La conspiración de las lectoras

MARINA, José Antonio y RODRÍGUEZ DE CASTRO, María Teresa: La conspiración de las lectoras. Barcelona: Anagrama. Biblioteca de la memoria, 2009.

La Historia de las Mujeres es hoy un paradigma historiográfico que cuenta en España con un sólido aparato bibliográfico. A este ensayo, sin embargo, se vuelve una y otra vez cuando abordamos el proceso de modernización cultural y educativa frustrado por la guerra civil y por la involución que supuso el franquismo, en especial para las mujeres.

Las protagonistas, objeto de la investigación son un conjunto de mujeres españolas, “las conspiradoras”, llamadas a transformar el país con un proyecto que Marina aborda desde su propio marco teórico en el que destaca el concepto de “inteligencia social”. Fueron ellas en la suma de voluntades, experiencias e inteligencias quienes conforman la vanguardia artística, intelectual y académica que confluyó en el Lyceum Club Femenino, creado en 1926. Este es, si no el único, un importante referente en la genealogía del feminismo español, impulsado, no como el anglosajón por los movimientos políticos y sufragistas, sino desde el ámbito de la educación. El Lyceum fue el soporte de lo que hoy podíamos considerar un grupo de presión que consiguió cambiar la situación política y jurídica de las españolas durante la Segunda República. La vinculación del grupo con la Institución Libre de Enseñanza es evidente, tanto como lo es con la Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU), creada en 1920 con el nombre de Juventud Universitaria Femenina. Es sabido que la incorporación de la mujer a la Universidad en España fue tardía y dificultosa. José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro evocan el desconcierto de aquellas primeras universitarias a partir de memorias como las de María Teresa León en las que cuenta la experiencia de su tía María Goyri. En la promoción de las mujeres a la enseñanza superior tendría un papel fundamental María de Maeztu, presidenta de la AEMU quien había creado también en 1915 la Residencia de Señoritas. Esta institución, menos conocida que la famosa Residencia de Estudiantes, fue creada a inspiración de los Women Colleges americanos y mantuvo una estrecha relación con el Instituto-Escuela artífice de la renovación pedagógica heredera de Giner de los Ríos y en el que se adopta la coeducación. El cosmopolitismo y la convergencia de redes asociativas de mujeres caracterizan al Lyceum que presidido, también como la AEMU, por María de Maeztu tuvo su sede en la llamada Casa de las Siete chimeneas. Sus salones y su biblioteca de la que se encargaba la malagueña Victoria Kent acogieron a las mujeres más representativas del universo asociativo femenino: la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, creada en 1918, presidida por la esteponera María Espinosa de los Monteros a la que pertenecía Clara Campoamor y la también malagueña, Isabel de Oyarzábal; la Cruzada de Mujeres Españolas, la organización más comprometida en la consecución del voto femenino, liderada por Carmen de Burgos; la Juventud Universitaria Femenina y el Instituto Internacional. Marina singulariza entre las socias del club a las vanguardistas que representa la pintora Maruja Mallo, la escritora Concha Méndez, casada con Manuel Altolaguirre y la poetisa, Ernestina de Champourcin.

CONFERENCIA DE PALMA GUILLÉN. Madrid, 15-2-1935.- Conferencia de la escritora Palma Guillén (5º izda), embajadora de México en Panamá, en el Lyceum Club Femenino. Asisten, entre otras: La política y abogada Victoria Kent (4ª dcha), la actriz Margarita Xirgu (2ª dcha), la pedagoga María de Maeztu (5ª dcha), y la también política y abogada Clara Campoamor (1ª dcha). EFE/DÍAZ CASARIEGO/jgb

El ensayo se construye mediante una narración detectivesca en el que las “pistas”, son en realidad las fuentes que fundamentan la investigación. En un relato alegórico de Giménez Caballero, publicado en la revista vanguardista, La Gaceta Literaria, la investigadora descubrió que quien sería uno de los soportes ideológicos del fascismo español había retratado la capacidad transformadora de las socias del Lyceum, quienes como las “Mujeres de la Isla de Cogul” accedieron a libros que solo los varones, sacerdotes y juristas tenían acceso.

Es precisamente en el ámbito jurídico donde adquiere significado el Lyceum a partir de la callada revolución de mujeres aparentemente menos brillantes que las transgresoras vanguardistas. Eran mujeres de sus maridos, hombres famosos y cultos, Marina les atribuye una función propedéutica y las compara con los actores que antes de la Transición, sin hacerla la hicieron posible. Elige para ejemplificarlas a dos mujeres singulares, eclipsadas por la genialidad de sus compañeros, Zenobia Camprubí y María Teresa León. No eran menos conscientes de la postergación femenina, Carmen Baroja cuyas memorias son un puro lamento y Concha Méndez, bastante menos conocida que Altolaguirre. Ellas tan cercanas a la Generación del 27 comprendieron que la virtud y la abnegación que formaban parte de la naturaleza femenina en realidad sepultaban la libertad. La libre disposición de las mujeres estaba severamente constreñida en sus aspectos legales. En el Lyceum, las socias accedieron al conocimiento de los textos jurídicos para descubrir cuál era su situación real en el Código Civil vigente, la de una menor de edad, tutelada eternamente por el padre o el esposo sin capacidad para administrar sus bienes. Estos temas que preocupaban a las mujeres de la clase media y de la burguesía culta e ilustrada impulsaron un intenso debate y la organización de comisiones que elevaron al Gobierno la solicitud de la reforma de varios artículos del Código Civil. Para los autores este movimiento engendrado por las elites cultas femeninas, de formación liberal y, en parte laicas, es mucho más que un instrumento de presión, es una forma de renovación social porque el ámbito jurídico implica el campo de los principios éticos. El cambio de la situación política y jurídica que tuvo lugar en la República no fue posible solo porque las mujeres habían ido a la Universidad sino porque las que se hicieron profesionales del Derecho: Clara Campoamor y Victoria Kent, posibilitaron que en la Constitución de 1931 se reconocieran los derechos políticos y se cambiara la situación civil de las mujeres.

Los autores dedican parte de su ensayo a estas reformas, fundamentalmente al debate que precedió en la Cortes a la aprobación del voto femenino y al conocido enfrentamiento de Clara Campoamor con Victoria Kent. Este tema ha postergado otros ámbitos de actuación de las dos diputadas, como la redacción de la Ley de Divorcio y la de Matrimonio Civil o la transformación del sistema penitenciario llevada a cabo por Victoria Kent, directora general de Prisiones.

Si bien en el eje temático que vertebra este libro no tienen cabida el papel que en aquellos años estaban desempeñando las mujeres en las organizaciones obreras, anarquistas y socialistas, el autor no deja pasar la oportunidad de dar a conocer a una de las mujeres más singulares de los años treinta. Hildegart, aunque cercana al Lyceum, se movió en ámbitos cercanos al Partido Socialista y al Partido Republicano Federal, pero no era el juego político el proyecto que su madre había ideado para ella sino servir de instrumento para la absoluta liberación femenina. Licenciada en Leyes a los 17 años, además de escritora, conferenciante y periodista, escribió varios ensayos sobre eugenesia y contracepción. Se anticipó pues, a lo que sería la reforma sexual propuesta en 1936 por la organización anarco feminista Mujeres Libres. Fue asesinada por su madre en 1933.

Los últimos capítulos del libro son la crónica de una derrota, no ya sólo la de la República sino de lo que Marina llama “La quiebra de la inteligencia social”. Algunas de las mujeres del Lyceum desempeñan durante la guerra papeles muy importantes para el estado republicano. En la España leal en la que por primera vez una mujer, Federica Montseny, fue ministra, Victoria Kent era secretaria de la embajada en París; María Lejarraga fue la agregada comercial para Suiza; Constancia de la Mora, fue responsable de los servicios de prensa del Ministerio de Exteriores, en los que sustituyó a Arturo Barea, e Isabel Oyarzabal fue embajadora en Suecia. Tras la catástrofe, la vanguardia del pensamiento feminista quedo atomizada por el exilio.

Esa experiencia doliente la conocemos por las memorias de sus protagonistas. Clara Campoamor –que se fue de España en plena guerra temiendo represalias de algunos grupos de izquierda— escribió Mi Pecado mortal. El libro es un balance de lo que supuso personalmente su apuesta por el voto femenino, el ostracismo político al que la condenó Azaña. Victoria Kent redactó las suyas mientras los servicios de Falange en colaboración con la Gestapo la perseguían en París y María Lejarraga relató sus recuerdos en Méjico.

Autoras como Shirley Mangini y Antonina Rodrigo se han venido ocupando de la vida y la obra de las que no volvieron o de las que como María de Maeztu, fundadora del Lyceum, regresó rota por la muerte de su hermano –fusilado en la retaguardia madrileña— para volver a marcharse. Algunas sí pudieron quedarse. Entre ellas, los autores eligen a María Lafitte quien pudo actuar de correa de transmisión entre el movimiento feminista de los años treinta y las inquietudes, ya imparables, que en el tardo franquismo se manifiestan en el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer en el que ya intervienen destacadas figuras del emergente movimiento feminista.

El ensayo de Marina y Rodríguez de Castro concluye con un interrogante ¿terminó la guerra, el exilio, la imposición del modelo machista y patriarcal del franquismo con el espíritu de las lectoras conspiradoras? No, fue recuperado casi de la nada, en parte desde el campo del Derecho. En 1958, Clara Campoamor participaba en el Congreso de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, allí las conocerían las jóvenes abogadas españolas que participaran en el movimiento feminista; el mismo año, la abogada falangista, Mercedes Formica consigue la aprobación de la Ley de 24 de abril de 1958, que suponía un avance en la equiparación de los sexos en el matrimonio. Fue posible por el despliegue de una campaña en la que participan activamente la asociación femenina Amistad Universitaria. Ya en los años sesenta a impulsos del espíritu del Concilio Vaticano II, la Iglesia atemperó su atávica misoginia. En 1965, Manuela Carmena criticaba en una revista católica el modelo familiar implantado tras la guerra. Después, Cuadernos para el Diálogo será la plataforma en la que aparecen las líneas de reflexión sobre el papel de la mujer, debates y pensamientos determinantes para el cambio social que se vivía. La Sección Femenina durante treinta años justificó el sometimiento femenino. Según Marina fue una institución equivocada en la que hubo mujeres muy valiosas, en los años setenta se adaptó al cambio social, asumiendo un discurso semifeminista.

En la confluencia de estas líneas de debate, acción y pensamiento sitúan los autores la herencia de La conspiración de las lectoras. Tras la ruptura de la “inteligencia social” en una España amordazada, muchas mujeres recorrieron un largo y tortuoso camino para recomponer lo que se inició en los años treinta. Pero aún no hemos terminado, hay que enseñar a conspirar desde la escuela. Nunca volveremos a partir de cero.

LA NOVELA DE FERRARA O LA SOCIEDAD COMPLACIENTE

NOVELA DE FERRAR

Giorgio BASSANI, La novela de Ferrara, Editorial Lumen, 2007.

Cualquier referencia a la República Social Italiana remite a la película en la que Passolini retrató la infamia de la “República de Saló”. Es precisamente el famoso cineasta quien prologa la obra maestra de la literatura europea de un autor poco conocido, al menos, por el gran público. Giorgio Bassani escribió, entre 1956 y 1962, un conjunto de relatos que tienen como denominador común desenvolverse en un único escenario, la ciudad de Ferrara cuya belleza no eclipsa la vecindad de Padua, Verona o Bolonia. En cada uno de los relatos que conforman La novela de Ferrara, los personajes se mueven en el mismo marco urbano que presenció el Renacimiento: calles anchas y porticadas, franqueadas por edificios medievales, plazas monumentales y palacios renacentistas, entre ellos, el castillo Estense. Estos personajes se cruzan entre sí, se evocan y se reconocen a lo largo de las novecientas páginas que comprenden el conjunto de una obra que ha sido comparada con la de Proust. Al margen de la maestría de una prosa inigualable, objeto de atención del filólogo y el crítico, la novela –las novelas— de Ferrara ofrece al historiador oportunidad de aprehender desde la literatura situaciones captadas a partir del matiz, la ironía, el sentimiento y la emoción. Esbozos de trazo impresionista que, sin embargo, no difuminan la imagen absolutamente realista de los grupos humanos que retrata. En un friso monumental desfila la primera mitad del siglo XX italiano: el ascenso del fascismo, la guerra civil en el norte, la Memoria de la izquierda en los ayuntamientos comunistas y la singular posguerra. El autor, judío, habla en la mayor parte de los relatos a través de los ferrareses, con quienes ha convivido y a quienes conoce. Son ellos por tanto quienes enjuician a sus vecinos, los que relatan la vida cotidiana de un conjunto de tipos entre los que prevalece el retrato de la burguesía. Muy pocas de aquellas familias creyeron que también a ellos les afectarían las leyes raciales de quien sería el aliado germánico. Sin duda, la de los Finzi fue la más conocida. La versión cinematográfica de El jardín de los Finzi-Contini, dirigida por Vitorio de Sica daría a conocer la desdichada historia de una familia que evitó cualquier condescendencia con el fascismo confinada en su maravillosa mansión, accesible tan solo a un pequeño grupo de jóvenes amigos de los hermanos Finzi. En el jardín, el amor, la amistad, el arte, la literatura y la belleza conjuraban el odio que en las calles de Ferrara se hacía sentir ya contra la comunidad judía por ricos y prestigiosos que fuesen sus miembros. Con ser esta novela una obra maestra de la narrativa europea no empequeñece el conjunto de los restantes relatos de Bassani. Entre ellos, es especialmente sobrecogedor, el titulado: Una noche de 1943.

Bajo los soportales de Corso Roma, junto a la farmacia, en el elegante Café de la Bolsa, lugar de encuentro de la burguesía local, sentados en torno a los veladores, los clientes se entretienen viendo pasar la vida de una ciudad de provincias. Solo de vez en cuando se agitan, enmudecen y se miran entre sí. Alguien, que están seguros no es de Ferrara, ha pasado junto al muro de Castillo, un pequeño tramo de calle –que frente por frente al café— cualquier natural de la ciudad evitaría. Es el lugar en el que el 15 de diciembre de 1943 fueron tiroteados once hombres como represalia por el asesinato del cónsul Bolognesi, consejero del nuevo poder que era la República Social, proclamada en la Italia septentrional. El autor retorna a los días anteriores al inicio de la guerra civil, cuando una vez que los aliados alcanzan la península y el “duce” es detenido nadie podía pensar que sería liberado y el fascismo retornaría. Recuerda, incluso, los primeros días de la guerra cuando el líder del partido comunista local, seguro de la derrota del Eje, se atrevió a sentarse en el Café de la Bolsa. El alter ego del comunista Bottechiari es Sciagura, un veterano escuadrista al que la Marcha sobre Roma de 1922 había desencantado totalmente, no solo porque había sido el final del fascismo, “anárquico” y “garibaldino” sino porque los fascistas de provincias fueron acuartelados y ni siquiera pudieron acercarse a Mussolini. Los cuatro ferrareses que participaron en la Marcha regresaron al norte profundamente hastiados, no sin buscar consuelo en los burdeles de Bolonia. Allí, Pino, el más joven del grupo, que veintiún años después desde el piso superior de su farmacia será testigo de la matanza de 1943, fue obligado por Sciagura a mantener relaciones con una prostituta que pudo contagiarle la enfermedad que lo convirtió en un inválido.

La tarde del 15 de diciembre de 1943 los habitantes de Ferrara saben que el conde Bolognesi ha sido asesinado y que el nuevo poder fascista ha anunciado por radio que lo vengará. Pero todos confían en que no haya represalias. Se recluyen escuchando tras las ventanas el lento rodar de los camiones por las calles empedradas, el aún lejano traqueteo de las ametralladoras. Los judíos son conscientes de que, hasta el momento, los fascistas de Ferrara, amigos y vecinos de toda la vida, habían sido moderados pero a partir de aquella tarde intuyen que todo habría de cambiar. El autor con fina ironía nos hace partícipes de las opiniones que se vierten en los elegantes salones de la burguesía. Los ferrareses ricos creen estar a salvo porque son italianos como los otros; porque ellos si aceptan que los gobierne Alemania –pues al fin, “el Saboya”, como llaman al rey de Italia, no era sino  “un piamontés” que como Badoglio no había dejado otra opción a Mussolini—; porque ellos no eran comunistas como los partisanos de Yugoslavia o los de la resistencia en Francia y no había que alarmarse porque los fascistas con sus gorras de calavera hicieran algo de ruido, al fin ellos habían evitado que Italia fuera como Polonia o Ucrania. Sí hubo represalia, antes del amanecer, once hombres cayeron acribillados junto al parapeto del Castillo, sobre la nieve. La mañana trajo la certeza de la muerte que aún no tenía nombre ni cara cuando ante la Casa del Fascio, una fila de gente silenciosa convertía a Ferrara en la ciudad del norte con más número de afiliados al fascismo renacido. En Ferrara todos conocían a los muertos. Habían sido cuidadosamente elegidos entre socialistas y sindicalistas, entre los judíos cuyo escondite nadie desconocía en la ciudad y entre los fascistas que habían intentado salvar al fascismo y a la monarquía. Como en todas las guerras civiles, los ferrareses quisieron creer que el asesino no estaba entre los suyos; como en todas las guerras civiles desearon que fuera del pueblo próximo, quizá escuadristas venetos; como en todas las guerras civiles, el asesino no podía ser sino quien mejor conocía a sus vecinos. Sciugura, el fascista que en 1922 creyó que podía marchar sobre Roma como “los camisas rojas” habían marchado sobre Nápoles, fue juzgado como responsable del crimen en 1946. Fue él quien la mañana del día 16 de diciembre de 1943 vestía, como treinta años antes, la camisa negra; quien de nuevo delegado del Fascio impidió que alguien se acercara a los cadáveres ensangrentados; fue él quien ahogó un grito de sorpresa cuando descubrió que sobre el Café de la Bolsa el farmacéutico lo miraba desde la ventana tras la que lo había confinado su invalidez. Pero Sciugura fue absuelto. Se defendió con el cínico argumento de que en Ferrara todos habían sido fascistas y que la República de Saló había sido un mal menor para contener a los alemanes. La única persona que pudo oír los disparos y los gritos de las víctimas fue citada a declarar, Pino, a la pregunta del juez respondió con una sola palabra: dormía. Nadie “dudó” en Ferrara de su testimonio pero todos ignoraban porque tras el juicio, Anna, su joven esposa lo abandonó. Sobre el Café de la Bolsa, Pino siguió trasladándose trabajosamente de la cama a la ventana desde la que siguió mirando la pared del castillo. Años después, Anna contó la historia a cualquiera de los muchos hombres que la cortejaban, su relato quedó prendido bajo los soportales que daban sombra al Café: desde que su marido dejó de caminar, ella salía con otros hombres como salió la noche de la masacre tras acostarlo, segura de regresar al poco rato. Los disparos en las calles se lo impidieron, cuando pudo volver, frente a su casa se encontró con tres grupos de cadáveres que enrojecían la nieve y aterrada vio a su marido apostado en la ventana, sus miradas se cruzaron. Cuando subió estaba como afirmaría en el juicio, dormido.

Los relatos que componen La novela de Ferrara se vertebran en torno a un tema recurrente, la aceptación del fascismo por la burguesía judía a la que ni la complacencia ni el apaciguamiento libraron de la muerte o la deportación. Es también una reflexión sutilmente crítica sobre otra complacencia, la de la readaptación de los antiguos fascistas a la sociedad de posguerra y al reequilibrio de la convivencia con los nueves poderes comunistas.

C. MARTIRES DE LA LIBERTA

Ferrara, Corso Martiri della Libertà

Una noche de 1943 es fundamentalmente una dolorosa denuncia de la impunidad. El asesino volvió a sentarse bajo los soportales de la calle que hoy se llama de los Mártires de la Libertad, frente por frente del escenario del crimen. Se había defendido con ahínco de los crímenes que los comunistas le imputaban y su absolución, fue en parte, la de la primera experiencia fascista de Europa. He aquí, donde el autor le quita la palabra a los ferrareses y toma la de las víctimas. La complacencia con el régimen que mandó a centenares de judíos como los Finzi-Contini, al campo de concentración, pudo haber quedado en “un error humano”, una pesadilla de la que algún día se despertaría con esperanza. Tan solo con que los asesinos hubieran sido condenados se habría olvidado, por el contrario su absolución fue la mancha perpetua de la infamia.

Era 1946, el año en el que como afirma Norman Davies, en Sabudía –uno de los ensayos contenidos en Reinos desaparecidos. La Historia olvidada de Europa— la milenaria dinastía de los Saboya perdió el reino sin que los italianos fueran tan compasivos con el rey Humberto como los españoles lo serían con su pariente, Juan Carlos, quien como el último rey de Italia hizo de puente entre el fascismo y la democracia. La República fue proclamada, la póstuma víctoria de Mazzini y Garibaldi no impidió la impunidad.

Félix Jiménez de Ledesma, el médico del Barrio, el medico de los pobres

El programa nº 64 Microclima: T3 de Marbella radiotelevición, producido y presentado por Jesús Jaén nos deja una semblanza del doctor Félix Jiménez de Ledesma que se puede descargar o visualizar pinchando en el siguiente enlace: Félix Jiménez de Ledesma, el médico del Barrio, el medico de los pobres.

Para saber más sobre el personaje véase nuestro artículo:

“Félix Jiménez de Ledesma: el médico de los pobres. Un reformista en Marbella”, Cilniana,  17, 2004, pp. 27-44.

Texto completo [PDF].

LA CABEZA DE LAS MUJERES: POLÍTICA Y MISOGINIA

La modalidad represiva consistente en privar a las mujeres de su cabellera, tiene un alto significado simbólico. Con el corte de pelo se pretende sustraer un elemento identidiario de la condición femenina como castigo por haber transgredido los roles que tradicionalmente les han sido atribuidos, desnaturalizando sus funciones sexuales, familiares, políticas o culturales. Durante la Guerra Civil española, el escarnio del rapado se generalizó en la retaguardia franquista, donde era aplicado de forma pública. Las prácticas que lo acompañaron fueron diversas: en algunos pueblos de la serranía de Ronda las cabezas rapadas fueron marcadas con las letras; UHP, acrónimo del lema de la Internacional; en otros pueblos tuvieron que recitar en voz alta: “tengo la cabeza como un melón”; en otros se les ataron lazos rojos que de forma burlesca recordaban porque eran castigadas. El escarnio era público como públicos eran los efectos que causaban en plena calle la ingesta de purgantes. En este último caso el objetivo era que el hedor, la fealdad y la inmundicia quedaran asociados a los cuerpos de las mujeres represaliadas. Esta modalidad represiva, ejercida sobre cualquier mujer sospechosa de simpatizar con las opciones republicanas o izquierdistas, fue aplicada por los actores más básicos de la escala represiva, los que en sus comunidades mejor conocían a los vecinos. Pero la maquinaria represiva hubo de dotarse de argumentos legitimadores del castigo. A la mayoría de las mujeres represaliadas, dada la hegemonía de los varones en la vida pública de la España de los años treinta, no les cabían imputaciones de naturaleza política. Su conducta, a diferencia de la de los varones, fue evaluada asociando a su carácter rasgos de ferocidad, crueldad y animalidad; asimilando su sexualidad a la promiscuidad y al vicio y retratándolas físicamente como sucias, desgreñadas y feas. Esta realidad –muy evidente en los autos judiciales, custodiados en los archivos de los juzgados togados militares— que estigmatizaba a la mujeres de la izquierda política fue justificada por la Iglesia que al admitir la natural inclinación de la mujer al pecado, entendía que en las culturas laicas, socialistas y republicanas, sin el freno de la religión, las mujeres por ser “rojas” habían de ser necesariamente perversas.

El proyecto represivo sobre la transgresión femenina contó con un marco teórico-científico elaborado por los psiquiatras Antonio Vallejo-Nájera y Juan José López Ibor para quienes la mente inmadura de la mujer era incapaz de controlar su impulsiva sexualidad. De ahí que la ausencia de vínculos religiosos en las parejas o la infidelidad, fueron considerados como agravantes en sus sentencias condenatorias. Vallejo-Nájera fue mucho más lejos cuando en 1939, en unión de Eduardo Martínez, médico de la prisión de Málaga, llevó a cabo un experimento con cincuenta mujeres presas –treinta de ellas condenadas a muerte—. Sus conclusiones fueron publicadas en el ensayo titulado «Psiquismo del Fanatismo Marxista. Investigaciones Psicológicas en Marxistas Femeninos Delincuentes», un título suficientemente elocuente. La tesis central derivada de la investigación era que las mujeres marxistas –se entendía por marxista tanto la indiferencia religiosa como cualquier tendencia antifascista— tenían que ser tratadas médicamente. El marxismo era pues una patología y la mujer roja un ser degenerado, lleno de ferocidad y rasgos criminales. Estas tesis se proyectaron en la literatura nacionalista de posguerra. Remigio Moreno, fiscal del Tribunal Popular de Málaga, llegó a establecer una comparación entre el comportamiento femenino de la zona llamada nacional y la republicana, en la primera se refiere a las mujeres como señoritas, en la España gubernamental eran individuas. Calificadas de golfas, las malagueñas de la retaguardia republicana eran despiadadas, borrachas y crueles. A Queipo de Llano no le hacía falta argumentación alguna, simplemente, desde Radio Sevilla, instaba a los soldados franquistas a demostrar su hombría violando rojas que no conocían sino a castrados milicianos. La imagen de la roja, sucia y degenerada, sobrevivió al franquismo. Aun en 1982, la escritora falangista Mercedes Fórmica retrataba la participación de las mujeres en la represión republicana bajo la representación, más que tópica, de “una miliciana de sobacos húmedos”. Pero el rapado como castigo sexuado infringido a las mujeres asociadas al enemigo político no fue privativo de España. En Francia miles de mujeres acusadas de colaboracionismo con el ocupante alemán fueron rapadas, no porque fueran nazis sino por haber mantenido relaciones con los “Boches”.

Simone Touseau –en el centro de la fotografía tomada en agosto de 1944 por Robert Capa— fue rapada y marcada en la frente con un hierro candente por haber mantenido relaciones sexuales con un militar alemán durante la ocupación de Francia. Fotografía publicada en Celdrán, Helena y Grove, Ánxel, «“La rapada de Chartres” retratada por Robert Capa se llamaba Simone Touseau», blogs.20minutos.es, 17-01-2013.

Tras la Segunda Guerra Mundial las ideologías totalitarias fueron desplazadas por la aparición de los nuevos movimientos sociales, entre ellos el feminismo. Emergían nuevas sensibilidades que permitían creer en la desaparición de la barbarie y el mayo del 68 fue un clamor contra la que persistía en el Gulash, en Vietnam o en Argelia. En España, con la democracia se desarrollaron proyectos contra la discriminación sexual, planes de igualdad y políticas educativas encaminadas a la superación de una cultura ancestralmente androcéntrica y patriarcal que –junto a los indudables triunfos de estas políticas— como una maldición atávica persiste.

Entre tanto la Monarquía y la religión católica han experimentado un proceso de sacralización a base de condenar a sus detractores, el culto ultranacionalista a la bandera ha vuelto a dividir a los españoles entre patriotas y ciudadanos y los activistas de los movimientos sociales son presentados como delincuentes comunes, mujeres con responsabilidades políticas son vilipendiadas con absoluta impunidad. Lo demuestran los ataques a Manuela Carmena a la que policías, que no raperos, esperan ver muerta y torturada y a Inés Arrimadas a quien desearon que fuese violada; la condena moral de Cristina Cifuentes por una supuesta relación sentimental y la obsesión por el flequillo de Teresa Rodríguez o por el peinado de Anna Gabriel que manifiesta la ultraderecha.

Adjetivar una conducta política, aun en tono despectivo, entra dentro de la práctica política, considerarlo o no un insulto depende de susceptibilidad de cada cual. Pero denostar a la enemiga política por sus relaciones personales, sus opciones sexuales, su vida afectiva o familiar o por si en la cabeza lleva mechas, rastas o flequillo no es una cuestión de ideología sino de misoginia. La misoginia no procede solo de la herencia cultural del patriarcado, es un odio inmisericorde y visceral contra el género femenino que, eso sí, las pautas morales del pasado toleraban. Está volviendo a ocurrir. Insultar a una mujer por su peinado, sea de Podemos, del PP, de la CUP o de Ciudadanos, demuestra la vileza del emisor del insulto tanto como de la cobardía y la debilidad del que hace como que no se entera, porque la ofensa no es por ser adversaria política sino mujer. Para el misógino la que tiene sobrepeso será “la gorda”, la que tiene una amiga íntima, “bollera”, la que bebe “alcohólica”, la soltera “solterona”, la inteligente “enterá”… No entenderá que mujer alguna se le oponga porque no las considera personas sino cuerpos sometidos y acosará sin tregua a la que le plante cara. Si no la doblega irá por ella, por su familia y por sus amigos, eso sí, jamás de frente. Nadie puede impedir que ese odio que anida en varones intelectualmente básicos, primarios y acomplejados se proyecte en ámbitos privados o se comparta con amigos virtuales de su misma cuerda. Pero resulta muy preocupante que se tolere en quienes son considerados referentes en ámbitos educativos y culturales y se visibilizan como apoyos de la derecha política. Porque la aceptación de la misoginia contribuye a la normalización de la violencia discursiva contra mujeres con significación política, intelectuales y feministas, no tan diferente de la empleada por aquellos “machos cuarteleros” que tras “la gesta” regresaban al casino de cada pueblo, después de haber pelado a unas cuantas “sucias rojas”.