de dejar morir por consunción a las carreras más afectadas –las de Humanidades— el «3 + 2»; el exterminio.

4 pensamientos en “La Universidad de Bolonia

  1. Gracias por compartir esta interesante y certera reflexión sobre tu experiencia con el Plan Bolonia. Los que terminamos hace tiempo y no estamos familiarizados con este nuevo plan estamos malinformados o desinformados y sólo sabemos los que nos llega de lejos. Tu información cercana y, como buena pedagoga que eres, tan bien explicada, nos da una imagen de que las buenas intenciones no sólo bastan para cambiar el mundo, en este caso el educativo y pueden, mucho me temo, empeorarlo. Muy buen artículo, enhorabuena.

  2. Totalmente de acuerdo con todo lo que has escrito. El 3+2 es lo más nefasto que se puede llevar a cabo en la universidad. Tan negativo para el profesorado como para el conocimiento del alumnado universitario, quienes dependerán para la finalización de sus carreras universitarias del aporte económico de dos años de máster. Inconcebible. Mientras, el profesorado que tanto tiempo dedica a la investigación y docencia, observa cada vez con mayor frecuencia como las dificultades aumentan y los reconocimientos a su labor disminuyen, una relación tan inversamente proporcional como negativa para la comunidad científica universitaria.

  3. Excelente trabajo, excelente reflexión, que nos deja un poso de tristeza e impotencia por lo que esta pasando y nos indica por donde van a ir los tiros¡¡¡¡

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