ATAYFORA. Una mujer a la deriva

 

URBANEJA ORTIZ, Catalina (2019): ATAYFORA. Una mujer a la deriva. Marbella: EDINEXUS.

Atayfora no es sólo la vida imaginada de una morisca de Ystan, es la historia de la adversidad de un pueblo. Tomando como referencia la rebelión morisca de la Alpujarra granadina de 1568, Catalina Urbaneja trata con el rigor propio de la historiadora la situación de la población musulmana del Reino de Granada a partir de la conquista cristiana. En la comunidad morisca de Ystán, la familia de Isabel, nombre cristiano de Zahra, vivirá durante tres generaciones, el doloroso proceso de aculturación, impuesto entre las primeras conversiones de los mudéjares a quienes, según Gil San Juan –maestro de la autora—, se pretendió asimilar respetando su cultura, y la conversión forzosa. Esta, ordenada por el Cardenal Cisneros impulsó el conjunto de rebeliones que terminarían con las garantías dadas a los musulmanes en las capitulaciones firmadas en Santa Fe, en noviembre de 1491. Así, el abuelo, Atayfor, notable de Ystan, cuando aquel pueblo era Estahón, conoció la revuelta mudéjar de 1500, de la que su aljama se mantuvo al margen sin que ello les salvara de “mojar la cabeza en la mezquita”. Apresada la familia en el curso bajo de Río Verde, Ataifor y sus hijos son esclavizados. Cuando, liberados vuelven a Ystan, quieren olvidar y vivir como “cristianos”. Sólo el sufrimiento pasado y el temor por sus familiares explica la prudencia del abuelo y de los padres de Isabel quién junto a su hermano, Abdul, bautizado Álvaro, callará la algarabía y aprenderá a leer en aljamía, asimilando la gramática y el alfabeto castellano. Musulmán en su interior, sin más compromiso con la triunfante Iglesia que la falsa apariencia de una fe que no engaña al cristiano viejo, el morisco no puede, aunque quiera, igualarse al castellano. De ahí la rebeldía de la tercera generación, la de los miembros más jóvenes de la comunidad que viven como una humillación el sometimiento de sus mayores, dependientes de los notables cristianos de la llanura, explotados por los impuestos de la Corona, despreciados por los marbellíes y vigilados por la Inquisición. Es precisamente esa presión, sobre unas gentes que viven aisladas, lo que determina una resistencia cada vez más mayor porque tiene lugar en oposición al ámbito público del varón y, por tanto más expuesto a la delación, en el mundo cotidiano que gestionan las mujeres: la forma de cocinar y de vestir; de engalanar la casa y de practicar, puertas adentro, una ritualidad que permite sortear la prohibición eclesiástica. Un conjunto de actitudes y comportamientos que conforman la identidad islámica de una comunidad que convirtió la rebeldía en desafío, al unirse en la Navidad de 1568 al destino de Aben Humeya.

En esta obra, Catalina Urbaneja utiliza la autobiografía para retratar con fidelidad a un grupo humano que tiene la indudable categoría de sujeto histórico. Se asimila, así, quizá sin pretenderlo, a uno de los paradigmas más fructíferos de la historia de las mujeres, el que procesa el hecho histórico desde la subjetividad. Isabel evoca su vida pasada, en la que fue hija, esposa y madre; libre y noble, desde un presente en el que no es más que la esposa apresada de un líder de la rebelión. Pero una cautiva qué a diferencia de cualquier cristiana, domina el conocimiento del hilado de la seda, una destreza ancestral de las mujeres moriscas que permite el sostenimiento de una de las más importantes actividades económicas del Reino de Granada.

En este caso, el tiempo pretérito es tan inmediato que, cuando bajo custodia, es conducida a Ystan para enseñar a los nuevos pobladores el arte de la hilanza, siguen allí los mismos capullos que habían abandonado los moriscos unos meses antes, pero el mundo que conoció había desaparecido.

La historia de Isabel Atayfora, es la de cualquier mujer que sobrevive a una derrota más conduce al lector a un mundo que se aborda desde un conocimiento especializado y sobre el que proyecta una mirada microscópica que la asimila al método antropológico. La autora disecciona cada uno de los niveles de la vida comunitaria: el económico desde el que acerca al lector a las técnicas de cultivo de la vid, a la fabricación de la seda, a la producción de alimentos; a las formas de tenencia de la tierra y de las relaciones contractuales que la regulan; al urbanismo musulmán, incomprensible, según afirma para el cristiano, pero que responde a las necesidades y costumbres de la aljama; a las instituciones comunitarias y a su relación con la administración castellana y al más absoluto instrumento de control social de la Edad Moderna, el Tribunal de la Inquisición. Pero es quizá en el plano cultural donde se evidencia más claramente la sólida formación de la historiadora a partir de la aproximación a los rituales islámicos; el de la muerte y los que acompañan a los acontecimientos más importantes de la vida, el nacimiento, los ritos de paso y el matrimonio. En cada uno de estos acontecimientos se resaltan las formas de expresión propias de la comunidad morisca, el baile, la música, junto a las que cobran especial interés el universo simbólico que encierran joyas, adornos y ropajes que conforman los ajuares de boda y los atavíos de las mujeres. Descritos, los tejidos en su textura, sus calidades y sus colores, el relato se dota de la plasticidad de una pintura. En la que igualmente caben los múltiples objetos que conforman la realidad material de los hogares. Una vida cotidiana ordenada, tras los recios muros de las casas por mujeres portadoras de saberes que en la forma de elaborar los alimentos, en la utilización de ingredientes, en la preparación de bebidas y en las prácticas de adorno e higiene personal han salvaguardo la esencia de una cultura prohibida. Este mundo ordenado en el interior de las casas, en los patios interiores repletos de jazmines y limones contrasta con las continuas referencias a una naturaleza agreste solo domeñada por la red de acequias, perdurables en la cultura del agua que sobrevivirá a la expulsión y al exilio. Isabel Atayfora evoca este mundo perdido desde la fatalidad de quien sabe que no volverá a encontrarse con los suyos, pero su tono no es ni agrio ni vengativo. Quizá porque fue educada entre dos culturas y su vida se movió entre la rebeldía y la prudencia, aun en su desesperación, fue capaz de preguntarse si la desgracia de su pueblo no fue el resultado de la mutua intransigencia.

Esta obra no es solo fruto de la imaginación sino también de un manejo profundo y experimentado de fuentes históricas primarias. Lo narrado puede ser una ficción pero el escenario y la representación de los actores que lo habitan no lo es. Quizá por ello, la autora deja al lector en suspenso sobre el destino particular de la protagonista, por qué el respeto al silencio que a veces guardan las fuentes es lo que distingue al historiador del fabulador. Y esa honestidad también lo distancia de la impostura.