Plagio y parasitismo intelectual

La divulgación de que parte de la producción historiográfica de Fernando Suárez, rector de la Universidad Rey Juan Carlos, se ha realizado en base a plagiar los trabajos de otros colegas e investigadores ha provocado una cierta conmoción en la comunidad académica, cuando esta realidad no es del todo sorprendente. De hecho, el denunciado no parece demasiado afectado puesto que afirma que la copia es una mera disfunción porque los investigadores trabajamos con “material de aluvión”. Yo entiendo que por material de aluvión se refiere a la producción de investigadores a los que no merece la pena citar. El tema, independientemente de la trascendencia del caso, pone sobre la mesa la cuestión de qué es plagio y qué no lo es.

Tengo muy claro que plagiar es presentar –sin necesidad de que las citas estén ausentes— el grueso de un conocimiento que ya ha sido previamente publicado y que el plagiario presenta como propio. Lo que ocurre es que tiene la pericia y, pese a su oportunismo, la vergüenza de citar la fuente porque el trabajo le va a dar  dinero o prestigio a cambio de un esfuerzo mínimo. Pero esto que yo tengo tan claro me enfrentó en el proceso de evaluación de una supuesta investigación histórica con otro colega que entiende que cuando se cita no se plagia… luego, en base a esta última interpretación, el asunto se complica. De forma que se puede copiar el 90% de un artículo publicado y construir el capítulo de un libro que se vende como novedoso y poner una sola referencia al autor copiado de forma que parezca que se toma sólo una parte cuando se ha tomado el todo. Otra variante, muy frecuente, en estudios de conjunto, es reproducir párrafos literales, cuidando de que no sobrepase un determinado número de líneas. Como los textos son pequeños, tampoco, al parecer es plagio y ni siquiera la cita es necesaria. En estos casos, es muy difícil distinguir el copieteo y sólo el autor se percata. Lo sé porque he visto con incredulidad en un libro muy divulgado sobre la población civil en la guerra del 36, una frase que, referida a los malagueños que abandonaron sus hogares en 1937, medité mucho antes de redactarla. Este último supuesto se da con mucha frecuencia cuando investigadores consagrados recurren a la ahora tan poco valorada Historia Local. De manera que no es difícil ver publicadas en medios muy especializados aportaciones de tesis o trabajos de doctorado dados a conocer en revistas de ámbito local que se supone que no leen los especialistas. Esto pasa con algunos de los colegas extranjeros que pasan un par de días en los archivos municipales de por aquí y presentan, en sus universidades como novedosas, lo que sobre las mismas fuentes se había publicado ya. En lugar de citar el trabajo publicado citan los documentos supuestamente consultados, porque si no los han robado deben estar en el mismo sitio donde el investigador autóctono los consultó y tampoco van a venir sus paisanos a comprobarlo. Quiero decir que estas prácticas son muy comunes y en muy raros casos trascienden porque finalmente, terminamos considerándolas como gajes del oficio. De la misma manera que terminamos aceptando la fatalidad del parasitismo intelectual, del que el plagio no es más que un ejemplo. En la última feria del libro de Marbella me quedé estupefacta, cuando vi convertido en ficción el episodio real de un motín popular publicado en la revista Cilniana varios años antes, sin que en ningún momento, la autora que copió párrafos literales, advirtiera que se trataba de un hecho histórico investigado en profundidad.

Recurrir al historiador como consejero y asesor de quienes sin tener la especialización mínima se atreven a escribir libros de historia es una de las situaciones más favorables para el parasitismo intelectual. Lo normal es que estos sujetos se abstuvieran, pero también es verdad que hay gente con voluntad de aprender y crear a las que hay que ayudar y apoyar, estos siempre considerarán al asesor un maestro y un compañero. En cambio, el parasito, una vez asesorado, insistirá en que además se le corrija lo que ha escrito y sólo si ha metido mucho la pata admitirá parcialmente las correcciones –lo justo para vender el libro— pues en definitiva, sólo ha recurrido al historiador para que le sirva de parapeto. En el caso improbable de que alguien advierta los errores –pues a estos tipos no los lee la gente seria— culpará, sin el más mínimo reparo, al historiador que lo aconsejó, al que además intentará mantener lejos de su público porque sabe que él no lo engañará.

Otra forma muy extendida de parasitismo es la derivada de acudir a compañeros y conocidos para que corrijan obras cuyo autor considera geniales pero que no quiere publicar sin que le “eche un vistazo” algún especialista al que no se plantea pagar y ni dar las gracias porque más bien cree que le hace un favor ofreciéndole la primicia de su lectura. Alguna vez he visto en la mesa de un colega, de ojos permanentemente enrojecidos, textos indigeribles que una vez publicados presentan una factura muy diferente al original, sin que los autores hayan mencionado, al menos en público, a mi amigo como el imprescindible instrumento para que sus libros estén en los escaparates. No es extraño que a alguno de estos individuos, que rozan la genialidad una vez que consiguen publicar, se les olvide enviar un ejemplar al corrector que pasó horas ante su libro porque, según argumentarán: ¿para qué regalarlo a quien le ha puesto tantas pegas o incluso ha intentado disuadirlo de que publique?

Con todo, la más perversa de las tipologías parasitarias, es la que crea supuestos intelectuales forjados en un sistema de relaciones que sustituye los años de investigación, la creatividad o la simple disciplina que se impone el autodidacta por la creencia de que el conocimiento se adquiere por ósmosis y que el que lo tiene, lo divulga o lo produce tiene la obligación de prestárselo a cambio de gravitar en la órbita de una luz que no ilumina, deslumbra. Estos tipos tienen la habilidad de hacer pasar la información por sabiduría, de sepultar con palabrería los conceptos, de sustituir la teoría por sus opiniones y de proyectarse al mundo mediante esas cajas de resonancia que son los medios de comunicación. Su principal característica es un conocimiento poliédrico y abarcador, pues, desde la banalidad dominan todas las disciplinas. Nunca tendrán amigos ni compañeros, solo público. Y, sobre todo, como todos los plagiarios,  una absoluta desvergüenza que atrapa a gente de buena fe en el ilusionismo de su impostura.

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