Dios ha nacido en el exilio

HORIA, Vintilă (1960): Dios ha nacido en el exilio. Diario de Ovidio en Tomis. Prefacio de Daniel-Rops. Barcelona: Ediciones Destino.

A la Tata que me dio a leer este libro del que no podremos volver a hablar y a María José a quien tanto me gusta escuchar de Roma. Su compañía es mi consuelo.

La publicación El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo antiguo (Vallejo, 2020) nos ha devuelto la confianza en la pervivencia y en el futuro de las Humanidades y a quienes nos orientamos al estudio de tiempos más inmediatos nos devuelve la Antigüedad. Entre sus páginas surgen nombres, obras y personajes vividos en las aulas de San Agustín cuando, en los años setenta, en el plan de Historia, el Mundo Antiguo ocupaba el primer año de la carrera. Entonces, Latín, Filosofía y Literatura eran asignaturas troncales. La lectura de este libro obliga a revisar las estanterías. Compruebo con alivio que están con su versión en latín –quizá porque ya no es asignatura obligatoria— Ab Urbe condita, La guerra de las Galias, las Cartas de Cicerón, La guerra de Yugurta y los Epigramas de Marcial. En este último reconozco, al margen de los punzantes versos, la letra en tinta negra de mi amigo más antiguo.

Posiblemente sin Robert Graves y Mary Beard sería más densa la bruma que me aleja del Mundo Clásico. El infinito en un junco la disipa un tanto permitiendo el recuentro con los Cesares de Suetonio y con la estulticia de Catilina. Pero había quedado sepultado bajo los exilios por venir el del autor del Ars Amandi. El poder de evocación del relato de Irene Vallejo traslada a un territorio alguna vez transitado en uno de los libros que más me había impresionado varias décadas atrás: Dios ha nacido en el exilio.

EL EXILIO DE OVIDIO. UN RELATO IMAGINADO

Provincias orientales del Alto Imperio. Fuente: PETIT, Paul (1976): Historia de la antigüedad. Barcelona: Editorial Labor.

El escritor rumano Vintilă Horia traslada a un diario imaginario el relato del trágico destierro de Ovidio Nasón. El poeta comienza sus escritos con la soberbia de quien aún cree en la superioridad del intelecto sobre la irracionalidad del poder: «Yo soy poetay él no es más que el emperador».

En el año 9 d.C., Ovidio era uno de los más importantes poetas de Roma, noble y rico, si no frívolo, al menos, despreocupado. Muy próximo a la familia imperial, no fue consciente de que los dioses son vengativos y caprichosos y de que Octavio se había convertido en un dios. Sólo cuando es desterrado a la antigua ciudad griega de Tomis, a orillas del Ponto Euxino, admite que sus poemas son la causa del castigo. Allí, atenazado por el rugir de las olas y el aullido de los lobos, llora la ausencia de sus amigos. El poeta evoca los olores y los colores de Roma, sus jardines y su hogar; la fidelidad de su esposa Fabia; su exitosa vida social en el círculo de Tíbulo y Horacio; el lujo y la comodidad. Horia incorpora también el recuerdo de Corina, su amante y la intensidad de una vida amorosa que todos en Roma conocían. El exilio es una ruptura con el orden natural de las cosas, escribe Ovidio. Su lamento es más agudo en tanto que compara el paraíso romano con la aspereza del lugar al que ha sido destinado. Ovidio allí es un exiliado no un prisionero. Controlado por Honorio, soldado de la guarnición imperial, se le permite beber en la taberna del griego Himerión, visitar a la prostituta Artemis y pasear entre la ciudad amurallada y su puerto. Pequeñas huídas de una vida castigada por el frío que lo mantiene junto al fuego oyendo «el crepitar de la nieve helada en el exterior»y por el horror que le producen la proximidad de los bárbaros. Algunos, los más asimilados, viven extramuros como Dokia, la mujer geta que han puesto a su servicio. Y que: «parece un animal de tan envuelta como viene en una piel de cordero. La primera mirada del refinado poeta sobre los indígenas es la del colonizador. La misma que siglos después proyectarán los europeos sobre los hombres no blancos. El romano duda incluso de la humanidad de quienes creía: «animales de dos patas, desprovistos de sentimientos y razón» y prefiere la compañía, sin importarles su rudeza e ignorancia, de los antiguos colonos griegos.

El poeta se pregunta por la razón del castigo. Vintilă, elige entre las muchas interpretaciones de un asunto nunca aclarado, las de índole moral. El Ars Amandi fue considerado el instrumento de perversión que corrompió a la nieta del emperador. Ovidio se autoexculpa en un diario que nadie leerá, no se considera responsable de la depravación de Julia. Fue testigo de su inmoralidad, como tantos otros nobles, pero no el incitador. En su obra real, Tristes y Pónticas implora perdón al emperador y ruega ser confinado entre hombres que no sean bárbaros. Pero sus escritos imaginados recogen su indiferencia religiosa, su oposición al expansionismo romano y, sobre todo, su desprecio a la política de moralización.

Como todos los dictadores por venir, Augusto se erigió en defensor de la familia, del matrimonio, de la religión oficial y de la patria. Y como todos los dictadores impuso a los transgresores penas ejemplarizantes. Su propia hija y su nieta fueron desterradas por inmorales. Ovidio critica con acritud la dualidad de una moral que rinde culto a dioses adúlteros y adora a un emperador que ha utilizado las leyes civiles de matrimonio y divorcio para los intereses políticos de la familia imperial.

Con el paso de los días la nostalgia de la Urbs no disminuye, cada primavera espera que con el deshielo lleguen noticias de su ciudad, pero el exilio lo ha desgarrado y tras varios inviernos su mirada no es la del poeta áulico. Roma no es la idílica ciudad que dejó atrás, es también la que habita el sanguinario público que acude a las venationes. Los pueblos conquistados han adoptado su lengua y sus costumbres pero no la crueldad de los juegos circenses. Sus reflexiones van más allá de su desdicha y alcanzan las del destino de Roma. La vida en la frontera ha descubierto al poeta que el Imperio que se cree tan invicto como inmortal está amenazado por una fuerza destructora. Varios siglos antes de que otros bárbaros arrasen Roma, el espíritu de Ovidio, como las formas de su Metamorfosis, fue transformado no por la voluntad de los dioses sino por una humanidad que hasta entonces le era ajena.

El poeta se aproxima a las costumbres y la religión de los getas y descubre que la guerra imperialista no solo deja en retaguardia a combatientes derrotados sino también a hombres libres que han cambiado las armas por el arado y la rapiña por el cultivo. Son desertores de las legiones cansados de matar; ciudadanos huidos de las rígidas leyes de la poli; traidores a una patria que les exige el tributo de la sangre de otros pueblos. ¿Qué hay en el fondo del corazón de estos romanos?, se pregunta el poeta, extrañado de que hayan elegido voluntariamente marginarse. Desde su agnosticismo se sorprende tanto de que hayan renegado de los dioses patrios y adoren a un único dios que viaja al país de los getas para encontrarlo. Según le enseña uno de los sacerdotes de Zamolxis, el dios de los dacios, la ambición de su pueblo no es privar de la libertad a otros sino preservar la suya, los getas no valoran la vida sino la muerte que los conduce a la vida eterna.

Es una revelación que el agnóstico poeta no recibe indiferente. La inquietud religiosa se asoma en sus escritos a través de las historias de sus amigos más queridos. Aquellos que con más ahínco buscaron el consuelo al dolor, a la soledad y al remordimiento vislumbraron una luz esperanzadora en un nuevo dios que había nacido en Galilea. Ovidio lo conocerá tras la muerte de Augusto (14 d.C.) cuando se humilla por última vez, ahora ante Tiberio, y aún desea volver a Roma. Después su único anhelo será morir junto a sus amigos bárbaros y a sus compatriotas renegados, arrullado por el Danubio, en la tierra de los getas.

FICCIÓN O REALIDAD

El autor de Dios ha nacido en el exilio vuelca en este libro la eterna nostalgia de quienes no regresarán nunca a su patria. Como Ovidio, también Vintilă Horia es un exiliado. Nacido en Rumanía en 1915, tras ser liberado de un campo nazi, no volverá al país de los dacios, tan presente en su obra como la denuncia del poder totalitario. Algo que no deja de ser contradictorio en alguien que había apoyado al fascismo. Aquel apoyo no fue olvidado en Francia. Renunció al Premio Gongourt de 1960 tras una campaña de escritores antifascistas, encabezada por Jean-Paul Sartre. Instalado en España desde 1953, ha sido considerado uno de los más importantes representantes del exilio cultural rumano (Eiroa, 2011: 479-497).

Dios ha nacido en el exilio es un alegato contra la guerra imperialista. Ovidio remonta el Ister (Danubio) para oír en boca de una mujer derrotada que el pueblo que respeta a sus dioses se defiende cuando lo atacan y va a la guerra cuando tiene hambre pero no hace de la conquista su medio de vida. El alegato de los getas contra Roma no es distinto al que Fanon vuelca en Los condenados de la Tierra(1999) cuando afirma que la violencia ha presidido la constitución del mundo colonial.

Horia convierte al desterrado en la representación del colonizador contemporáneo: «¿cómo no sentirse orgulloso de ser ciudadano romano ante estos bárbaros a caballo cuyas armas son flechas envenenadas?» se pregunta Ovidio para quienes los getas ni siquiera han alcanzado la sutileza de la sonrisa.

La venganza del pueblo que será completamente dominado por Roma es la metamorfosis del poeta. Nasón sufrió hasta su muerte la inclemencia del Bóreas que helaba el mar pero amó el inmenso lago extendido bajo las murallas de Tomis y a los bárbaros que habitaban sus orillas. El autor utiliza con elegancia esta transformación para enfrentarse al concepto de civilización. El argumento del padre de Dokia que devuelve a Ovidio la acusación de crueldad imputada al indígena, parece ser una transposición literaria de Discurso sobre el colonialismo de Aimé Césaire (2006). El padre de La Negritud, movimiento que influirá en Senghor y en el proceso de la descolonización africana, negó la acción civilizadora de las potencias coloniales en el sentido de la misión atribuida a Francia por Jules Ferry en su discurso a la Asamblea (1885), en pleno auge del imperialismo.

El discurso que Horia pone en boca de los bárbaros danubianos es pacifista, anti militarista y anticolonialista. No tan lejano del que en los años sesenta mantenían en Francia, si bien desde la perspectiva marxista, las corrientes de apoyo a la descolonización de Argelia. La contradicción, si es que la hay, estaría en la abismal distancia que existe entre el aliento de la ficción literaria y la posición política del autor: complaciente con un régimen que mantenía en el exilio a miles de disidentes y aplicaba un programa de control moral y social como el que el Ovidio imaginario denunciaba. De ahí que Ernesto de Ayala (1992) considere a Vintilă Horia, colaborador asiduo con la prensa del franquismo, un intelectual de difícil encuadramiento desde un patrón maniqueo. También su experiencia personal en la Rumanía de entreguerras ilustra la inutilidad de reducir el enfrentamiento ideológico de los años treinta a la oposición fascismo-democracia. Afín al gobierno dictatorial del rey Carol y al fascismo, Horia fue contrario al movimiento ultranacionalista, antisemita y ultrareligioso del Movimiento Legionario rumano. Fue represaliado por el nazismo cuando Rumanía, tras la derrota alemana en la URSS, pasó al bando de los aliados.

No menos desconcertante puede parecer la exaltación e idealización del pueblo dacio, común al ultranacionalismo de la Guardia de Hierro y al de la Rumanía comunista. En los años sesenta, Los Dacios, una película sobre las raíces latinas de la nación, era una de las más vistas del país (Petrescu, 2011: 55-86). Horia sigue ambas estelas.

Los llamados dacios por los romanos y getas por los griegos son el mismo pueblo que Vintilă iguala a Roma para darle visibilidad como antagonistas del Imperio. El autor ilumina a pueblos que en los manuales de Historia aparecen en letra pequeña junto al imperio romano. A través del viaje emprendido por Ovidio se invita al lector a conocer a través del Ister el país de los dacios –sudeste de Rumanía—; sus costumbres y valores; su religión y la vida cotidiana de unas comunidades, entonces, escasamente romanizadas. Si al principio de su exilio Ovidio relata junto al mito de Medea la colonización helénica del Ponto, durante su viaje da a conocer la historia de los reinos dacios y sobre todo a su único dios. Es una revelación que responde a la inquietud religiosa del poeta quien establece una conexión entre Xalmozis y el nuevo dios, nacido en Galilea. Esa conexión no es una ficción. Por el contrario es un componente del nacionalismo rumano, presente en la obra del historiador de las religiones, Mircea Eliade. Horia la utiliza para afirmar la verdad del cristianismo sobre el paganismo (Pérez, 2008).

Los getas que conoce Ovidio creen que el país que se extiende tras las montañas de levante y su capital Samizegetusa permanecerá libre, el poeta sabe que Roma lo anexionará al Imperio. Entre el 101 y 107 d.C., la Dacia fue conquistada por Trajano y convertida en una de las provincias más romanizadas. La tragedia de los dacios y el suicidio de Decébalo, escrito en piedra es una filigrana de la escultura romana que aún desafía a la eternidad en el foro de Trajano.

Tristes y Pónticas, obras escritas realmente por Ovidio en Tomis –actualmente la ciudad rumana de Constanza— inspiran el libro de Horia. El autor rumano, sin ser infiel al testimonio original difumina la realidad que a su vez pudo ser alterada por el poeta. La crítica reconoce que el exiliado exageró en Las Tristes la cierta rigurosidad del clima para demostrar la crueldad de su castigo. Confiaba en que sus amigos conmovieran al emperador y Augusto permitiera su traslado lejos de los getas. En su epístola a Grecino, incluida en Las Pónticas reconoce, sin embargo, que amaba a los nativos y que entre ellos tenía amigos. La obra de Vintilă Horia recoge este sentimiento con fidelidad pero quizá lo sublima en detrimento de la visibilidad de sus amigos romanos. El Ovidio real nunca dejó de pedir perdón ni clemencia ni renunció a su deseo de volver a Roma. No regresó, murió en Tomis tras nueve años de destierro. Sus elegías, de una belleza sobrecogedora, son una profunda reflexión sobre la amistad y se vertebra sobre una aseveración: solo la verdadera sobrevive en la desgracia. En su caso fue cierto, si bien algunos amigos lo olvidaron y otros procuraron evitarlo, los verdaderos no renunciaron a clamar por su regreso. El destierro, que todo ser humano conoce alguna vez, distingue a unos de los otros.

Relieve de la columna Trajana que representa la toma por los romanos de la capital de la Dacia, Sarmizegetusa. Fuente: SCALA, FIRENZE, fotografía recuperada de HISTORIA – NATIONAL GEOGRAPHIC, https://historia.nationalgeographic.com.es/temas/columna-de-trajano/fotos/1/2.

BIBLIOGRAFÍA

Ayala-Dip, J. Ernesto (1992): “Un intelectual ambulante”, El País, 4 de abril.

Césaire, Aimé (2006): Discurso sobre el colonialismo. Madrid: Ediciones Akal, 2006.

Eiroa San Francisco, Matilde (2011) “Una mirada desde España: mensajes y medios de comunicación de los refugiados de Europa del Este”, Estudios sobre el Mensaje Periodístico 17 (2), pp. 479-497.

FanOn, Frantz (1999): Los condenados de la tierra. Tafalla: Editorial Txalaparta.

Ovidio Nasón, Publio (1992, Introducción, traducción y notas de J. González Vázquez. Revisada por V. Cristóbal López y E. F. Baeza): Tristes y Pónticas.Madrid: Editorial Gredos.

Pérez Zafrilla, Pedro Jesús (2008): “Las huellas de la ideología en el pensamiento antropológico. El caso de Mircea Eliade”, Gazeta de Antropología 24 (1), artículo 15, http://hdl.handle.net/10481/7063.

Petrescu, Cristina (2011): “Concebir Europa desde el otro lado del Telón de Acero: intelectuales rumanos y centroeuropeos en comparación”, Ayer 82, pp. 55-86.

VALLEJO MOREU, Irene (2020): El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo antiguo. Madrid: Ediciones Siruela.

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