LA CABEZA DE LAS MUJERES: POLÍTICA Y MISOGINIA

La modalidad represiva consistente en privar a las mujeres de su cabellera, tiene un alto significado simbólico. Con el corte de pelo se pretende sustraer un elemento identidiario de la condición femenina como castigo por haber transgredido los roles que tradicionalmente les han sido atribuidos, desnaturalizando sus funciones sexuales, familiares, políticas o culturales. Durante la Guerra Civil española, el escarnio del rapado se generalizó en la retaguardia franquista, donde era aplicado de forma pública. Las prácticas que lo acompañaron fueron diversas: en algunos pueblos de la serranía de Ronda las cabezas rapadas fueron marcadas con las letras; UHP, acrónimo del lema de la Internacional; en otros pueblos tuvieron que recitar en voz alta: “tengo la cabeza como un melón”; en otros se les ataron lazos rojos que de forma burlesca recordaban porque eran castigadas. El escarnio era público como públicos eran los efectos que causaban en plena calle la ingesta de purgantes. En este último caso el objetivo era que el hedor, la fealdad y la inmundicia quedaran asociados a los cuerpos de las mujeres represaliadas. Esta modalidad represiva, ejercida sobre cualquier mujer sospechosa de simpatizar con las opciones republicanas o izquierdistas, fue aplicada por los actores más básicos de la escala represiva, los que en sus comunidades mejor conocían a los vecinos. Pero la maquinaria represiva hubo de dotarse de argumentos legitimadores del castigo. A la mayoría de las mujeres represaliadas, dada la hegemonía de los varones en la vida pública de la España de los años treinta, no les cabían imputaciones de naturaleza política. Su conducta, a diferencia de la de los varones, fue evaluada asociando a su carácter rasgos de ferocidad, crueldad y animalidad; asimilando su sexualidad a la promiscuidad y al vicio y retratándolas físicamente como sucias, desgreñadas y feas. Esta realidad –muy evidente en los autos judiciales, custodiados en los archivos de los juzgados togados militares— que estigmatizaba a la mujeres de la izquierda política fue justificada por la Iglesia que al admitir la natural inclinación de la mujer al pecado, entendía que en las culturas laicas, socialistas y republicanas, sin el freno de la religión, las mujeres por ser “rojas” habían de ser necesariamente perversas.

El proyecto represivo sobre la transgresión femenina contó con un marco teórico-científico elaborado por los psiquiatras Antonio Vallejo-Nájera y Juan José López Ibor para quienes la mente inmadura de la mujer era incapaz de controlar su impulsiva sexualidad. De ahí que la ausencia de vínculos religiosos en las parejas o la infidelidad, fueron considerados como agravantes en sus sentencias condenatorias. Vallejo-Nájera fue mucho más lejos cuando en 1939, en unión de Eduardo Martínez, médico de la prisión de Málaga, llevó a cabo un experimento con cincuenta mujeres presas –treinta de ellas condenadas a muerte—. Sus conclusiones fueron publicadas en el ensayo titulado «Psiquismo del Fanatismo Marxista. Investigaciones Psicológicas en Marxistas Femeninos Delincuentes», un título suficientemente elocuente. La tesis central derivada de la investigación era que las mujeres marxistas –se entendía por marxista tanto la indiferencia religiosa como cualquier tendencia antifascista— tenían que ser tratadas médicamente. El marxismo era pues una patología y la mujer roja un ser degenerado, lleno de ferocidad y rasgos criminales. Estas tesis se proyectaron en la literatura nacionalista de posguerra. Remigio Moreno, fiscal del Tribunal Popular de Málaga, llegó a establecer una comparación entre el comportamiento femenino de la zona llamada nacional y la republicana, en la primera se refiere a las mujeres como señoritas, en la España gubernamental eran individuas. Calificadas de golfas, las malagueñas de la retaguardia republicana eran despiadadas, borrachas y crueles. A Queipo de Llano no le hacía falta argumentación alguna, simplemente, desde Radio Sevilla, instaba a los soldados franquistas a demostrar su hombría violando rojas que no conocían sino a castrados milicianos. La imagen de la roja, sucia y degenerada, sobrevivió al franquismo. Aun en 1982, la escritora falangista Mercedes Fórmica retrataba la participación de las mujeres en la represión republicana bajo la representación, más que tópica, de “una miliciana de sobacos húmedos”. Pero el rapado como castigo sexuado infringido a las mujeres asociadas al enemigo político no fue privativo de España. En Francia miles de mujeres acusadas de colaboracionismo con el ocupante alemán fueron rapadas, no porque fueran nazis sino por haber mantenido relaciones con los “Boches”.

Simone Touseau –en el centro de la fotografía tomada en agosto de 1944 por Robert Capa— fue rapada y marcada en la frente con un hierro candente por haber mantenido relaciones sexuales con un militar alemán durante la ocupación de Francia. Fotografía publicada en Celdrán, Helena y Grove, Ánxel, «“La rapada de Chartres” retratada por Robert Capa se llamaba Simone Touseau», blogs.20minutos.es, 17-01-2013.

Tras la Segunda Guerra Mundial las ideologías totalitarias fueron desplazadas por la aparición de los nuevos movimientos sociales, entre ellos el feminismo. Emergían nuevas sensibilidades que permitían creer en la desaparición de la barbarie y el mayo del 68 fue un clamor contra la que persistía en el Gulash, en Vietnam o en Argelia. En España, con la democracia se desarrollaron proyectos contra la discriminación sexual, planes de igualdad y políticas educativas encaminadas a la superación de una cultura ancestralmente androcéntrica y patriarcal que –junto a los indudables triunfos de estas políticas— como una maldición atávica persiste.

Entre tanto la Monarquía y la religión católica han experimentado un proceso de sacralización a base de condenar a sus detractores, el culto ultranacionalista a la bandera ha vuelto a dividir a los españoles entre patriotas y ciudadanos y los activistas de los movimientos sociales son presentados como delincuentes comunes, mujeres con responsabilidades políticas son vilipendiadas con absoluta impunidad. Lo demuestran los ataques a Manuela Carmena a la que policías, que no raperos, esperan ver muerta y torturada y a Inés Arrimadas a quien desearon que fuese violada; la condena moral de Cristina Cifuentes por una supuesta relación sentimental y la obsesión por el flequillo de Teresa Rodríguez o por el peinado de Anna Gabriel que manifiesta la ultraderecha.

Adjetivar una conducta política, aun en tono despectivo, entra dentro de la práctica política, considerarlo o no un insulto depende de susceptibilidad de cada cual. Pero denostar a la enemiga política por sus relaciones personales, sus opciones sexuales, su vida afectiva o familiar o por si en la cabeza lleva mechas, rastas o flequillo no es una cuestión de ideología sino de misoginia. La misoginia no procede solo de la herencia cultural del patriarcado, es un odio inmisericorde y visceral contra el género femenino que, eso sí, las pautas morales del pasado toleraban. Está volviendo a ocurrir. Insultar a una mujer por su peinado, sea de Podemos, del PP, de la CUP o de Ciudadanos, demuestra la vileza del emisor del insulto tanto como de la cobardía y la debilidad del que hace como que no se entera, porque la ofensa no es por ser adversaria política sino mujer. Para el misógino la que tiene sobrepeso será “la gorda”, la que tiene una amiga íntima, “bollera”, la que bebe “alcohólica”, la soltera “solterona”, la inteligente “enterá”… No entenderá que mujer alguna se le oponga porque no las considera personas sino cuerpos sometidos y acosará sin tregua a la que le plante cara. Si no la doblega irá por ella, por su familia y por sus amigos, eso sí, jamás de frente. Nadie puede impedir que ese odio que anida en varones intelectualmente básicos, primarios y acomplejados se proyecte en ámbitos privados o se comparta con amigos virtuales de su misma cuerda. Pero resulta muy preocupante que se tolere en quienes son considerados referentes en ámbitos educativos y culturales y se visibilizan como apoyos de la derecha política. Porque la aceptación de la misoginia contribuye a la normalización de la violencia discursiva contra mujeres con significación política, intelectuales y feministas, no tan diferente de la empleada por aquellos “machos cuarteleros” que tras “la gesta” regresaban al casino de cada pueblo, después de haber pelado a unas cuantas “sucias rojas”.

 

 

2 pensamientos en “LA CABEZA DE LAS MUJERES: POLÍTICA Y MISOGINIA

  1. Es tan doloroso como agotador constatar que en el siglo XXI se suceden episodios de violencia machista que llevan a muchas mujeres desde el hundimiento psicológico a la muerte, a la cosificación de personas por parte de sus parejas y/o compañeros de trabajo, a la preeminencia de los varones en gran parte de las empresas, sin valorar la superioridad intelectual de muchas compañeras. En una democracia, ya no tan joven, como la nuestra, se siguen acosando a compañeras en los institutos, en las redes sociales o dentro de la propia familia. Está fallando la educación en un mundo que se considera civilizado. La eliminación de la violencia y la igualdad real solo serán si los poderes públicos toman cartas en el asunto y la sociedad enfrenta a la fuerza bruta de los machos de las manadas con el desprecio que se merecen y la educación de los menores en todos los ámbitos.

  2. Gracias por compartir tu espléndido punto de vista.
    Me pregunto, aun con dudas, si misógino puede serlo tanto un hombre como una mujer, pero lo cierto es que en tu artículo sólo parece que puedan incurrir en misoginia los hombres: ¿estoy equivocado?.
    Un saludo.

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