Dios estaba ganando al monopoly

Dios estaba ganando al monopoly.

Tenía todas la ciudades, los mares, era dueño de los edificios más altos del planeta, había situado estratégicamente humanos a su imagen y semejanza en todas las selvas, fosas, volcanes, desiertos, montes de todo el mundo conocido y estaba ya ideando la jugada para poner sus cartas sobre otros universos.

Lo que más dinero le estaba dando era el juguetito mágico que el demonio ni siquiera imaginó. Era su escalera de color, el aparato que entregaba a cada humano con poderes como el suyo. Fue la mejor estrategia desde la creación. Darle a cada uno un dios diminuto y virtual capaz de mostrar en tiempo real mapas, carreteras, médico, dinero, tiendas, brújulas y sistemas de medida, juegos de colores, copiadores del mundo, viajes, música universal, masturbaciones, cosquillas cerebrales, drogas al instante, comidas del planeta, y dominio del pseudomundo con solo cargarlo al menos una vez al día. Cada tonto era cada día un dios más tonto. La bomba del mundo en la palma de la mano de cada habitante del la tierra.

Y en la partida cada casilla del monopoly ocupaba su icono con ese ojo triangular que todo lo ve, Lucifer solo podía seguir tirando dados mientras disfrutaba el roncola. Tampoco se estaba mal del todo, al fin y al cabo los ángeles le daban lo que quería y él tampoco era ambicioso. Los malos seguían llenando su infierno, no le iba mal con las guerrillas de siempre e Israel seguía siendo su mejor aliado, ya con eso solo se partía de risa algunas mañanas. Pero lo esa noche  le estaba dando coraje porque Dios estaba siendo demasiado cruel. Casi no quedaban ya cartas, era tardísimo, tenía el puntito de largarse y el otro no paraba de reírse en su cara. Lanzaba los dados con fiereza y estaba disfrutando con la chulería de ser el dueño del todo. Demasiado ostentoso incluso para ser Dios.

“Te toca”.

Sin ganas lanzó el dado, contó, sacó el cartoncito y al darle la vuelta sintió las mariposas de siempre en el estómago desde aquel día en que vio a Abel muerto por el bate de su hermano.

“Jeho, vete a la mierda hoy con tanta chulería, gano yo”.

“¿Qué tienes?”

Los ángeles lo rodearon expectantes.

Tiró lentamente sobre la mesa la carta. Dios tuvo que concentrarse para entenderla: COVID XIX.

Jose Prieto

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