LA NOVELA DE FERRARA O LA SOCIEDAD COMPLACIENTE

NOVELA DE FERRAR

Giorgio BASSANI, La novela de Ferrara, Editorial Lumen, 2007.

Cualquier referencia a la República Social Italiana remite a la película en la que Passolini retrató la infamia de la “República de Saló”. Es precisamente el famoso cineasta quien prologa la obra maestra de la literatura europea de un autor poco conocido, al menos, por el gran público. Giorgio Bassani escribió, entre 1956 y 1962, un conjunto de relatos que tienen como denominador común desenvolverse en un único escenario, la ciudad de Ferrara cuya belleza no eclipsa la vecindad de Padua, Verona o Bolonia. En cada uno de los relatos que conforman La novela de Ferrara, los personajes se mueven en el mismo marco urbano que presenció el Renacimiento: calles anchas y porticadas, franqueadas por edificios medievales, plazas monumentales y palacios renacentistas, entre ellos, el castillo Estense. Estos personajes se cruzan entre sí, se evocan y se reconocen a lo largo de las novecientas páginas que comprenden el conjunto de una obra que ha sido comparada con la de Proust. Al margen de la maestría de una prosa inigualable, objeto de atención del filólogo y el crítico, la novela –las novelas— de Ferrara ofrece al historiador oportunidad de aprehender desde la literatura situaciones captadas a partir del matiz, la ironía, el sentimiento y la emoción. Esbozos de trazo impresionista que, sin embargo, no difuminan la imagen absolutamente realista de los grupos humanos que retrata. En un friso monumental desfila la primera mitad del siglo XX italiano: el ascenso del fascismo, la guerra civil en el norte, la Memoria de la izquierda en los ayuntamientos comunistas y la singular posguerra. El autor, judío, habla en la mayor parte de los relatos a través de los ferrareses, con quienes ha convivido y a quienes conoce. Son ellos por tanto quienes enjuician a sus vecinos, los que relatan la vida cotidiana de un conjunto de tipos entre los que prevalece el retrato de la burguesía. Muy pocas de aquellas familias creyeron que también a ellos les afectarían las leyes raciales de quien sería el aliado germánico. Sin duda, la de los Finzi fue la más conocida. La versión cinematográfica de El jardín de los Finzi-Contini, dirigida por Vitorio de Sica daría a conocer la desdichada historia de una familia que evitó cualquier condescendencia con el fascismo confinada en su maravillosa mansión, accesible tan solo a un pequeño grupo de jóvenes amigos de los hermanos Finzi. En el jardín, el amor, la amistad, el arte, la literatura y la belleza conjuraban el odio que en las calles de Ferrara se hacía sentir ya contra la comunidad judía por ricos y prestigiosos que fuesen sus miembros. Con ser esta novela una obra maestra de la narrativa europea no empequeñece el conjunto de los restantes relatos de Bassani. Entre ellos, es especialmente sobrecogedor, el titulado: Una noche de 1943.

Bajo los soportales de Corso Roma, junto a la farmacia, en el elegante Café de la Bolsa, lugar de encuentro de la burguesía local, sentados en torno a los veladores, los clientes se entretienen viendo pasar la vida de una ciudad de provincias. Solo de vez en cuando se agitan, enmudecen y se miran entre sí. Alguien, que están seguros no es de Ferrara, ha pasado junto al muro de Castillo, un pequeño tramo de calle –que frente por frente al café— cualquier natural de la ciudad evitaría. Es el lugar en el que el 15 de diciembre de 1943 fueron tiroteados once hombres como represalia por el asesinato del cónsul Bolognesi, consejero del nuevo poder que era la República Social, proclamada en la Italia septentrional. El autor retorna a los días anteriores al inicio de la guerra civil, cuando una vez que los aliados alcanzan la península y el “duce” es detenido nadie podía pensar que sería liberado y el fascismo retornaría. Recuerda, incluso, los primeros días de la guerra cuando el líder del partido comunista local, seguro de la derrota del Eje, se atrevió a sentarse en el Café de la Bolsa. El alter ego del comunista Bottechiari es Sciagura, un veterano escuadrista al que la Marcha sobre Roma de 1922 había desencantado totalmente, no solo porque había sido el final del fascismo, “anárquico” y “garibaldino” sino porque los fascistas de provincias fueron acuartelados y ni siquiera pudieron acercarse a Mussolini. Los cuatro ferrareses que participaron en la Marcha regresaron al norte profundamente hastiados, no sin buscar consuelo en los burdeles de Bolonia. Allí, Pino, el más joven del grupo, que veintiún años después desde el piso superior de su farmacia será testigo de la matanza de 1943, fue obligado por Sciagura a mantener relaciones con una prostituta que pudo contagiarle la enfermedad que lo convirtió en un inválido.

La tarde del 15 de diciembre de 1943 los habitantes de Ferrara saben que el conde Bolognesi ha sido asesinado y que el nuevo poder fascista ha anunciado por radio que lo vengará. Pero todos confían en que no haya represalias. Se recluyen escuchando tras las ventanas el lento rodar de los camiones por las calles empedradas, el aún lejano traqueteo de las ametralladoras. Los judíos son conscientes de que, hasta el momento, los fascistas de Ferrara, amigos y vecinos de toda la vida, habían sido moderados pero a partir de aquella tarde intuyen que todo habría de cambiar. El autor con fina ironía nos hace partícipes de las opiniones que se vierten en los elegantes salones de la burguesía. Los ferrareses ricos creen estar a salvo porque son italianos como los otros; porque ellos si aceptan que los gobierne Alemania –pues al fin, “el Saboya”, como llaman al rey de Italia, no era sino  “un piamontés” que como Badoglio no había dejado otra opción a Mussolini—; porque ellos no eran comunistas como los partisanos de Yugoslavia o los de la resistencia en Francia y no había que alarmarse porque los fascistas con sus gorras de calavera hicieran algo de ruido, al fin ellos habían evitado que Italia fuera como Polonia o Ucrania. Sí hubo represalia, antes del amanecer, once hombres cayeron acribillados junto al parapeto del Castillo, sobre la nieve. La mañana trajo la certeza de la muerte que aún no tenía nombre ni cara cuando ante la Casa del Fascio, una fila de gente silenciosa convertía a Ferrara en la ciudad del norte con más número de afiliados al fascismo renacido. En Ferrara todos conocían a los muertos. Habían sido cuidadosamente elegidos entre socialistas y sindicalistas, entre los judíos cuyo escondite nadie desconocía en la ciudad y entre los fascistas que habían intentado salvar al fascismo y a la monarquía. Como en todas las guerras civiles, los ferrareses quisieron creer que el asesino no estaba entre los suyos; como en todas las guerras civiles desearon que fuera del pueblo próximo, quizá escuadristas venetos; como en todas las guerras civiles, el asesino no podía ser sino quien mejor conocía a sus vecinos. Sciugura, el fascista que en 1922 creyó que podía marchar sobre Roma como “los camisas rojas” habían marchado sobre Nápoles, fue juzgado como responsable del crimen en 1946. Fue él quien la mañana del día 16 de diciembre de 1943 vestía, como treinta años antes, la camisa negra; quien de nuevo delegado del Fascio impidió que alguien se acercara a los cadáveres ensangrentados; fue él quien ahogó un grito de sorpresa cuando descubrió que sobre el Café de la Bolsa el farmacéutico lo miraba desde la ventana tras la que lo había confinado su invalidez. Pero Sciugura fue absuelto. Se defendió con el cínico argumento de que en Ferrara todos habían sido fascistas y que la República de Saló había sido un mal menor para contener a los alemanes. La única persona que pudo oír los disparos y los gritos de las víctimas fue citada a declarar, Pino, a la pregunta del juez respondió con una sola palabra: dormía. Nadie “dudó” en Ferrara de su testimonio pero todos ignoraban porque tras el juicio, Anna, su joven esposa lo abandonó. Sobre el Café de la Bolsa, Pino siguió trasladándose trabajosamente de la cama a la ventana desde la que siguió mirando la pared del castillo. Años después, Anna contó la historia a cualquiera de los muchos hombres que la cortejaban, su relato quedó prendido bajo los soportales que daban sombra al Café: desde que su marido dejó de caminar, ella salía con otros hombres como salió la noche de la masacre tras acostarlo, segura de regresar al poco rato. Los disparos en las calles se lo impidieron, cuando pudo volver, frente a su casa se encontró con tres grupos de cadáveres que enrojecían la nieve y aterrada vio a su marido apostado en la ventana, sus miradas se cruzaron. Cuando subió estaba como afirmaría en el juicio, dormido.

Los relatos que componen La novela de Ferrara se vertebran en torno a un tema recurrente, la aceptación del fascismo por la burguesía judía a la que ni la complacencia ni el apaciguamiento libraron de la muerte o la deportación. Es también una reflexión sutilmente crítica sobre otra complacencia, la de la readaptación de los antiguos fascistas a la sociedad de posguerra y al reequilibrio de la convivencia con los nueves poderes comunistas.

C. MARTIRES DE LA LIBERTA

Ferrara, Corso Martiri della Libertà

Una noche de 1943 es fundamentalmente una dolorosa denuncia de la impunidad. El asesino volvió a sentarse bajo los soportales de la calle que hoy se llama de los Mártires de la Libertad, frente por frente del escenario del crimen. Se había defendido con ahínco de los crímenes que los comunistas le imputaban y su absolución, fue en parte, la de la primera experiencia fascista de Europa. He aquí, donde el autor le quita la palabra a los ferrareses y toma la de las víctimas. La complacencia con el régimen que mandó a centenares de judíos como los Finzi-Contini, al campo de concentración, pudo haber quedado en “un error humano”, una pesadilla de la que algún día se despertaría con esperanza. Tan solo con que los asesinos hubieran sido condenados se habría olvidado, por el contrario su absolución fue la mancha perpetua de la infamia.

Era 1946, el año en el que como afirma Norman Davies, en Sabudía –uno de los ensayos contenidos en Reinos desaparecidos. La Historia olvidada de Europa— la milenaria dinastía de los Saboya perdió el reino sin que los italianos fueran tan compasivos con el rey Humberto como los españoles lo serían con su pariente, Juan Carlos, quien como el último rey de Italia hizo de puente entre el fascismo y la democracia. La República fue proclamada, la póstuma víctoria de Mazzini y Garibaldi no impidió la impunidad.

2 pensamientos en “LA NOVELA DE FERRARA O LA SOCIEDAD COMPLACIENTE

  1. Leyendo la gran novela de G. Bassani podemos, con dolor pero con esclarecimiento, comprender el pasado porque, tal como nos dice Rob Rielmen (El eterno retorno del fascismo en “Para combatir esta era”, Taurus 2018) “aprendemos que muchos miembros de la rica clase media italo-judia eran partidarios de Mussolini.”

    Su ensayo va mucho más allá, hacia el futuro, porque el fascismo siempre nos acompaña. Mussolini fundó en 1919 sus Fasci italiani di combattimento. Poco después, Ettore Ovazza, presidente de la comunidad judía de Turín, se une al Partido Nacional Fascista. “Su fe en el fascismo es profunda y la defenderá con vehemencia, por ejemplo, mediante la creación del periódico Nostra Bandiera, con el cual difunde una ideología fascista en nombre de los judíos. Mussolini agradece esto: él no tiene problemas con los judíos.” Pero esta es la historia que se repite: Primo Levi: “Ha ocurrido contra las previsiones; ha ocurrido en Europa (…) un pueblo entero civilizado ha seguido, obedecido y alabado a un histrión cuya figura mueve a risa. Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder.” También escribieron sobre la vigencia del fascismo después de 1945 Albert Camus (‘La peste’, ‘El hombre rebelde’), Thomas Mann y otros….

    Pero ¿y hoy?. En 2004, el historiador estadounidense Robert O. Paxton, publicó Anatomía del fascismo: señalando que “en el siglo XXI, ningún fascista aceptaría ser llamado así (…) este rechazo al nombre ‘fascista’ es congruente con su maestría en el arte de la mentira. Paxton piensa, como Togliatti, que el fascismo, debido a su alarmante falta de ideas y valores universales, siempre adoptará las formas y los colores de la cultura y la época en que se desarrolle”. Y ahí reside su mayor peligro: el camuflaje. Concluye Rielmen: “el contexto en el que esta forma de política puede triunfar es una sociedad de masas que ha padecido crisis y que no ha aprendido las lecciones del siglo XX”. ¿El peligro, hoy? Que el fascismo es siempre populismo, y el populismo no es ni de derechas ni de izquierdas, es oportunista y hostil, solo pretende el poder… Hoy como ayer, hay mucho ingenuo ansioso de que aparezca un líder carismático que le salve su pequeña vida, para seguirle ciegamente, hasta la muerte si es preciso.

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