La conspiración de las lectoras

MARINA, José Antonio y RODRÍGUEZ DE CASTRO, María Teresa: La conspiración de las lectoras. Barcelona: Anagrama. Biblioteca de la memoria, 2009.

La Historia de las Mujeres es hoy un paradigma historiográfico que cuenta en España con un sólido aparato bibliográfico. A este ensayo, sin embargo, se vuelve una y otra vez cuando abordamos el proceso de modernización cultural y educativa frustrado por la guerra civil y por la involución que supuso el franquismo, en especial para las mujeres.

Las protagonistas, objeto de la investigación son un conjunto de mujeres españolas, “las conspiradoras”, llamadas a transformar el país con un proyecto que Marina aborda desde su propio marco teórico en el que destaca el concepto de “inteligencia social”. Fueron ellas en la suma de voluntades, experiencias e inteligencias quienes conforman la vanguardia artística, intelectual y académica que confluyó en el Lyceum Club Femenino, creado en 1926. Este es, si no el único, un importante referente en la genealogía del feminismo español, impulsado, no como el anglosajón por los movimientos políticos y sufragistas, sino desde el ámbito de la educación. El Lyceum fue el soporte de lo que hoy podíamos considerar un grupo de presión que consiguió cambiar la situación política y jurídica de las españolas durante la Segunda República. La vinculación del grupo con la Institución Libre de Enseñanza es evidente, tanto como lo es con la Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU), creada en 1920 con el nombre de Juventud Universitaria Femenina. Es sabido que la incorporación de la mujer a la Universidad en España fue tardía y dificultosa. José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro evocan el desconcierto de aquellas primeras universitarias a partir de memorias como las de María Teresa León en las que cuenta la experiencia de su tía María Goyri. En la promoción de las mujeres a la enseñanza superior tendría un papel fundamental María de Maeztu, presidenta de la AEMU quien había creado también en 1915 la Residencia de Señoritas. Esta institución, menos conocida que la famosa Residencia de Estudiantes, fue creada a inspiración de los Women Colleges americanos y mantuvo una estrecha relación con el Instituto-Escuela artífice de la renovación pedagógica heredera de Giner de los Ríos y en el que se adopta la coeducación. El cosmopolitismo y la convergencia de redes asociativas de mujeres caracterizan al Lyceum que presidido, también como la AEMU, por María de Maeztu tuvo su sede en la llamada Casa de las Siete chimeneas. Sus salones y su biblioteca de la que se encargaba la malagueña Victoria Kent acogieron a las mujeres más representativas del universo asociativo femenino: la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, creada en 1918, presidida por la esteponera María Espinosa de los Monteros a la que pertenecía Clara Campoamor y la también malagueña, Isabel de Oyarzábal; la Cruzada de Mujeres Españolas, la organización más comprometida en la consecución del voto femenino, liderada por Carmen de Burgos; la Juventud Universitaria Femenina y el Instituto Internacional. Marina singulariza entre las socias del club a las vanguardistas que representa la pintora Maruja Mallo, la escritora Concha Méndez, casada con Manuel Altolaguirre y la poetisa, Ernestina de Champourcin.

CONFERENCIA DE PALMA GUILLÉN. Madrid, 15-2-1935.- Conferencia de la escritora Palma Guillén (5º izda), embajadora de México en Panamá, en el Lyceum Club Femenino. Asisten, entre otras: La política y abogada Victoria Kent (4ª dcha), la actriz Margarita Xirgu (2ª dcha), la pedagoga María de Maeztu (5ª dcha), y la también política y abogada Clara Campoamor (1ª dcha). EFE/DÍAZ CASARIEGO/jgb

El ensayo se construye mediante una narración detectivesca en el que las “pistas”, son en realidad las fuentes que fundamentan la investigación. En un relato alegórico de Giménez Caballero, publicado en la revista vanguardista, La Gaceta Literaria, la investigadora descubrió que quien sería uno de los soportes ideológicos del fascismo español había retratado la capacidad transformadora de las socias del Lyceum, quienes como las “Mujeres de la Isla de Cogul” accedieron a libros que solo los varones, sacerdotes y juristas tenían acceso.

Es precisamente en el ámbito jurídico donde adquiere significado el Lyceum a partir de la callada revolución de mujeres aparentemente menos brillantes que las transgresoras vanguardistas. Eran mujeres de sus maridos, hombres famosos y cultos, Marina les atribuye una función propedéutica y las compara con los actores que antes de la Transición, sin hacerla la hicieron posible. Elige para ejemplificarlas a dos mujeres singulares, eclipsadas por la genialidad de sus compañeros, Zenobia Camprubí y María Teresa León. No eran menos conscientes de la postergación femenina, Carmen Baroja cuyas memorias son un puro lamento y Concha Méndez, bastante menos conocida que Altolaguirre. Ellas tan cercanas a la Generación del 27 comprendieron que la virtud y la abnegación que formaban parte de la naturaleza femenina en realidad sepultaban la libertad. La libre disposición de las mujeres estaba severamente constreñida en sus aspectos legales. En el Lyceum, las socias accedieron al conocimiento de los textos jurídicos para descubrir cuál era su situación real en el Código Civil vigente, la de una menor de edad, tutelada eternamente por el padre o el esposo sin capacidad para administrar sus bienes. Estos temas que preocupaban a las mujeres de la clase media y de la burguesía culta e ilustrada impulsaron un intenso debate y la organización de comisiones que elevaron al Gobierno la solicitud de la reforma de varios artículos del Código Civil. Para los autores este movimiento engendrado por las elites cultas femeninas, de formación liberal y, en parte laicas, es mucho más que un instrumento de presión, es una forma de renovación social porque el ámbito jurídico implica el campo de los principios éticos. El cambio de la situación política y jurídica que tuvo lugar en la República no fue posible solo porque las mujeres habían ido a la Universidad sino porque las que se hicieron profesionales del Derecho: Clara Campoamor y Victoria Kent, posibilitaron que en la Constitución de 1931 se reconocieran los derechos políticos y se cambiara la situación civil de las mujeres.

Los autores dedican parte de su ensayo a estas reformas, fundamentalmente al debate que precedió en la Cortes a la aprobación del voto femenino y al conocido enfrentamiento de Clara Campoamor con Victoria Kent. Este tema ha postergado otros ámbitos de actuación de las dos diputadas, como la redacción de la Ley de Divorcio y la de Matrimonio Civil o la transformación del sistema penitenciario llevada a cabo por Victoria Kent, directora general de Prisiones.

Si bien en el eje temático que vertebra este libro no tienen cabida el papel que en aquellos años estaban desempeñando las mujeres en las organizaciones obreras, anarquistas y socialistas, el autor no deja pasar la oportunidad de dar a conocer a una de las mujeres más singulares de los años treinta. Hildegart, aunque cercana al Lyceum, se movió en ámbitos cercanos al Partido Socialista y al Partido Republicano Federal, pero no era el juego político el proyecto que su madre había ideado para ella sino servir de instrumento para la absoluta liberación femenina. Licenciada en Leyes a los 17 años, además de escritora, conferenciante y periodista, escribió varios ensayos sobre eugenesia y contracepción. Se anticipó pues, a lo que sería la reforma sexual propuesta en 1936 por la organización anarco feminista Mujeres Libres. Fue asesinada por su madre en 1933.

Los últimos capítulos del libro son la crónica de una derrota, no ya sólo la de la República sino de lo que Marina llama “La quiebra de la inteligencia social”. Algunas de las mujeres del Lyceum desempeñan durante la guerra papeles muy importantes para el estado republicano. En la España leal en la que por primera vez una mujer, Federica Montseny, fue ministra, Victoria Kent era secretaria de la embajada en París; María Lejarraga fue la agregada comercial para Suiza; Constancia de la Mora, fue responsable de los servicios de prensa del Ministerio de Exteriores, en los que sustituyó a Arturo Barea, e Isabel Oyarzabal fue embajadora en Suecia. Tras la catástrofe, la vanguardia del pensamiento feminista quedo atomizada por el exilio.

Esa experiencia doliente la conocemos por las memorias de sus protagonistas. Clara Campoamor –que se fue de España en plena guerra temiendo represalias de algunos grupos de izquierda— escribió Mi Pecado mortal. El libro es un balance de lo que supuso personalmente su apuesta por el voto femenino, el ostracismo político al que la condenó Azaña. Victoria Kent redactó las suyas mientras los servicios de Falange en colaboración con la Gestapo la perseguían en París y María Lejarraga relató sus recuerdos en Méjico.

Autoras como Shirley Mangini y Antonina Rodrigo se han venido ocupando de la vida y la obra de las que no volvieron o de las que como María de Maeztu, fundadora del Lyceum, regresó rota por la muerte de su hermano –fusilado en la retaguardia madrileña— para volver a marcharse. Algunas sí pudieron quedarse. Entre ellas, los autores eligen a María Lafitte quien pudo actuar de correa de transmisión entre el movimiento feminista de los años treinta y las inquietudes, ya imparables, que en el tardo franquismo se manifiestan en el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer en el que ya intervienen destacadas figuras del emergente movimiento feminista.

El ensayo de Marina y Rodríguez de Castro concluye con un interrogante ¿terminó la guerra, el exilio, la imposición del modelo machista y patriarcal del franquismo con el espíritu de las lectoras conspiradoras? No, fue recuperado casi de la nada, en parte desde el campo del Derecho. En 1958, Clara Campoamor participaba en el Congreso de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, allí las conocerían las jóvenes abogadas españolas que participaran en el movimiento feminista; el mismo año, la abogada falangista, Mercedes Formica consigue la aprobación de la Ley de 24 de abril de 1958, que suponía un avance en la equiparación de los sexos en el matrimonio. Fue posible por el despliegue de una campaña en la que participan activamente la asociación femenina Amistad Universitaria. Ya en los años sesenta a impulsos del espíritu del Concilio Vaticano II, la Iglesia atemperó su atávica misoginia. En 1965, Manuela Carmena criticaba en una revista católica el modelo familiar implantado tras la guerra. Después, Cuadernos para el Diálogo será la plataforma en la que aparecen las líneas de reflexión sobre el papel de la mujer, debates y pensamientos determinantes para el cambio social que se vivía. La Sección Femenina durante treinta años justificó el sometimiento femenino. Según Marina fue una institución equivocada en la que hubo mujeres muy valiosas, en los años setenta se adaptó al cambio social, asumiendo un discurso semifeminista.

En la confluencia de estas líneas de debate, acción y pensamiento sitúan los autores la herencia de La conspiración de las lectoras. Tras la ruptura de la “inteligencia social” en una España amordazada, muchas mujeres recorrieron un largo y tortuoso camino para recomponer lo que se inició en los años treinta. Pero aún no hemos terminado, hay que enseñar a conspirar desde la escuela. Nunca volveremos a partir de cero.

Un pensamiento en “La conspiración de las lectoras

  1. TE DOY LAS GRACIAS, LUCÍA.

    NO LO CONOCÍA. LO CONSEGUIRÉ

    ME PERMITO ENVIARTE MI ART DE HOY EN LA OPINIÓN DE MÁLAGA, DEDICADO A UNA GRAN MUJER MEXICANA.

    UN FUERTE ABRAZO, MAESTRA.

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