Matar al mensajero: de la Historia Local y los historiadores

En los dos últimos años la organización de varias jornadas sobre Patrimonio Histórico, nos permite, como me transmite un experimentado arqueólogo, asumir en Marbella un moderado optimismo, sobre el futuro de la Historiografía local y la política patrimonial. El colega conoce nuestra desesperanza y quizá también mi particular derrotismo, convertido en escepticismo total, cuando en los días de lluvia, el agua sigue cayendo indiferente sobre las ruinas –pese al compromiso municipal— aun no protegidas del Trapiche.

Por ello no asumo ningún discurso triunfalista, por el contrario percibo que Marbella se encuentra a enorme distancia de las políticas culturales que potencian el conocimiento de la Historia propia y de los proyectos que la divulgan, como si el estudio y el interés por las ciencias humanas y el pensamiento fueran ajenas a un medio que en el mundo proyecta la representación del hedonismo y la frivolidad.

Aunque sobre la Historia Local pesa la amenaza de la exigencias de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) de darla a la luz en revistas especializadas, en muchos municipios de la provincia la producción historiográfica y no sólo se han mantenido sino que se han potenciado en función del papel dinamizador de los archivos municipales o a la acción institucional. No ya en ciudades de la importancia patrimonial de Antequera, Ronda y Vélez-Málaga, también en municipios de “menor importancia” en la crónica histórica. Estepona y Mijas dan ejemplo.

Con todo, en el mundo académico y desde la arqueología profesional se le reconoce a Marbella un cierto activismo “irredentista”, en función de que las actuaciones que han combatido las agresiones al Patrimonio han sido conocidas y compartidas por historiadores, geógrafos y arqueólogos hoy consagrados y de prestigio que ayudaron a la Historia Local prestando su tiempo y sus conocimientos –siempre de forma desinteresada— a la revista Cilniana, de trayectoria tan accidentada como fecunda. Durante varias décadas, un conjunto de historiadores y estudiosos que tienen en común el haber realizado sus investigaciones al margen de la comunidad académica y por tanto sin el apoyo institucional, reservado mediante becas de formación a los mejores expedientes, ha dedicado parte de su vida adulta y muchas veces a costa de sacrificios personales a la investigación histórica. Este primer impulso, ya remoto, no partía a diferencia de lo ocurrido, por aquellos años, en las ciudades con un gran patrimonio documental de la disponibilidad de fuentes, que suelen garantizar brillantes resultados. Treinta años atrás en Marbella no había más que un historiador, un relato, “unos libros antiguos” en un armario de cristales y un almacén de papeles viejos apelmazados por la humedad y devorado por los ratones. Aquí, fueron primeros los historiadores y después el Archivo, fue la curiosidad y el interés por la propia historia la que formó a los historiadores en la búsqueda de las fuentes. Y cuando digo historiadores, no me refiero solo a quienes estudiaron esa carrera que –según algunos, sin perjuicio de su parasitaria relación con los historiadores— consideran que es la que solo cursan los tontos. Incluyo también al conjunto de colegas de formación autodidacta, curtidos en el manejo del pico y la pala en cualquier excavación o en la recopilación de datos que sustentan la erudición a la que los historiadores profesionales siempre terminamos por recurrir.

Treinta años es mucho tiempo, demasiado para la escasez de una producción historiográfica que, eso sí, había partido de la nada. No teníamos –en principio, por fortuna luego sí— ni el archivo, ni la orientación de un archivero, ni maestros, ni más referencias que la bibliografía de un cronista de pueblo. El resultado: unas cuantas tesis doctorales, de muy larga y ardua elaboración; veinticinco números de una revista que alcanzó todos los índices de las publicaciones de divulgación científica; varios centenares de artículos, algunas decenas de libros, la mayoría, aunque no exclusivamente, editados por Cilniana. Si esta producción algún beneficio obtuvo –ningún colega, jamás la utilizó en beneficio propio— fue para reinvertir en la empresa común que nos unía, la de hacer Historia.

La Historia Local, tan incompleta, tan por hacer… pero con tanto esfuerzo y tesón construida sufre hoy como ayer los efectos de la desidia pero se añaden amenazas de otra naturaleza. Un colega, que conoce bien la ciudad, identificaba como factor de nocividad, clave, según él, en el desinterés por las Humanidades, la percepción errónea del conocimiento historiográfico cuando se transmite con un discurso ignorante de las herramientas básicas de la disciplina. Aquí, me decía sucede –porque hay gente muy atrevida— pero por desgracia, ahora tiene otro factor añadido, el de la desconsideración del objeto historiográfico en función del historiador. La asimilación de la ideología o las simpatías políticas de un historiador con la calidad –no digo ya de su investigación— sino del objeto de la misma, es una absoluta perversión, inadmisible, desde la ética más elemental de cualquiera que ame y practique la disciplina histórica.

De modo, que por mor de la, por otra parte, muy legitima posición contraria a la independencia de San Pedro Alcántara de algunos sectores y de la oposición política –igualmente legitima— al actual gobierno municipal se cuestiona si este pueblo tiene historia o lo que es más grave se descalifica y se pone bajo sospecha la que se ha hecho. Y ello en base a un grave error de perspectiva, por el temor a que esa historia se utilice, para singularizar un espacio, que sí que históricamente conoció una singularidad. Pues no de todas las experiencias empresariales surgieron pueblos, y este nació al oeste de Marbella, y ahí está. Afortunadamente en la mayoría de los casos la Historia no se utiliza para la construcción de identidades, ni aunque se pretenda hay posibilidad de hacerlo a no ser que la Historia se falsee y eso en las investigaciones realizadas sobre San Pedro no se ha hecho. Del estudio realizado sobre la Granja Modelo no surgieron conclusiones que avalen ningún proceso independentista y sí el Trapiche de Guadaiza. El boicot que cobarde –porque no es abierto— y veladamente se hace a este espacio cultural, no va contra la política cultural del Ayuntamiento, es contra el conocimiento histórico que ha ilustrado una realidad insertable en el proceso histórico general. Es indiferente que la Historia se proyecte a la izquierda o a la derecha de Rio Verde. Otro asunto es como pueda utilizarse una obra historiográfica pero de eso no tiene porque ser culpable el que la escribe. El San Pedro histórico esta meticulosamente estudiado en una tesis doctoral que es académicamente modélica y que ha sido muy positivamente valorada desde la Historia Económica. Esa tesis es un estudio de Historia empresarial, no es el estudio de un “barrio”. Esta última consideración, que descalifica al historiador en función de la jerarquización administrativa del objeto historiográfico además de ignorar, los más elementales fundamentos de la Historia Social, es simplemente abyecta. Tanto como lo es la opinión de que no son historiables los cementerios, uno de los temas más atendidos por la Historia Cultural y, sobre todo, por la Epigrafía. Al de San Pedro, además le afecta su modernidad porque es muy propio de la ignorancia más supina identificar lo histórico con lo muy antiguo.

Estas opiniones expresadas además de una forma irrespetuosa y zafia proceden del resentimiento que sustituye al debate intelectual y político y no de personas formadas ni dialogantes y lo más sorprendente que nada han escrito o muy poco –y no de forma desinteresada— sobre la Historia de estos pueblos que son Marbella y San Pedro Alcántara. Poco cabe esperar de tanta vulgaridad. Quienes hemos trabajado en esto no necesitamos reconocimiento alguno, han pasado treinta años y nuestras vidas ya caminan hacia atrás, poco más haremos. Pero el respeto no está reñido con la discrepancia y le haría bien a la consideración social de la Historia.

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