Para comprender el fascismo

VEIGA, Francisco; GONZÁLEZ-VILLA, Carlos; FORTI, Steven; SASSO, Alfredo; PROKOPLJEVIĆ, Jalena; MOLES, Ramón (2019): Patriotas indignado. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría: neofascismo, posfascismo y nazbol. Madrid: Alianza editorial.

Patriotas indignados es el resultado de un conjunto de aportaciones de varios expertos en Nacionalismo, Seguridad en los Conflictos, Arquitectura del Poder y Prevención de Riesgos, todos analistas de aspectos del Tiempo Presente. La obra estructurada en cuatro partes mantiene como hilo conductor los efectos del nacionalismo radical, en un tiempo nominado como La Posguerra Fría.

Fundamentos teóricos e históricos del nacionalismo. Del Báltico al Cáucaso

El objeto de análisis lo constituye la implosión de la extrema derecha en Europa en las últimas décadas del siglo XX, si bien focalizado en la antigua Unión Soviética, en los estados que estuvieron bajo su influencia y en los Balcanes. Un espacio que ha conocido el desarrollo del nacionalismo en su versión más radical. Como componente sustancial de una renacida ultraderecha, el nacionalismo es analizado desde sus orígenes teóricos e históricos. Si bien el fenómeno histórico del fascismo eclosiona tras la Primera Guerra Mundial, algunos de sus elementos son reconocibles en coyunturas anteriores. En Rusia, el antisemita Partido de las Centurias Negras (1905) fue respuesta al nacionalismo polaco y finlandés. A principios del siglo XX se había ensayado un proyecto corporativo que buscaba la evolución de la autocracia zarista hacia el autoritarismo. El protofascimo ruso aportaría una herencia perdurable: la exitosa operación de propaganda articulada en torno a Los Protocolos de los Sabios de Sión, el panfleto que culpaba a los judíos de una conspiración universal y que fue sostén del nazismo.

El marco teórico de la actual ultraderecha rusa ha sido elaborado por Aleksandr Dugin, ideólogo de Putin. Su pensamiento político deviene, por una parte, de la aproximación a Alain de Benoist, revisionista del fascismo y del nazismo, y, por otra, de la resurrección del euroasianismo. La idea de que el bolchevismo había integrado la diversidad de las culturas rusas permitió la continuidad entre la revolución y el nacionalismo, una interpretación que quedó integrada en la ultraderecha rusa. El euroasianismo ofreció a la ultraderecha europea la posibilidad de crear una entidad superadora de la Unión Europea (UE).

La implosión de la ultraderecha en el mundo comunista no sería exclusivamente resultado del colapso de los años noventa. Los autores denominan criptonacionalismo a las corrientes identitarias que de forma subterránea pervivieron en el mundo comunista. Algo fácilmente explicable en aquellos estados que habían surgido del principio que trazó las fronteras de 1919, el de la nacionalidad. El más potente de los movimientos nacionalistas fue el impulsado en Polonia por el nombramiento del obispo de Cracovia como papa Juan Pablo II (1978). El “nacionalismo milagrero” puso en jaque al Régimen por la confluencia del movimiento sindical pilotado desde los astilleros de Gdansk y la acción de la iglesia polaca como agente movilizador.

En los años ochenta, en Serbia se manifestó la efervescencia de un nacionalismo político y cultural nucleado en torno a intelectuales e historiadores. El victimismo de los serbios, masacrado por ustachas croatas, durante la Segunda Guerra Mundial integró la construcción nacionalista que justificó la reactivación de los paramilitares chetniks. El recurso a la nacionalidad oprimida, atávica en los magiares desde los Habsburgo, fue utilizada por los húngaros de Transilvania frente a Ceaucescu (1988) y por los serbios de Kosovo. El nacionalismo cultural convivió en el seno del régimen comunista, igualmente en Croacia y en Eslovenia. Y fue, en todos los casos, el instrumento utilizado para la “regeneración” de los hegemónicos partidos comunistas nacionales. Sin embargo, la transición hacia el sistema democrático y la economía liberal contó con otro impulso: el apoyo de los EE.UU., posibilitado por la crisis provocada en el espacio soviético por la subida del precio del petróleo tras la revolución iraní (1979); la guerra con Irak (1980-1988) y la invasión de Afganistán (1979). El ejemplo de Polonia, donde George Soros, financió a Solidaridad y el de Hungría son suficientemente conocidos.

La transición hacia sistemas formalmente democráticos necesitó de otro instrumento: la fusión de fuerzas políticas ideológicamente opuestas sustentadas en el común culto a la patria. En Croacia, la Liga Comunista se reconvirtió en el partido nacionalista que condujo la secesión. Durante la guerra con Serbia, los grupos paramilitares ostentaron sin complejos la simbología fascista de los ustachas. En Serbia, Milosevic gobernó con un partido procedente de la Liga Comunista y no tuvo inconveniente en unir la simbología de los chetniks con la del pasado comunista. En Rusia, el fracaso económico de las políticas liberales de Yeltsin determinó la creación de una gran alianza en el Frente de Salvación Nacional que aglutinó a un amplio abanico de formaciones ultraderechistas e izquierdistas.

Nacionalismo y geoestrategia

El efecto más perverso del resurgir del nacionalismo en el mundo comunista fue, sin duda, la guerra librada en los Balcanes en los años noventa. Su arma más destructiva, la denominada “limpieza étnica” manifiesta claramente la naturaleza del conflicto. Su resultado ha orientado el marcado carácter ultranacionalista de la geoestrategia del siglo XXI.

Los Acuerdos de Dayton firmados bajo el auspicio de EE.UU. (1995) terminaron de perfilar el mapa de los Balcanes con la creación de estados nacionales. Milosevic siguió en el poder y el asunto de Kosovo solo se resolvió con la intervención de la OTAN. La subsiguiente creación del protoestado y la instalación de una base americana en el corazón de los Balcanes fue una humillación para Rusia. El intervencionismo occidental se manifestó tanto en las revueltas inducidas que derrocaron a Milosevic (2000) como en las revoluciones de colores en Georgia (2003) y en Ucrania (2004). Una vez en el poder, Putin canalizó el resentimiento de parte de la población rusa hacia el nacionalismo. Bajo la inspiración de Dugin, la nueva política exterior rusa se desarrolla sobre la interactuación de varios ejes: cerco a EE.UU. mediante el desgaste de la OTAN; aproximación de Rusia a Irán; control ruso sobre el Cáucaso y Ucrania y debilitamiento de la UE –aislamiento británico— y fomento de conflictos étnicos y nacionalistas.

Las estrategias utilizadas por Rusia para la contención de las potencias occidentales se han concretado en: el apoyo a una constelación de partidos de ultraderecha destinados a debilitar la UE; la injerencia en la campaña del Brexit; la aproximación en función del suministro energético a Polonia y Hungría –en la actualidad en manos de gobiernos ultraderechistas— y en el mantenimiento de relaciones, tanto con Syriza como con formaciones ultraconservadoras contrarias al matrimonio homosexual. En Italia ha contado con el beneplácito de Silvio Berlusconi y en Francia con el de Marine Le Pen. Pero la más osada de las actuaciones desplegadas por Rusia para debilitar la UE ha sido a partir de 2016 la distribución masiva de Fake news financiados por grupos de extrema derecha.

Estas políticas están apoyadas en una corriente de opinión ultranacionalista organizada en grupos neonazis y en partidos cuya definición programática pasa por difuminar los perfiles entre la izquierda y la derecha. El ejemplo más acabado es el Partido Nacional Bolchevique. Creado por Limonov, conocido en Occidente por la biografía de Emmanuele Carrere, Nazbols, utilizó una simbología entre nazi y comunista. Un peligroso experimento antisistema que no tardaría en exportarse a Europa.

La extrema derecha se incorporó a las instituciones de la UE con la ampliación de 2004. Ese año formaciones ultranacionalistas de Polonia, Letonia, Eslovaquia o Lituania configuraron en el Parlamento Europeo la familia ultranacionalista y euroescéptica. El grupo de Visegrád –Hungría, República Checa, Polonia y Eslovaquia— se cohesiona en torno al problema de los refugiados, pero tanto en Hungría como en Polonia, lo que está en juego es la supervivencia del Estado de Derecho. La ofensiva de Viktor Orbán (2010) en contra la independencia del poder judicial ha inspirado en el mismo sentido al gobierno polaco. El partido Ley y Justicia, en el poder desde 2015, ha implementado, de forma paralela, una política de familia de inspiración ultra católica –ley contra el aborto—.

La causa nacionalista sustentó el proceso de democratización del Este impulsado por las potencias occidentales. El referéndum como arma de la democracia directa vehiculó, en los años noventa, la secesión en los Balcanes y en las repúblicas bálticas. Sin embargo, en los estados nacionales resultantes fueron vulnerados los derechos ciudadanos de las minorías, ocurrió en Eslovenia y, sobre todo, en Estonia, donde quedó excluida de la nacionalidad la población rusa.

La consulta de mayor trascendencia en el antiguo espacio soviético ha sido el referéndum celebrado en Crimea (2014) que supuso la integración de la península en la Federación Rusa. Putin, en respuesta a las revueltas de Maidán, recurrió al mismo instrumento de los movimientos secesionistas que acabaron con la URSS y utilizó la consulta a su favor. En Ucrania se repitió el patrón de la actuación de los grupos paramilitares en los Balcanes. En las revueltas proeuropeistas de Maidán intervinieron grupos de neonazis a los que occidente prestó poca atención en función del objetivo democratizador de la protesta. Sin embargo, cuando unos meses más tarde estalló la guerra del Donbass (2014), al este de Ucrania se desplazaron grupos ultranacionalistas ucranianos paramilitares, neonazis financiados por oligarcas ucranianos y ultranacionalistas prorrusos. Las fuerzas insurgentes en el Donetsk procedían del entendimiento de fuerzas políticas opuestas y la inmensa mayoría de voluntarios prorrusos eran ultranacionalistas.

A partir de estos ejemplos, a los que pueden añadirse los acuerdos históricos entre comunismo y fascismo, se deduce que el fascismo no solo confronta a la democracia. En la actualidad el enfrentamiento entre grupos fascistas se ha generalizado, tanto como el argumento basado en la no diferencia entre Derecha e Izquierda. Un argumentario compartido por partidos como Alternativa para Alemania y el Frente Nacional francés cuyos programas incluyen elementos neonazis: xenofobia, racismo, antiglobalización y antieuropeismo. El hecho de que algunos elementos sean compartidos con los movimientos de la izquierda antisistémica convierte a estos grupos en espacios preferentes de la acción exterior rusa.

Por último a la conformación de la ultraderecha en el espacio postcomunistas puede asociarse un conjunto de poderes fácticos. Son grupos no elegidos en procesos democráticos que se mueven en la periferia de los estados y de la ley y cuyos métodos criminales han deteriorado el Estado de Derecho. Un fenómeno asimilable a oligarcas y mafiosos que amasaron grandes fortunas durante el proceso de privatización de los recursos soviéticos: las materias primas y a la energía. No solo fueron rusos, también ucranianos. Y el hecho de algunos compraran equipos de futbol no carece de significado. Los autores señalan la capacidad de los deportes de masas para la manifestación de pulsiones identitarias y la movilización de sentimientos nacionalistas. Algo que, desde luego, no es privativo del espacio postsoviético.

Epílogo

A modo de conclusión se aporta el soporte teórico y conceptual de la obra. El término fascista y menos en referencia al fascismo histórico, más allá del uso coloquial, no es válido para caracterizar a los nuevos partidos neofascistas actuales. La nueva ultraderecha tiende a ser utilizada por los partidos conservadores, liberales de derecha y populistas. Pero de las alianzas que sintetizan el nacionalismo extremo con la izquierda surge de facto la ultraderecha. Los autores ilustran suficientemente está tesis señalando la perversidad del conjunto de alianzas analizadas.

Siguiendo a Enric Ucelay-Da Cal recurren al canon del fascismo histórico –nacionalismo exaltado, militarismo y recurso al hipotético enemigo interior— para ilustrar las desviaciones de la ultraderecha actual. Esta, al menos en parte, se distancia del tenebroso pasado del fascismo. Es dudoso hasta qué punto son extensibles los ejemplos de Pegida que reniega de la simbología nazi y Alternativa para Alemania que integra al colectivo homosexual, tiene apoyos judíos y concejales de color, lo que lo coloca fuera de la órbita de la homofobia y el racismo. Es una estrategia posibilista que atrae votos y que permite desde la participación institucional la imposición de proyectos antidemocráticos.

Los autores se inclinan por considerar fascistas aquellos movimientos que cumplen algunos de los componentes de los fascismos históricos. Siguiendo a Miklós Tamás desglosan el significado del concepto posfascismo: conjunto de prácticas e ideologías que amenazan la democracia sin destruirla ni alterarla. En Europa Occidental no tienen una vinculación mecánica con el fascismo, no se basan en movimientos de masas y no cuestionan el capitalismo. Por el contrario, la fascistización general de la sociedad se produce en una sociedad globalizada, donde precisamente el tráfico de personas y capitales ha restringido los derechos cívicos y ciudadanos. En las sociedades posfascistas, la ciudadanía se identifica cada vez más con la etnia y con la identidad. La reflexión del filósofo transilvano (húngaro) parece más bien asimilable a Europa Oriental. En las conclusiones finales los autores dudan de la inexistencia de continuidad ideológica entre el fascismo clásico y el posfascismo pero renuncian al establecimiento de categorías cerradas de clasificación entre partidos fascistas y no fascistas.

AVISO PARA NAVEGANTES

Evidentemente no todo el viento sopla del Este y la circunscripción temática y espacial del trabajo estorba perspectivas comparadas. Esta limitación no impide la acabada definición de los movimientos que amenazan al sistema democrático.

La obra resulta útil en cuanto que pone de manifiesto las orientaciones más peligrosas. La tendencia a difuminar las diferencias entre derecha e izquierda en los partidos políticos fue, en definitiva, la aspiración del fascismo histórico. Al respecto era muy clara la posición de Mussolini. En M. El hijo del siglo, Antonio Scurati describe como el potencial destructor del agravio, nutriente del nacionalismo, bañó de sangre la Italia posbélica. El fascismo convirtió la victoria italiana en derrota y la frustración del derrotado consiguió la destrucción de los partidos clasistas en beneficio de la nación. Como el fascismo, la nueva ultraderecha utiliza el parlamentarismo para devorarlo. En los años veinte con el arma de una aguda violencia callejera, focalizada, no sin respuesta, en obreros y campesinos socialistas, se impuso el fascismo. Frente a la disolución de sistema, en el parlamento no se alzó sino la voz valiente de Matteotti, asesinado (1924) por sicarios de Mussolini.

Los autores admiten que las desviaciones actuales del canon fascista no son tantas, más bien son adaptaciones posibilistas que hay que procesar en el actual contexto histórico. De lo que puede hacer la nueva ultraderecha dominando el parlamento da fe el modelo impuesto en Hungría y en Polonia. En el país en el que la Iglesia abatió al comunismo, la destrucción del Estado de Derecho ha ido acompañada de la depuración ideológica de maestros y profesores; la imposición de contenidos patrióticos en los libros de texto y la implantación del programa ultracatólico de la Liga de las Familias Polacas, auténtico azote de la homosexualidad, contrario a la eutanasia y al aborto. En 2006, su líder ante el parlamento europeo, alabó a Franco por su contribución a la defensa cristiana de Europa.

El fundamentalismo católico ha tejido una red de hilo fino, generosamente subvencionada: la Coalición por la Vida y la Familia que integra, entre otras formaciones ultracatólicas a Alternativa Española. Este partido que se presenta bajo la más peligrosa de las denominaciones, la de la transversalidad, es el heredero de Fuerza Nueva y combate contra el matrimonio homosexual, la ideología de género y la educación en igualdad. La ofensiva al feminismo no es privativa de la herencia nacional católica. El ultranacionalista y bolchevique Nazbols vehiculó discursos tanto contra los derechos de las mujeres como contra los extranjeros y el Congreso Mundial de Familias integrado por grupos ultraconservadores cristianos es apoyado por Rusia. Evidentemente entre los componentes del fascismo histórico no se encontraba el combate contra el feminismo pero sí está en su naturaleza el machismo y la misoginia. Tanto en la Alemania nazi como en la Italia fascista y en España durante el franquismo se desarrollaron programas natalistas que afectaron a la libertad y los derechos de las mujeres. No es difícil reconocer en los proyectos demográficos del neofascismo las coincidencias.

La nueva ultraderecha se ha distanciado en occidente de la antigua parafernalia de la violencia callejera fascista, solo asimilada en el Este a situaciones bélicas. Pero el culto a las armas y el militarismo no son privativos exclusivamente de sociedades en conflicto. La extrema derecha y la derecha menos extrema no han renunciado en todos los casos a la simbología de la violencia. En España, como herencia del nacionalcatolicismo, la visibilidad de los cuerpos armados se manifiesta en mayor medida en rituales y ceremonias religiosas que en actos cívicos. Esta realidad que podría ser entendida en términos culturales ha sido resignificada por la derecha en sentido político y nacionalista. Al respecto, las frecuentes alusiones de Vox a la solución militar son suficientemente reveladoras. Sin embargo, esas formulaciones tan absolutamente peligrosas han sido aparcadas desde Tejero por la extrema derecha española. Y solo ha sido posible su reaparición por la pulsión nacionalista provocada por el asunto catalán. De nuevo y aquí, más que nunca, el viejo recurso al agravio ha posicionado al neofascismo en un espacio político en el que nada –incluido el odio al feminismo— es nuevo.

El hecho de que la nueva derecha haya cambiado al enemigo interior judío por el musulmán no impide vincularla al racismo y a la xenofobia. El nacionalismo recurre a cualquier alteridad. En Patriotas indignados el ejemplo italiano resulta elocuente. Salvini desplazó el rechazo de los neofascistas a los italianos del Sur hacia los emigrantes. Pero la cohesión en torno al enemigo común precisa de su demonización y para esto están las redes como en la Alemania nazi estuvo Los Protocolos de los Sabios de Sión.

La extrema derecha utiliza las redes desde un entramado internacional que vehicula el discurso de la homofobia, la misoginia, la xenofobia, el racismo, el antisemitismo y la islamofobia, todo ello en una dimensión global. A nivel de Estado-Nación operan las fobias y los nacionalismos, unas veces contra la globalización y otras contra los demonios interiores.

En la campaña contra un adversario político que ha cuestionado el modelo liberal e intenta desarrollar la democracia real, la ultraderecha española no ha estado sola. Ha utilizado los mecanismos de propaganda y manipulación de los estados totalitarios: amenazas, vigilancia, acoso, calumnias, injerencia en la vida privada, alusiones a la condición sexual de sus representantes… En Patriotas indignados se recogen, entre varios ejemplos el del gobierno chino que paga cincuenta centavos por cada comentario publicado en las redes a su favor. No es el único caso referido a políticas de intoxicación estatal. Las redes no crean el pensamiento iliberal pero contribuyen a su difusión. Y no, precisamente a través de los analistas, politólogos o científicos sociales teóricos del neoliberalismo. Su instrumento son “odiadores hiperventilados” al servicio de la ultraderecha. Sujetos caracterizados por su incontinencia verbal, su inclinación al insulto y al menosprecio, su miopía intelectual y su falta de ética y humanidad con el enemigo político.

Quizá no sea posible establecer una taxonomía categórica de las formaciones y movimientos posfascistas, neonazis o neofascistas. Coincidimos en la tesis de que su naturaleza hay que identificarla en el ecosistema político donde se insertan sus discursos y las corrientes de opinión que los apoyan. Ciertamente no son necesarias las etiquetas, hay más que suficientes elementos de identificación: VADE RETRO.

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