Ejercicios de memoria

SCHWARZ, Géraldina (2019): Los amnésicos. Historia de una familia europea. Traducción de Núria Viver Barri. Tiempo de Memoria. Barcelona: Tusquets editores.

TIMM, Uwe (2018): Icaria. Traducción de Paula Aguiriano Aizpurua. AdN Alianza de Novelas. Madrid:  Alianza Editorial.

ALI, Tariq (2009): Miedo a los espejos. Traducción de María Corniero Fernández. Alianza Literaria (Al). Madrid: Alianza Editorial.

El olvido de los alemanes

Los amnésicos es el resultado del interrogante que la autora, una joven periodista de ascendencia franco-alemana se plantea cuando desde su intrahistoria familiar asume dos evidencias. La primera que el Holocausto no pudo suceder sin el asentimiento, la inhibición y la colaboración de los alemanes. Y en segundo lugar que ni durante el nazismo ni después se sintieron culpables o responsables. El objeto de análisis es por tanto el mitlaufer, el ciudadano común que se dejó llevar; era políticamente indiferente e, incluso no necesariamente, simpatizante de los nazis. Sería este el perfil genérico de una gran parte de la población que con la derrota se sumió en un absoluto mutismo, atenta solo a sobrevivir a la crudeza de la posguerra. Karl y Lidia Schwarz, un joven matrimonio de Mannheim, no habían votado a Hitler. Aunque Karl tenía el carnet del partido no era un militante activo y para Lidia la evocación del nazismo era la de una juventud vivida amablemente gracias a los programas sociales del régimen. La segunda generación es la de la duda, la de la del rechazo a las respuestas evasivas, la de la sospecha de grietas en la verdad del olvido. Volker, el padre de la autora, transmite a su hija la curiosidad por un pasado suspendido en el sótano de su vivienda de Mannheim. En aquella ciudad de Badem habían comenzado las deportaciones de judíos en 1940 y aunque sus padres jamás lo han mencionado, Volker está seguro de que tuvieron que conocerlas. De la misma forma sospecha de la procedencia de la empresa familiar y del origen de los muebles y vajilla de la casa, impropios del estatus social de su familia y más lujosos que los que aparecen en fotografías anteriores al periodo nazi. Sin embargo, su padre solo sufrió una sanción administrativa por tener el carné del partido. Karl fue solo un mitlaufer hasta que su nieta encontró en el sótano el fantasma de los Löbmann, una familia desaparecida en Auschwitz. Su único superviviente,  en 1948 acogiéndose a las leyes que permitían la reclamación sobre bienes expropiados durante el nazismo, reclamó a Karl la propiedad de una empresa adquirida a bajo precio en 1938. El reclamante es Sigmun, el único que salvó la vida huyendo a EE.UU. Acosados por los programas de arianización que afectaban a bienes y empresas judíos y a punto de ser deportados, los Löbmann, malvendieron su empresa a Karl. A partir del descubrimiento de esta incomoda verdad, Géraldine Schwarz reconstruye paralelamente la historia de su familia alemana y de la judía expoliada. La lectura de la correspondencia del abuelo permite acceder a una de las más valiosas aportaciones de Los amnésicos: el análisis de los procesos de desnazificación, tal y como los vieron los alemanes. El opa –el abuelo Karl— no solo se resistió durante años a la demandas de Löbmann sino que se consideró víctima de los judíos y no al contrario.

Los límites de la desnazificación

La desnazificación impuesta por los aliados no fue un proceso homogéneo, dependió de la zona de ocupación. La biografía novelada del teórico de la eugenesia, el doctor Ploetz, escrita por Uwe Timm, retrata la minuciosidad con la que el ejército americano abordó la investigación de las responsabilidades en el espacio que controlaban. Tampoco afectó por igual a todos los grupos. La obra refleja la inmunidad que los vencedores ofrecieron a investigadores y científicos a cambio de los conocimientos que los aliados utilizarían en la futura carrera espacial y de armamento. Al margen de unos pocos y elegidos actores, en su zona los americanos mantuvieron el procesamiento ante tribunales militares hasta 1949. Núremberg fue solo la representación más visible de un proceso que experimentó distintos niveles durante la Guerra Fría.

La desnazificación controlada por los aliados se suavizó a medida que la URSS ampliaba su área de influencia en Europa oriental y, sobre todo, una vez que las potencias occidentales decidieron en 1949 dar vida a una nueva Alemania. Adenauer entendió que la desnazificación era imprescindible para la reconciliación nacional y emprendió una política encaminada a la exculpación colectiva. Sin embargo, las presiones internacionales le obligaron a un acuerdo simbólico con Israel. De facto, la recuperación material y la emergencia del estado del bienestar actuaron como un bálsamo frente al pasado.

Schwarz aborda el olvido en los territorios ocupados o aliados del Reich desde una perspectiva comparada. Su madre, francesa no ha conservado un fondo testimonial familiar como el hallado por Volker en su casa de Mannheim. Hija de un gendarme, creció en las proximidades del Campo de Drancy, centro de reclusión de los judíos que iban a ser deportados. En su familia nadie lo recordaba. La historia oficial de una Francia resistente a los alemanes ocultó durante décadas la ignominia de la colaboración. De haber sido admitida, Francia jamás habría figurado entre los vencedores. Si Adenauer fue obligado a asumir la culpa, De Gaulle no admitió sino la victoria de los resistentes en el seno del ejército aliado. Su representación icónica fue la entrada de la División Leclerc en París. Tras las bambalinas del mito nacional quedó en la sombra que la capital de Francia fue liberada por los americanos y que muchos resistentes eran españoles republicanos. Ello no quiere decir que no se ajustaran cuentas a los colaboracionistas –miles de mujeres fueron rapadas por mantener relación con los “boches”— y los principales responsables políticos procesados. Pero sucesivas leyes de amnistía favorecieron la promoción política de antiguos colaboracionistas y tras la descolonización de Argelia, con los colonos regresó a Francia la memoria resentida del fascismo. La responsabilidad de Vichi en el Holocausto no se admitirá hasta mucho después. El comportamiento más o menos complaciente de la población no fue ajeno a una potente corriente de pensamiento antisemita que se había manifestado ya en el célebre caso Dreyfus.

El peso del antisemitismo fue determinante en la extensión de los apoyos al nazismo en la Europa de entreguerras. Arendt disecciona en su obra de referencia, Los orígenes del totalitarismo, la influencia de este factor tanto en el espacio germánico como en el Imperio austro-húngaro. Y sitúa la proyección política del sentimiento antijudío en la las última década del siglo XIX cuando el partido socialcristiano llegó a la alcaldía de Viena con un discurso antisemita, si bien aquel gobierno municipal, presidido por Lueger no fue percibido como una amenaza. Esta opinión es compartida con Zweig que la refleja en El mundo de ayer. Memorias de un europeo, precisamente la fuente desde la que Géraldine Schwarz evoca la metamorfosis de la amable sociedad vienesa hacia la intolerancia y el fanatismo. El fascismo católico austriaco no pudo contener los apoyos del nazismo. La evocadora obra de Éric Vuillar, El orden del día, demuestra hasta qué punto estaba decidida la anexión de Austria. Este argumento es el que justificará la amnesia en ese país. Sin embargo, los nazis austriacos no tuvieron un papel marginal en el exterminio de la población judía. La autora comprueba personalmente la dimensión del olvido cuando viaja a Viena. El gobernador de Galitzia era un austriaco. Bajo su gestión miles de judíos fueron masacrados pero su hijo lo exculpa públicamente. Otto Von Wächter tuvo la misma responsabilidad en los territorios polacos orientales que Frank Hans en Cracovia. Sorprendentemente en Los amnésicos no aparece una de las obras que se han ocupado de ambos personajes, responsables de crímenes contra la humanidad: Calle Este-Oeste de Philippe Sands. En Austria, el país donde estuvo Mauthausen y en el que muchos de sus médicos trabajaron en experimentos con discapacitados, el proceso de desnazificación quedó totalmente obstaculizado por la percepción de que los austriacos habían sido víctimas del nazismo y no sus colaboradores. Un argumento muy similar al que elaboró Italia para la construcción de una memoria exculpatoria de su pasado fascista. Pero la brutalidad desencadenada en los Balcanes, bajo la autoridad de Mario Roatta, el general que tomó Málaga en 1937 –la memoria oficial del franquismo no le reconoció esta victoria sino a Queipo de Llano— no fue más leve que la ejercida en los territorios del Reich y en Libia. Sin embargo, la Italia de Mussolini se comportó de forma muy diferente a Francia al obstaculizar la entrega de los judíos detenidos, las deportaciones se produjeron en la zona norte controlada por los alemanes.

Tras la guerra, la prioridad de mantener a raya a los comunistas favoreció la amnesia con la conocida bendición del Vaticano y en opinión de Fontana –Por el bien del Imperio. Una Historia del Mundo desde 1945— con el apoyo de EE.UU. La situación de los judíos en la Italia fascista es evocada desde la más conocida obra de Bassani, El jardín de los Finzi-Contini. El autor de La novela de Ferrara, sin embargo, articula la narrativa de la amnesia italiana en torno a la normalización del pasado fascista. Contra esta aceptación reaccionarían los movimientos de la década de los sesenta, derivados en parte, como en Alemania hacia el terrorismo.

El combate contra la amnesia

El libro matiza el mito de la desnazificación absoluta sobre el que se sustentó la creación de la República Federal de Alemania (RFA). Durante los años cincuenta a la nueva clase política de la RFA se fueron incorporando antiguos nazis, las depuraciones en la administración fueron sorteadas y los individuos blanquearon su pasado.

La autora sitúa el principio del combate contra la amnesia en la actuación del fiscal Bauer quien en 1958 llevó a proceso a un comando que asesinó en Lituania a centenares de civiles y quien impulsó la detención de Eichman, condenado a muerte en Israel en 1962. Su juicio tuvo una gran repercusión mediática y resignificó el Holocausto como resultado de la colaboración necesaria de actores comunes sin conciencia criminal. Hannah Arendt, presente en el juicio, fue testigo de la impasibilidad del reo y en su conocida obra Eichmann en Jerusalén formuló su polémica teoría de la Banalidad del Mal. En los años sesenta el parlamento voto una ley que terminaba con la impunidad lo que determinaría políticas de memoria en absoluto compartidas. En esos años los jóvenes alemanes se enfrentaron a la amnesia de sus padres en el marco de un movimiento de rebelión juvenil que se manifestó a ambos lados del Atlántico. En Alemania, este movimiento es considerado por la autora un hito en el proceso de recuperación de la memoria alemana. Bajo la inspiración de la Escuela de Frankfurt –Habermas y Adorno— estas movilizaciones denunciaron la continuidad del personal político del Tercer Reich en la RFA. La evolución de algunos sectores hacia el terrorismo es conocida y la complacencia de intelectuales franceses –Sartre, Foucault y Deleuze— con los presos alemanes también. La autora advierte de la coincidencia de que fenómenos como la aparición de la Fracción de Ejército Rojo y de las Brigadas Rojas se dieran al igual que en Japón en estados con un pasado fascista –ETA podría ser incluida—. Entre las organizaciones terroristas de los años sesenta estaban las palestinas que actuaron en la RFA. Paradójicamente, muchos de los actores que habían demandado la memoria y la reparación de las víctimas del Holocausto terminaron enfrentados al Estado que hizo del exterminio de su pueblo en  territorio alemán la razón de su existencia, Israel. Entre tanto, el pulso al terrorismo en la RFA mantuvo el tabú del genocidio hasta la aparición de La destrucción de los judíos europeos en 1982.

El núcleo central de Los amnésicos lo constituye la denuncia de unas políticas de memoria selectivas que en Europa posibilitaron la impunidad de criminales de guerra. Políticas caracterizadas en relación a la situación de los estados en la Guerra Fría.

En la Alemania ocupada, la desnazificación fue impuesta por los aliados, después la RFA no pudo satisfacer totalmente la demanda de olvido de los mitlaufer. Israel acaba de nacer y se lo impidió. En la RDA,  por el contrario, la nación se fundó sobre el mito del antifascismo y desplazó la culpabilidad del Holocausto a Alemania Occidental. En Austria el Anschluss justificó el victimismo y la amnesia. La leyenda fundacional de la IV República Francesa fue la Resistencia y de Gaulle hizo caer un velo sobre la colaboración. En Italia, el potencial del Partido Comunista fue conjurado pasando página sobre el pasado fascista. En todos los casos, la amnesia fue una acción conscientemente política.

La obra reconstruye este pasado a través del testimonio, de fuentes documentales tanto públicas como privadas y de bibliografía especializada. El resultado es un ensayo con una base historiográfica impecable que en sus últimos capítulos se orienta a la crónica periodística.

 

El fin de la Historia, el principio de la Memoria

Tras la caída del muro Géraldine Schwarz acompañó a su padre al Berlín oriental. Volker que trabajó en el organismo encargado de gestionar la transición económica se convierte en un testigo privilegiado del traumático proceso de privatizaciones. El relato de su experiencia en la ​RDA nos remite al sentimiento de desamparo y a la decepción que embarga al protagonista de Miedo a los espejos, un profesor universitario a quien colegas de occidente cuestionan su excelencia. La eclosión de políticas públicas de reconocimiento y reparación de las víctimas del fascismo y del nazismo no se produce hasta la década de los ochenta. Y su implementación provoca la inevitable comparación con las del totalitarismo estalinista.

La caída del muro impulsa de forma imperativa la memoria del Holocausto en Europa occidental. La desaparición de la RDA hizo extensiva la memoria antifascista a todos los alemanes pero abrió el debate entre quienes reclamaban el fin de la impunidad y quienes preferían pasar página en el país reunificado.

La llegada al poder de la coalición de Verdes y Socialdemócratas en 1998 impulsó la normalización de la presencia alemana en actos memorialistas como la conmemoración del Desembarco de Normandía; campos de concentración se convirtieron en lugares de memoria y emergieron memoriales al Holocausto. Uno de los más sobrecogedores, sin duda el de Berlín.

Monumento del Holocausto. Berlí, agosto 2007.

Pero, sobre todo en Alemania Oriental, la amnesia devenida del pasado socialista también suscitó oposición. De la iconoclastia que caracterizó a la “guerra de los símbolos”, los berlineses consiguieron salvar las monumentales estatuas de los padres del marxismo.

Marx-Engels Forum. Berlín, agosto de 2007.

De forma paralela la publicación de obras autobiográficas o de ficción visibilizó también los sufrimientos de los alemanes a manos del Ejército Rojo. No solo el trágico éxodo de los territorios polacos y de los Sudetes, también la inquietante memoria de las miles de mujeres violadas por soldados soviéticos que saco a la luz el testimonio anónimo de Una mujer en Berlín. En Francia, en los años noventa, también fueron reconocidos los crímenes de Vichi.  Maurice Papon y Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, fueron desenmascarados. En España,  la memoria de los muchos nazis acogidos durante el franquismo ha quedado de momento en el ámbito de la ficción. Obras como Los pacientes del doctor García de Almudena Grandes o La casa del nazi de Xabier Quiroga han trazado nítidamente la cobertura que el Régimen les ofreció.

Los amnésicos se cierra con el inquietante epílogo de la relación entre la Memoria del fascismo y el auge de la extrema derecha en Europa. Ya en 1992, aparecen grupos neonazis que atentan contra los trabajadores vietnamitas de la RDA y contra refugiados yugoslavos. La emergencia de partidos ultranacionalistas y xenófobos que han alcanzado representación parlamentaria se ha generalizado. Los movimientos basados en pulsiones identitarias han mutado el discurso antisemita de los años treinta por una islamofobia compartida. La idea de que el Islam amenaza la pervivencia de la civilización occidental, eje ideológico del PEGIDA alemán, alienta con fuerza en la ultraderecha española que representa VOX.

El subtítulo que acompaña a Los amnésicos no hace justicia a la obra. No es la historia de una familia europea, es la historia de Europa. A través de testimonios de tres generaciones, el relato se articula con matices divergentes, según se cuente a uno u otro lado del Rin; según el narrador sea católico, judío o protestante; según ganador o derrotado; según víctima o verdugo. Una dialéctica de la que necesariamente se deriva la imposibilidad de una memoria común y consecuentemente la confrontación sobre la gestión pública del pasado. Pero ello no significa que la Memoria sea responsable de la reavivación de conflictos y enfrentamientos atávicos. Reconocer y nombrar a actores que tuvieron visibilidad y responsabilidad en la destrucción de la humanidad y de la civilización es una cuestión más ética que política. Pero La Memoria no puede ser hegemónica ni monolítica. Su gestión por el poder ha de hacerse desde el consenso y desde el marco jurídico que reconoce el derecho internacional, no desde el tribalismo justiciero. La amnesia es el bálsamo de la culpa pero no es terapia para el dolor ni puede alentar el negacionismo. Los historiadores tienen la obligación moral e intelectual de impedirlo.

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