Libros contra el fanatismo

Mater dolorosaÁLVAREZ JUNCO, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001.

En el siglo XIX el nacionalismo español se fragua de forma débil debido al escaso éxito del proceso de nacionalización de las masas. En el análisis de este fracaso se destaca la inoperatividad de la implantación del principal de los instrumentos socializadores, una escuela pública unitaria. El proyecto de educación liberal permitía un amplio espacio a la enseñanza religiosa. En los niveles básicos el curriculum integraba Doctrina Cristiana y postergaba la Historia de España, ignorando así un medio básico para la asunción de un pasado compartido. Cuando no se conocía el castellano en las escuelas, en lugar del idioma oficial se empleaba el vasco o el catalán. El fracaso del proyecto de escolarización se debió fundamentalmente a la concepción del moderantismo de que la garantía de la sumisión de los súbditos al Estado era el respeto a la Iglesia y las creencias religiosas, de ahí que la Escuela quedara en manos del Clero, más atento a la formación de buenos católicos que a la formación de buenos patriotas o ciudadanos. En la Europa contemporánea –y sobre todo en Francia— la enseñanza obligatoria y laica se convirtió en el principal medio para la asunción de los valores cívicos. En España, la escuela pública no sirvió para la transmisión de los valores patrióticos ni para conseguir la unificación lingüística.
No más exitoso resultaría conseguir la integración en la nación a través del Ejército. El reclutamiento basado en la aportación de las clases más pobres –quienes pagaban podían librarse del sacrificio patriótico— no consiguió sino un profundo odio popular al sistema de quintas cuya abolición se convirtió en la más repetida demanda de los movimientos colectivos conducidos por demócratas y republicanos. La construcción de la Nación era un proyecto de la burguesía y de las élites pero la patria la salvaban los más pobres. La animadversión popular al Ejercito –el movimiento obrero español fue profundamente antimilitarista— era extensivo a las restantes fuerzas armadas, identificadas en exceso con la defensa del sistema de propiedad.
La adopción de los símbolos nacionalistas: banderas, símbolos o himnos tampoco fue totalmente interiorizada. Hasta el reinado de Isabel II, la bandera roja y amarilla sólo tuvo una significación militar. Asociada al ejército liberal fue rechazada por los carlistas. No alcanzaría su significado hasta la primera guerra de Marruecos. Los carlistas mantuvieron su bandera de la Cruz de Borgoña, mientras Cánovas desde la Academia de la Historia desmentía el carácter nacional del símbolo y los demócratas y republicanos le añadían la franja morada, asociada al levantamiento comunero.
El proyecto de nacionalización fue impermeable a las capas populares que apenas despertaron de su indiferencia con el desastre de Cuba. Una debilidad desde la que se explica la aparición de los nacionalismos periféricos causados por el desigual desarrollo económico y la diferencia cultural, construidos en sus símbolos y mitos de forma mimética al nacional. La defensa del Estado frente al nacionalismo disgregador se convirtió en lo que Álvarez Junco denomina “españolismo reactivo”, definido por su naturaleza autoritaria y por su inclinación al militarismo. Un proyecto bien recibido por los grupos conservadores católicos una vez que el estado liberal durante la Restauración construye la identidad nacional integrando elementos que se identifican con la tradición, es decir con el catolicismo. En la enseñanza oficial quedó asegurada la hegemonía del pensamiento religioso, incluso en la Universidad, lo que daría lugar a la Institución Libre de Enseñanza. Un proyecto pedagógico que a su vez formaría a la otra inteligencia del país impulsora del proyecto republicano de 1931, fundamento de la creación de una nación laica. El ultranacionalismo reactivo basado en la defensa de la religión, la propiedad y la unidad de España confluyo en el apoyo a la sublevación golpista de julio de 1936. Durante el franquismo, el nacional catolicismo fue la expresión política de un binomio indisoluble: Dios-Patria. La implantación por la fuerza de la nueva nación provocó la asimilación de los nacionalismos periféricos al antifranquismo, independientemente de su componente religioso.
Como conclusión el autor sostiene que durante la Transición,  la Constitución de 1978 contiene el concepto de una soberanía indefinida entre la Nación Española y la consagración de las distintas nacionalidades, es en la adhesión a la Constitución donde se ubica hoy el patriotismo.
Un texto que invita al debate desde la reflexión. Si la lealtad a la Nación es la lealtad a la Constitución, ¿la identidad nacional se asociaría, entonces y exclusivamente a los valores cívicos? El conservadurismo sigue manteniendo como seña identitaria el componente religioso. Nada más manifiesto que el juramento sobre la Biblia de los políticos conservadores al tomar posesión de cargos públicos. Es la más evidente aceptación de la soberanía compartida entre nación y religión, aceptación que es imposición cuando se desplaza como en el siglo XIX la enseñanza de los valores cívicos por los religiosos. ¿Sigue constituyendo un desafío a la Nación la sustitución de la soberanía nacional por la religiosa?; ¿Ha sido tan imperfecta la construcción de la identidad nacional como en el siglo XIX?; ¿Han sido más operativas las construcciones de las nacionalidades periféricas que la española? El actual “españolismo” mantiene, al menos en su versión más conservadora la asociación de la tradición católica con la patria. La fiesta nacional sigue identificada con representaciones religiosas tanto como lo antiespañol se asocia a quienes mantienen posiciones, costumbres y culturas laicas o a quienes profesan confesiones no católicas. La apropiación de lo propio, bajo la premisa del apego a la tradición, expulsa de la nación a todas las alteridades, desde los antitaurinos a los defensores de la multiculturalidad. A veces desde discursos tan cercanos a la tribu como alejados de la ciudadanía.

Reinos desaparecidosDAVIES, Norman: Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa. Galaxia Gutenberg, 2013.

La desaparición del Imperio Británico sumió en el estupor a un niño que al convertirse en historiador hizo de la reflexión sobre la transitoriedad de los estados y de las naciones uno de los ejes más apasionantes de una larga y variada trayectoria profesional. El método desde el que se aborda este ensayo se explica desde una crítica –que compartimos— hacía la superespecialización académica en un determinado periodo, postergando el conocimiento de realidades postreras o futuras y centrando la atención en los poderes y estados hegemónico, macro relatos que pasan de largo por unidades pequeñas y sujetos inferiores. Reinos Desaparecidos recupera –en lo que considero basamento de cualquier asignatura del Grado de Historia— el conocimiento de los estados fallidos europeos, tanto como aquellas organizaciones políticas que al dar a luz a grandes y poderosos reinos se difuminan entre las brumas de la Historia y no vuelven a aparecer en los mapas.
El ensayo a nivel metodológico se fundamenta en la elección de un espacio, un paisaje actual desde el que retroceder hasta la realidad remota que fue y su devenir en cada uno de los tiempos históricos. La exposición apoyada en un discurso narrativo, ágil y ameno no deja de ser de una erudición, asumible sólo desde el manejo de mínimas herramientas conceptuales.
A nivel de contenidos, el análisis de la Europa desaparecida abarca desde los reinos alto medievales hasta el gran imperio soviético. En cada período histórico han emergido junto a grandes estados, pequeños reinos que a su sombra o en sus márgenes se desarrollaron y cuyo estado embrionario no permitía vislumbrar el poderío de un futuro destinado a convertir en cenizas a sus vecinos o, cuanto menos a ensombrecerlos. Así mientras el Imperio aragonés se extendía por el Mediterráneo, Castilla desarrollaba un proceso expansionista, “La Reconquista” cuya construcción mítica se realizó en lo que Davies denomina “un latín macarrónico”,  pero que en el siglo XVIII se aprestaba a emprender un proceso de centralización que a manos de los Borbones pasaba por la homogeneización de los antiguos reinos hispánicos. También en el Siglo de Las Luces estaba llamado a apagarse  el Gran Ducado de Lituania, fagocitado en parte por el diminuto estado que nacido a orillas del Báltico terminaría engendrando Alemania. Davies cuenta la historia de Prusia desde un viaje a la destartalada ciudad que es hoy la rusa Kaliningrado, la Konisberg prusiana.
El lento declinar de la Edad Media se aceleró con la caída de Constantinopla que puso fin al mundo romano de Oriente y situó las fronteras del Islam en el corazón de Europa. Un gran imperio moría dando paso a uno de los grandes poderes de la Edad Moderna, el Imperio Otomano. La mirada sobre Bizancio así como la fijada en otros grandes estados se contrapone a la atención prestada a reinos diminutos, que se han difumado como  Prusia en los nuevos estados que originaron. Es el caso de Saboya, génesis de la Italia contemporánea.
Especialista en la Europa del Este, Davies aborda en la última parte del libro, la más reciente evidencia de la caducidad de todos los imperios, la caída de la URSS  que ha originado un mundo de nuevas fronteras que a seguro no serán estáticas.
Un libro que contribuye al pensamiento relativo que debe acompañar la praxis de cualquier historiador. Ningún poder ha sido eterno, ninguna frontera perpetua, ninguna cultura hegemónica, ninguna religión única. ¿Por qué entonces la guerra?, el único absoluto sobre la debilidad humana.

El giroGREENBLATT, Stephen: El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el Mundo Moderno. Barcelona: Crítica, 2012.

La difusión del pensamiento científico primero en el mundo romano y después en el occidente cristiano van debilitando el temor a todos los dioses. De Epicuro a Maquiavelo, algunos hombres se situaron al margen de la religión mirando hacía sí mismos y hacía sus semejantes. Su trayectoria y su pensamiento preparan desde el Humanismo el advenimiento del mundo moderno y con ello el desafío al monopolio intelectual de la Iglesia.
Mucho más que un ensayo de historia cultural, un libro que historia libros es un libro que demuestra que el conocimiento es mucho más que el atesoramiento de datos, más que la fugaz y rápida mirada a una pantalla de ordenador. Páginas que obligan a su relectura hasta interiorizar que las ideas son más potentes que los dogmas.

Identidades asesinasMAALOUF, Amin: Identidades asesinas. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

Crítica, pero deudora del palestino Edward Said, la teoría postcolonial de Bhabha sostiene que la creación de cualquier estereotipo es un instrumento al servicio de la construcción de nacionalismos en tanto que, construyen imágenes uniformes de realidades complejas y tienden a eliminar la diversidad cultural. Bajo este prisma ha sido contemplado el “otro” en la obra de Amin Malouf, al proyectar la mirada del árabe en el relato de las Cruzadas o en la visión de un musulmán espectador de la caída de Granada. En las identidades que matan no cabe sino una visión, la etnocentrista. Malouf, portador sin desgarro de varias identidades condena todas las intolerancias. Sus interrogantes, transitan desde el mundo “global” de la romanización, que convirtió en ciudadanos a los pobladores del mundo mediterráneo tanto como a germanos, eslavos. árabes…, hasta la disolución de la URSS. Preguntas que crean inquietud pero también anhelo de análisis y racionalidad: ¿A qué se debe que, en el mundo entero, hombres y mujeres de todos los orígenes redescubran hoy su pertenencia a una religión y se sientan movidos a afirmarla de diversas maneras, mientras que hace unos años esas mismas personas habrían preferido destacar espontáneamente otras pertenencias? Al respecto Malouf ilustra, entre otros ejemplos, lo ocurrido en los Balcanes tras el hundimiento de la URSS cuando una gran parte de los habitantes de Bosnia se afirmaron en la identidad islámica frente a la antigua ciudadanía yugoslava.

Memoria del malTODOROV, Tzvetan: Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX. Barcelona: Ediciones Península, 2002.

El gran pensador búlgaro llama la atención en su análisis del conjunto de las barbaries que pueblan el siglo XX sobre la exigencia de mantener actitudes éticas aun en medio del horror. De nuevo las guerras yugoslavas pusieron de manifiesto la gran contradicción a la que en los años noventa hubo de enfrentarse la civilización occidental. El proceso de disolución de Yugoslavia se desarrolló bajo la premisa: una nacionalidad un estado. Antes, en el siglo XIX el nacionalismo heredero de la revolución francesa había impulsado el principio de autodeterminación de los pueblos. Polacos, checos y húngaros se rebelan frente a los imperios que los subyugan. Sí bien los nacionalismos decimonónicos se desarrollan paralelamente a la construcción de los estados liberales que caminan en pos de la democracia, los nacionalismos étnicos que emergen a finales del siglo XX son contrarios al espíritu democrático que se fundamenta en la ciudadanía y no en la comunidad de sangre. Fue el principio de pureza étnica lo que desencadenó el horror en los Balcanes sobre unas comunidades multiculturales. La intervención occidental entraña una gran contradicción pues terminaría garantizando la construcción de estados homogéneos frente a la concepción del estado contractual. Una intervención que conlleva otra gran paradoja, pues la intervención de la ONU se realizó bajo el principio de una presencia inactiva, nadie ni nada evitó la masacre de Srebrenica.
Con todo, las palabras con las que Todorov despidió el siglo XX conmueven hasta las lagrimas: “más que la imagen de los franceses portadores de civilización en África, más que la de los argelinos combatiendo por la liberación nacional. Me gustaría que nos hubiésemos llevado al siglo que comienza la imagen de dos seres sencillos… para quienes un individuo no se reduce a una categoría –un enemigo, una prisionera— sino que sigue siendo una persona”.

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