Presentación de libro

Presentación del libro de
Lucía Prieto Borrego

Mujer, moral y franquismo: del velo al bikini

El jueves 30 de agosto de 2018, a las 20:00, en en el Centro Cultural Hospital Real de la Misericordia (“Hospitalillo”) de Marbella

Presenta:

Francisco Moyano Puertas
Licenciado en Derecho, docente, comunicador, historiador, escritor y Experto Universitario en Genero e Igualdad de Oportunidades

Sumario [PDF]

Editorial:
Colección:Una referencia bibliográfica y disponibilidad en:

El Maleficio

No, no es cierto que esta ciudad no ame a su patrimonio, no es cierto que sea insensible, no es verdad que sus políticos siempre fueran indiferentes, inhibicionistas o abiertamente aniquiladores de cualquier obstáculo patrimonial a los intereses especulativos. A principios de los años setenta del pasado siglo, cuando la ciudad se había consolidado como uno de los principales destinos turísticos de Europa, el ya designado sucesor del dictador, el futuro Juan Carlos I, inauguraba la Sala de Arqueología, en cuya organización trabajaba Carlos Posac Mons, descubridor de la Villa Romana de Río Verde y se editaba la primera Guía Arqueológica de Marbella, referente de todos los estudios posteriores. La creación de un museo municipal, proyecto que en la actualidad –en consonancia con la proximidad de las elecciones— ha sido anunciado como de rápida e inaplazable ejecución, estaba incluido en la Carta Cultural que en noviembre de 1978, el alcalde, Francisco Palma, elevó al Ministerio de Cultura, la tercera parte de las actividades para las que se solicitaba subvención estaban relacionadas con el mantenimiento de la Villa Romana y de la Basílica Paleocristiana de Vega del Mar. El primer ayuntamiento democrático mantuvo con la política patrimonial de la última corporación franquista mayor continuidad que la que tendría el conformado en 1983. La Delegación de Cultura dirigida por un andalucista integró en el Consejo Municipal de Cultura a la mayoría de colectivos que desarrollaban desde la década anterior actividades relacionadas con el Patrimonio natural y con la creación artística o artesana. Uno de estos colectivos, el Grupo de Espeleología, sería uno de los aportes más significativos de sensibilidades afines a la conservación del Patrimonio arqueológico. No en vano, varios de sus miembros trabajaron en 1982, asesorados por los arqueólogos Bartolomé González Ruiz, Rafael Puertas y Carlos Posac en la clasificación y elaboración de las fichas de los restos arqueológicos que conformaban la colección municipal. Era una actuación encaminada a la consecución del reconocimiento oficial del Museo Municipal que exigía el previo inventario de las piezas y su catalogación. El 30 de marzo de 1982, la Comisión Municipal Permanente aprobó el inicio de los trámites para el reconocimiento como museo del modesto conjunto de piezas que dignamente se exhibió en la sala del siglo XVI en la que Jesús Gil, “enamorado de sus pintura murales”, instaló su despacho. Se deshizo de las piedras y desmanteló el museo, sin que de muchas de las piezas se sepa su paradero. Veinticinco años después, la actual Delegación de Cultura, ha retomado la creación del denominado, ahora, Museo de la Ciudad que, sin duda, será realidad, al menos discursivamente, antes de las próximas elecciones. Los ayuntamientos de los años ochenta apostaron por la política patrimonial promoviendo la compra del Ingenio Azucarero de San Pedro Alcántara y del Hospital de Bazán. Su mirador, una pequeña joya arquitectónica del siglo XVI, otea el casco antiguo para el que, el 2 de abril de 1981, la Comisión de Cultura solicitó que se evitara la proliferación –vergüenza me da decirlo— de anuncios luminosos que ensombrecían las fachadas encaladas, distintivo de su belleza.

Sala de Arqueología inaugurada por los príncipes de España el 14 de marzo de 1972. Fuente: Marbella 71-72, Comisión de Fiestas del Muy Ilustre Ayuntamiento de Marbella, 1972.

La preservación del yacimiento arqueológico de la zona de Guadalmina suponía ya la confrontación con intereses urbanísticos. La corporación de 1979 no actuó bajo presión ciudadana cuando consiguió la paralización de las obras acometidas en una propiedad de los Goizueta. La denuncia, efectuada por el mismo delegado de Cultura sobre la destrucción del yacimiento, fue comprobada por una inspección municipal que constató los daños en un espacio cercano a la Basílica Paleocristiana que era Monumento Histórico Nacional. Este yacimiento, el más importante, sin duda, del término municipal, no dejó nunca de suscitar el interés de los amantes del Patrimonio. En 1981, un joven maestro de San Pedro creó el Grupo de Misión Rescate “La Azucarera” con el objetivo de limpiar de maleza la iglesia y la necrópolis de Vega del Mar, amenazada también por el bosque de eucaliptos que le da sombra. Aquel mismo año, una campaña de excavación y limpieza dirigida por Carlos Posac demostraba la voluntad política de lo que ahora se llama poner en valor un yacimiento, sobre el que treinta y siete años después se ciernen las peores amenazas. Esta política patrimonial pilotada desde la Delegación de Cultura fue pocas veces obstruida, si bien los concejales de centro derecha siempre se mostraron cautos nunca la estorbaron. Y aquel Ayuntamiento impulsó una labor editorial de divulgación histórica que no ha tenido continuidad. La revista Cilniana dio cabida a investigaciones sólidas como las del profesor Alfonso García Guzmán o el profesor Jiménez Quintero, concursantes fallidos del Premio “Vázquez Clavel”, rompía, pues, la hegemonía que la obra de Fernando Alcalá mantenía sobre la actividad editora; propuestas, como las que en la Comisión Permanente de Cultura formulaba el concejal andalucista, Julio Moreno, iban encaminadas a que en obras promocionales de la ciudad se incluyeran contenidos históricos, alusivos al pasado minero.

Campaña de excavación en la Basílica Paleocristiana de Vega del Mar, verano de 1981, su director, Carlos Posac, en el centro de la imagen. Fuente: Sur, 25-09-1981.

A partir de 1983, la política cultural da un giro con una menor atención a los temas patrimoniales que continuó en la agenda política de la oposición: en noviembre de 1983, el PASOC solicitó iniciar los trámites para la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del Convento de la Trinidad. Bajo aquella corporación, la creación en 1986 del Archivo Histórico Municipal, cerraba en parte el proceso de recuperación del Patrimonio documental. El presupuesto de la Delegación de la Cultura se había elevado un 34% y el socialista Antonio Mazuecos quiso convertir a Marbella en un referente cultural, llegó a proponer la incorporación de asesores de gran prestigio intelectual como José María Amado y Lorenzo Saval. Esta tendencia a la utilización de personajes icónicos como representación de la Delegación de Cultura ha tenido cierta continuidad, visible en la apuesta gilista por artistascomo Felipe Campuzano y en la fabricación ad hoc de talentos e intelectuales locales, sin relación con el tema patrimonial.

No, no es cierto, al menos en su totalidad, que esta ciudad no haya amado y respetado su Patrimonio.Los equipos docentes de los Centros de Educación de Adultos de Marbella y San Pedro Alcántara, integraban y desarrollaban en sus programas contenidos y actividades relacionadas con los edificios de interés histórico, autoeditaron materiales de estudio y organizaron jornadas sobre la historia de la ciudad. Por su parte, en el Centro de Formación del Profesorado durante la década de los noventa, se desarrollaron cursos en los que varios especialistas abordaron el proceso histórico, desde el análisis de los yacimientos arqueológicos, la antigüedad y el medievo; desde las fuentes escritas, la castellanización; desde la arqueología industrial, la industrialización y desde la documentación del archivo municipal la historia social y política del siglo XX.

Programa del Curso de “Historia Local” organizado por el Centro de Profesores de la Costa del Sol en 1995. Fuente: Archivo de la autora.

Al margen de los actores institucionales, un conjunto de asociaciones y colectivos se han venido durante décadas comprometiendo desde distintas ópticas con la conservación del Patrimonio y con la difusión de la investigación histórica. Cuando el ayuntamiento gilista, arrasó la Colonia de El Ángel, investigadores, maestros y amantes de la Historia confluyeron en un conjunto de actividades organizadas en, 1994, en la sede de la Hermandad de San Bernabé. Francisco Cantos Moyano, un investigador de talante humanista, propició allí –quizá por primera vez— un debate sobre la Guerra Civil muy alejado del discurso integrista que utiliza la defensa del Patrimonio histórico contra la aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Una postura que pone de manifiesto la progresiva y perversa sustitución del interés histórico por el interés político al servicio de la ultraderecha. Pero en aquel encuentro lo que mayormente se puso en evidencia fue la magnitud de la destrucción patrimonial. En apenas tres años habían desaparecido las huellas de la actividad agraria e industrial de El Ángel, las rejas de las ventanas del Cortijo Miraflores habían sido arrancadas y el edificio expoliado. La imagen de la ruina en que se había convertido el Cortijo, adquirido unos años antes por el Ayuntamiento, era sobrecogedora. Y un grupo de personas decidió denunciar el expolio y trabajar por su conservación. Pero lo hizo, según se iría convirtiendo en asociación con los instrumentos del conocimiento, de la investigación, del estudio, de la edición, del debate y del compromiso, “Cilniana” funcionó según un modelo colaborativo y horizontal, en el que, salvo casos muy excepcionales, todos sus miembros trabajaron por intereses comunitarios, desplazando si no sus ideas políticas personales, sí los intereses de partido, salvaguardando de la visibilidad las situaciones laborales que podían ser objeto de represalias y evitando una proximidad con el poder que pudiera confundir la colaboración con el apoyo. Intensos debates, sobre la presencia que cabía a los representantes municipales, precedieron a cada uno de los actos de la asociación “Cilniana”, que sobre cualquier otro presupuesto, durante mucho tiempo hizo gala de independencia, dejando a los concejales sentados entre el público.

Catálogo de las publicaciones de la asociación “Cilniana” entre 1996 y 2006. Fuente: Archivo de la autora.

     No, no es cierto que a nadie le haya importado la Historia y su Patrimonio: quienes tenían experiencia en excavaciones, formación en arqueología y voluntad retiraron con sus propias manos la basura que ocultaba la ermita de los Monjes; otros buscaron fotografías, las clasificaron y organizaron exposiciones; quienes se dedicaron a la edición pedían artículos y los corregían; quienes a la investigación escribieron e impartieron conferencias; quienes a la distribución pateaban librerías y bibliotecas, muchas veces –porque era más fácil depositar que cobrar—.

     Otros grupos han surgido en defensa del Patrimonio: “Marbella Activa” que ha vuelto a convocar un nuevo premio de investigación histórica, la asociación ha renovado las herramientas reivindicativas y ha incorporado el reconocimiento del Patrimonio inmaterial; la asociación cultural “San Pedro Alcántara 1860”, que viene con un conocimiento en profundidad del tema, advirtiendo del peligro que se cierne sobre el espacio de arqueológico de Vega de Mar, y, en la red, el grupo de facebook “Historia de Marbella” es lugar de encuentro de centenares de amantes de la Historia. Pero ni el compromiso ni la voluntad de los grupos surgidos de la sociedad civil y de las personas que los lideran pueden sustituir las obligaciones que los poderes públicos tienen con respecto a la conservación del Patrimonio. En solo tres años y bajo la dirección de dos directoras generales –del Partido Popular y Opción Sampedreña— han sido destrozados los mosaicos de Villa Romana de Río Verde; la Junta de Andalucía ha multado al Ayuntamiento por la utilización de una excavadora en el yacimiento de Vega del Mar; el Trapiche del Prado también ha sido asaltado y sus muros pintarrajeados –sin que el Ayuntamiento, por cierto, lo haya denunciado—; han roto la histórica fuente que cierra el rectángulo de la plaza, un espacio urbanístico abierto en el siglo XVI que han iluminado como un casino de Las Vegas. Desde la convicción de que no existe culpabilidad puesto que no hay intención por parte del poder político de dañar el Patrimonio, ya solo se me ocurre la posibilidad de que sobre el término municipal planee un maleficio y que la solución sea un exorcismo como el que se aplicó hace unos años al Cortijo Miraflores, pues los fantasmas ya no han vuelto a aparecer.

     Catalina Urbaneja afirmaba con claridad, hace unos días, que cada vez que se denuncia un desastre se responde con el anuncio de proyectos millonarios para un futuro inmediato pero que todo sigue siempre igual, aunque durante un tiempo se apacigua el incomodo clamor de los denunciantes.

     ¿Se han podido evitar estos desastres? ¿Cómo es posible que responsables de Patrimonio no se asesoren sobre el protocolo a seguir antes de ordenar la limpieza de un BIC y se envíe una excavadora? ¿Cómo es que antes de ordenar una obra municipal en el casco antiguo, la Delegación de Obras no informe a la de Patrimonio? ¿Cómo es que la Delegación de Cultura puede desarrollar actuaciones rápidas y eficaces para solventar la agresión a la “Fuente de la Plaza” y, a fecha de hoy, no se ha intervenido en la limpieza del Trapiche del Prado? ¿Conocía la Delegación Municipal de Cultura la Memoria Preliminar de las actuaciones arqueológicas con georradar encargadas por Acosol en la playa de Lindavista? ¿Por qué Patrimonio no se ha pronunciado? Parece claro que, con respecto a la política patrimonial, las delegaciones funcionan como auténticos reinos de Taifas. Pero si los concejales se ponen de acuerdo para regalar Patrimonio territorial a Benahavís ¿cómo es que no son capaces de ponerse de acuerdo para proteger el Patrimonio histórico?

Portada del libro Guía Artística de Marbella, de Mª Dolores Aguilar; Rosario Camacho y José Miguel Morales, editado por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Marbella en 1982.
Fuente: Biblioteca de la autora.

Mujer, moral y franquismo: del velo al bikini

Una vez acabada la guerra, se desarrolla un vasto programa de control social cuyo principal instrumento fue el Patronato de Protección a la Mujer. La institución creada en 1941 encaminó sus objetivos a la lucha contra la prostitución y por tanto a la erradicación de la enfermedad venérea. En realidad fue un mecanismo dedicado a la corrección y castigo de las conductas que pudieran entorpecer las aspiraciones demográficas del Régimen. El estudio realizado sobre la actuación del Patronato en la ciudad de Málaga entre 1941 y 1971 demuestra que la institución proyectó su intervención en conductas transgresoras de la moral católica pero sin ningún tipo de relación con la actividad prostitucional.

PRIETO BORREGO, Lucía: Mujer, moral y franquismo: del velo al bikini. Atenea. Estudios de género, 98, umaeditorial, Málaga, 2018, 351 pp. ISBN: 978-84-17449-06-3.

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Una referencia bibliográfica y disponibilidad en:

La conspiración de las lectoras

MARINA, José Antonio y RODRÍGUEZ DE CASTRO, María Teresa: La conspiración de las lectoras. Barcelona: Anagrama. Biblioteca de la memoria, 2009.

La Historia de las Mujeres es hoy un paradigma historiográfico que cuenta en España con un sólido aparato bibliográfico. A este ensayo, sin embargo, se vuelve una y otra vez cuando abordamos el proceso de modernización cultural y educativa frustrado por la guerra civil y por la involución que supuso el franquismo, en especial para las mujeres.

Las protagonistas, objeto de la investigación son un conjunto de mujeres españolas, “las conspiradoras”, llamadas a transformar el país con un proyecto que Marina aborda desde su propio marco teórico en el que destaca el concepto de “inteligencia social”. Fueron ellas en la suma de voluntades, experiencias e inteligencias quienes conforman la vanguardia artística, intelectual y académica que confluyó en el Lyceum Club Femenino, creado en 1926. Este es, si no el único, un importante referente en la genealogía del feminismo español, impulsado, no como el anglosajón por los movimientos políticos y sufragistas, sino desde el ámbito de la educación. El Lyceum fue el soporte de lo que hoy podíamos considerar un grupo de presión que consiguió cambiar la situación política y jurídica de las españolas durante la Segunda República. La vinculación del grupo con la Institución Libre de Enseñanza es evidente, tanto como lo es con la Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU), creada en 1920 con el nombre de Juventud Universitaria Femenina. Es sabido que la incorporación de la mujer a la Universidad en España fue tardía y dificultosa. José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro evocan el desconcierto de aquellas primeras universitarias a partir de memorias como las de María Teresa León en las que cuenta la experiencia de su tía María Goyri. En la promoción de las mujeres a la enseñanza superior tendría un papel fundamental María de Maeztu, presidenta de la AEMU quien había creado también en 1915 la Residencia de Señoritas. Esta institución, menos conocida que la famosa Residencia de Estudiantes, fue creada a inspiración de los Women Colleges americanos y mantuvo una estrecha relación con el Instituto-Escuela artífice de la renovación pedagógica heredera de Giner de los Ríos y en el que se adopta la coeducación. El cosmopolitismo y la convergencia de redes asociativas de mujeres caracterizan al Lyceum que presidido, también como la AEMU, por María de Maeztu tuvo su sede en la llamada Casa de las Siete chimeneas. Sus salones y su biblioteca de la que se encargaba la malagueña Victoria Kent acogieron a las mujeres más representativas del universo asociativo femenino: la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, creada en 1918, presidida por la esteponera María Espinosa de los Monteros a la que pertenecía Clara Campoamor y la también malagueña, Isabel de Oyarzábal; la Cruzada de Mujeres Españolas, la organización más comprometida en la consecución del voto femenino, liderada por Carmen de Burgos; la Juventud Universitaria Femenina y el Instituto Internacional. Marina singulariza entre las socias del club a las vanguardistas que representa la pintora Maruja Mallo, la escritora Concha Méndez, casada con Manuel Altolaguirre y la poetisa, Ernestina de Champourcin.

CONFERENCIA DE PALMA GUILLÉN. Madrid, 15-2-1935.- Conferencia de la escritora Palma Guillén (5º izda), embajadora de México en Panamá, en el Lyceum Club Femenino. Asisten, entre otras: La política y abogada Victoria Kent (4ª dcha), la actriz Margarita Xirgu (2ª dcha), la pedagoga María de Maeztu (5ª dcha), y la también política y abogada Clara Campoamor (1ª dcha). EFE/DÍAZ CASARIEGO/jgb

El ensayo se construye mediante una narración detectivesca en el que las “pistas”, son en realidad las fuentes que fundamentan la investigación. En un relato alegórico de Giménez Caballero, publicado en la revista vanguardista, La Gaceta Literaria, la investigadora descubrió que quien sería uno de los soportes ideológicos del fascismo español había retratado la capacidad transformadora de las socias del Lyceum, quienes como las “Mujeres de la Isla de Cogul” accedieron a libros que solo los varones, sacerdotes y juristas tenían acceso.

Es precisamente en el ámbito jurídico donde adquiere significado el Lyceum a partir de la callada revolución de mujeres aparentemente menos brillantes que las transgresoras vanguardistas. Eran mujeres de sus maridos, hombres famosos y cultos, Marina les atribuye una función propedéutica y las compara con los actores que antes de la Transición, sin hacerla la hicieron posible. Elige para ejemplificarlas a dos mujeres singulares, eclipsadas por la genialidad de sus compañeros, Zenobia Camprubí y María Teresa León. No eran menos conscientes de la postergación femenina, Carmen Baroja cuyas memorias son un puro lamento y Concha Méndez, bastante menos conocida que Altolaguirre. Ellas tan cercanas a la Generación del 27 comprendieron que la virtud y la abnegación que formaban parte de la naturaleza femenina en realidad sepultaban la libertad. La libre disposición de las mujeres estaba severamente constreñida en sus aspectos legales. En el Lyceum, las socias accedieron al conocimiento de los textos jurídicos para descubrir cuál era su situación real en el Código Civil vigente, la de una menor de edad, tutelada eternamente por el padre o el esposo sin capacidad para administrar sus bienes. Estos temas que preocupaban a las mujeres de la clase media y de la burguesía culta e ilustrada impulsaron un intenso debate y la organización de comisiones que elevaron al Gobierno la solicitud de la reforma de varios artículos del Código Civil. Para los autores este movimiento engendrado por las elites cultas femeninas, de formación liberal y, en parte laicas, es mucho más que un instrumento de presión, es una forma de renovación social porque el ámbito jurídico implica el campo de los principios éticos. El cambio de la situación política y jurídica que tuvo lugar en la República no fue posible solo porque las mujeres habían ido a la Universidad sino porque las que se hicieron profesionales del Derecho: Clara Campoamor y Victoria Kent, posibilitaron que en la Constitución de 1931 se reconocieran los derechos políticos y se cambiara la situación civil de las mujeres.

Los autores dedican parte de su ensayo a estas reformas, fundamentalmente al debate que precedió en la Cortes a la aprobación del voto femenino y al conocido enfrentamiento de Clara Campoamor con Victoria Kent. Este tema ha postergado otros ámbitos de actuación de las dos diputadas, como la redacción de la Ley de Divorcio y la de Matrimonio Civil o la transformación del sistema penitenciario llevada a cabo por Victoria Kent, directora general de Prisiones.

Si bien en el eje temático que vertebra este libro no tienen cabida el papel que en aquellos años estaban desempeñando las mujeres en las organizaciones obreras, anarquistas y socialistas, el autor no deja pasar la oportunidad de dar a conocer a una de las mujeres más singulares de los años treinta. Hildegart, aunque cercana al Lyceum, se movió en ámbitos cercanos al Partido Socialista y al Partido Republicano Federal, pero no era el juego político el proyecto que su madre había ideado para ella sino servir de instrumento para la absoluta liberación femenina. Licenciada en Leyes a los 17 años, además de escritora, conferenciante y periodista, escribió varios ensayos sobre eugenesia y contracepción. Se anticipó pues, a lo que sería la reforma sexual propuesta en 1936 por la organización anarco feminista Mujeres Libres. Fue asesinada por su madre en 1933.

Los últimos capítulos del libro son la crónica de una derrota, no ya sólo la de la República sino de lo que Marina llama “La quiebra de la inteligencia social”. Algunas de las mujeres del Lyceum desempeñan durante la guerra papeles muy importantes para el estado republicano. En la España leal en la que por primera vez una mujer, Federica Montseny, fue ministra, Victoria Kent era secretaria de la embajada en París; María Lejarraga fue la agregada comercial para Suiza; Constancia de la Mora, fue responsable de los servicios de prensa del Ministerio de Exteriores, en los que sustituyó a Arturo Barea, e Isabel Oyarzabal fue embajadora en Suecia. Tras la catástrofe, la vanguardia del pensamiento feminista quedo atomizada por el exilio.

Esa experiencia doliente la conocemos por las memorias de sus protagonistas. Clara Campoamor –que se fue de España en plena guerra temiendo represalias de algunos grupos de izquierda— escribió Mi Pecado mortal. El libro es un balance de lo que supuso personalmente su apuesta por el voto femenino, el ostracismo político al que la condenó Azaña. Victoria Kent redactó las suyas mientras los servicios de Falange en colaboración con la Gestapo la perseguían en París y María Lejarraga relató sus recuerdos en Méjico.

Autoras como Shirley Mangini y Antonina Rodrigo se han venido ocupando de la vida y la obra de las que no volvieron o de las que como María de Maeztu, fundadora del Lyceum, regresó rota por la muerte de su hermano –fusilado en la retaguardia madrileña— para volver a marcharse. Algunas sí pudieron quedarse. Entre ellas, los autores eligen a María Lafitte quien pudo actuar de correa de transmisión entre el movimiento feminista de los años treinta y las inquietudes, ya imparables, que en el tardo franquismo se manifiestan en el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer en el que ya intervienen destacadas figuras del emergente movimiento feminista.

El ensayo de Marina y Rodríguez de Castro concluye con un interrogante ¿terminó la guerra, el exilio, la imposición del modelo machista y patriarcal del franquismo con el espíritu de las lectoras conspiradoras? No, fue recuperado casi de la nada, en parte desde el campo del Derecho. En 1958, Clara Campoamor participaba en el Congreso de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, allí las conocerían las jóvenes abogadas españolas que participaran en el movimiento feminista; el mismo año, la abogada falangista, Mercedes Formica consigue la aprobación de la Ley de 24 de abril de 1958, que suponía un avance en la equiparación de los sexos en el matrimonio. Fue posible por el despliegue de una campaña en la que participan activamente la asociación femenina Amistad Universitaria. Ya en los años sesenta a impulsos del espíritu del Concilio Vaticano II, la Iglesia atemperó su atávica misoginia. En 1965, Manuela Carmena criticaba en una revista católica el modelo familiar implantado tras la guerra. Después, Cuadernos para el Diálogo será la plataforma en la que aparecen las líneas de reflexión sobre el papel de la mujer, debates y pensamientos determinantes para el cambio social que se vivía. La Sección Femenina durante treinta años justificó el sometimiento femenino. Según Marina fue una institución equivocada en la que hubo mujeres muy valiosas, en los años setenta se adaptó al cambio social, asumiendo un discurso semifeminista.

En la confluencia de estas líneas de debate, acción y pensamiento sitúan los autores la herencia de La conspiración de las lectoras. Tras la ruptura de la “inteligencia social” en una España amordazada, muchas mujeres recorrieron un largo y tortuoso camino para recomponer lo que se inició en los años treinta. Pero aún no hemos terminado, hay que enseñar a conspirar desde la escuela. Nunca volveremos a partir de cero.

LA NOVELA DE FERRARA O LA SOCIEDAD COMPLACIENTE

NOVELA DE FERRAR

Giorgio BASSANI, La novela de Ferrara, Editorial Lumen, 2007.

Cualquier referencia a la República Social Italiana remite a la película en la que Passolini retrató la infamia de la “República de Saló”. Es precisamente el famoso cineasta quien prologa la obra maestra de la literatura europea de un autor poco conocido, al menos, por el gran público. Giorgio Bassani escribió, entre 1956 y 1962, un conjunto de relatos que tienen como denominador común desenvolverse en un único escenario, la ciudad de Ferrara cuya belleza no eclipsa la vecindad de Padua, Verona o Bolonia. En cada uno de los relatos que conforman La novela de Ferrara, los personajes se mueven en el mismo marco urbano que presenció el Renacimiento: calles anchas y porticadas, franqueadas por edificios medievales, plazas monumentales y palacios renacentistas, entre ellos, el castillo Estense. Estos personajes se cruzan entre sí, se evocan y se reconocen a lo largo de las novecientas páginas que comprenden el conjunto de una obra que ha sido comparada con la de Proust. Al margen de la maestría de una prosa inigualable, objeto de atención del filólogo y el crítico, la novela –las novelas— de Ferrara ofrece al historiador oportunidad de aprehender desde la literatura situaciones captadas a partir del matiz, la ironía, el sentimiento y la emoción. Esbozos de trazo impresionista que, sin embargo, no difuminan la imagen absolutamente realista de los grupos humanos que retrata. En un friso monumental desfila la primera mitad del siglo XX italiano: el ascenso del fascismo, la guerra civil en el norte, la Memoria de la izquierda en los ayuntamientos comunistas y la singular posguerra. El autor, judío, habla en la mayor parte de los relatos a través de los ferrareses, con quienes ha convivido y a quienes conoce. Son ellos por tanto quienes enjuician a sus vecinos, los que relatan la vida cotidiana de un conjunto de tipos entre los que prevalece el retrato de la burguesía. Muy pocas de aquellas familias creyeron que también a ellos les afectarían las leyes raciales de quien sería el aliado germánico. Sin duda, la de los Finzi fue la más conocida. La versión cinematográfica de El jardín de los Finzi-Contini, dirigida por Vitorio de Sica daría a conocer la desdichada historia de una familia que evitó cualquier condescendencia con el fascismo confinada en su maravillosa mansión, accesible tan solo a un pequeño grupo de jóvenes amigos de los hermanos Finzi. En el jardín, el amor, la amistad, el arte, la literatura y la belleza conjuraban el odio que en las calles de Ferrara se hacía sentir ya contra la comunidad judía por ricos y prestigiosos que fuesen sus miembros. Con ser esta novela una obra maestra de la narrativa europea no empequeñece el conjunto de los restantes relatos de Bassani. Entre ellos, es especialmente sobrecogedor, el titulado: Una noche de 1943.

Bajo los soportales de Corso Roma, junto a la farmacia, en el elegante Café de la Bolsa, lugar de encuentro de la burguesía local, sentados en torno a los veladores, los clientes se entretienen viendo pasar la vida de una ciudad de provincias. Solo de vez en cuando se agitan, enmudecen y se miran entre sí. Alguien, que están seguros no es de Ferrara, ha pasado junto al muro de Castillo, un pequeño tramo de calle –que frente por frente al café— cualquier natural de la ciudad evitaría. Es el lugar en el que el 15 de diciembre de 1943 fueron tiroteados once hombres como represalia por el asesinato del cónsul Bolognesi, consejero del nuevo poder que era la República Social, proclamada en la Italia septentrional. El autor retorna a los días anteriores al inicio de la guerra civil, cuando una vez que los aliados alcanzan la península y el “duce” es detenido nadie podía pensar que sería liberado y el fascismo retornaría. Recuerda, incluso, los primeros días de la guerra cuando el líder del partido comunista local, seguro de la derrota del Eje, se atrevió a sentarse en el Café de la Bolsa. El alter ego del comunista Bottechiari es Sciagura, un veterano escuadrista al que la Marcha sobre Roma de 1922 había desencantado totalmente, no solo porque había sido el final del fascismo, “anárquico” y “garibaldino” sino porque los fascistas de provincias fueron acuartelados y ni siquiera pudieron acercarse a Mussolini. Los cuatro ferrareses que participaron en la Marcha regresaron al norte profundamente hastiados, no sin buscar consuelo en los burdeles de Bolonia. Allí, Pino, el más joven del grupo, que veintiún años después desde el piso superior de su farmacia será testigo de la matanza de 1943, fue obligado por Sciagura a mantener relaciones con una prostituta que pudo contagiarle la enfermedad que lo convirtió en un inválido.

La tarde del 15 de diciembre de 1943 los habitantes de Ferrara saben que el conde Bolognesi ha sido asesinado y que el nuevo poder fascista ha anunciado por radio que lo vengará. Pero todos confían en que no haya represalias. Se recluyen escuchando tras las ventanas el lento rodar de los camiones por las calles empedradas, el aún lejano traqueteo de las ametralladoras. Los judíos son conscientes de que, hasta el momento, los fascistas de Ferrara, amigos y vecinos de toda la vida, habían sido moderados pero a partir de aquella tarde intuyen que todo habría de cambiar. El autor con fina ironía nos hace partícipes de las opiniones que se vierten en los elegantes salones de la burguesía. Los ferrareses ricos creen estar a salvo porque son italianos como los otros; porque ellos si aceptan que los gobierne Alemania –pues al fin, “el Saboya”, como llaman al rey de Italia, no era sino  “un piamontés” que como Badoglio no había dejado otra opción a Mussolini—; porque ellos no eran comunistas como los partisanos de Yugoslavia o los de la resistencia en Francia y no había que alarmarse porque los fascistas con sus gorras de calavera hicieran algo de ruido, al fin ellos habían evitado que Italia fuera como Polonia o Ucrania. Sí hubo represalia, antes del amanecer, once hombres cayeron acribillados junto al parapeto del Castillo, sobre la nieve. La mañana trajo la certeza de la muerte que aún no tenía nombre ni cara cuando ante la Casa del Fascio, una fila de gente silenciosa convertía a Ferrara en la ciudad del norte con más número de afiliados al fascismo renacido. En Ferrara todos conocían a los muertos. Habían sido cuidadosamente elegidos entre socialistas y sindicalistas, entre los judíos cuyo escondite nadie desconocía en la ciudad y entre los fascistas que habían intentado salvar al fascismo y a la monarquía. Como en todas las guerras civiles, los ferrareses quisieron creer que el asesino no estaba entre los suyos; como en todas las guerras civiles desearon que fuera del pueblo próximo, quizá escuadristas venetos; como en todas las guerras civiles, el asesino no podía ser sino quien mejor conocía a sus vecinos. Sciugura, el fascista que en 1922 creyó que podía marchar sobre Roma como “los camisas rojas” habían marchado sobre Nápoles, fue juzgado como responsable del crimen en 1946. Fue él quien la mañana del día 16 de diciembre de 1943 vestía, como treinta años antes, la camisa negra; quien de nuevo delegado del Fascio impidió que alguien se acercara a los cadáveres ensangrentados; fue él quien ahogó un grito de sorpresa cuando descubrió que sobre el Café de la Bolsa el farmacéutico lo miraba desde la ventana tras la que lo había confinado su invalidez. Pero Sciugura fue absuelto. Se defendió con el cínico argumento de que en Ferrara todos habían sido fascistas y que la República de Saló había sido un mal menor para contener a los alemanes. La única persona que pudo oír los disparos y los gritos de las víctimas fue citada a declarar, Pino, a la pregunta del juez respondió con una sola palabra: dormía. Nadie “dudó” en Ferrara de su testimonio pero todos ignoraban porque tras el juicio, Anna, su joven esposa lo abandonó. Sobre el Café de la Bolsa, Pino siguió trasladándose trabajosamente de la cama a la ventana desde la que siguió mirando la pared del castillo. Años después, Anna contó la historia a cualquiera de los muchos hombres que la cortejaban, su relato quedó prendido bajo los soportales que daban sombra al Café: desde que su marido dejó de caminar, ella salía con otros hombres como salió la noche de la masacre tras acostarlo, segura de regresar al poco rato. Los disparos en las calles se lo impidieron, cuando pudo volver, frente a su casa se encontró con tres grupos de cadáveres que enrojecían la nieve y aterrada vio a su marido apostado en la ventana, sus miradas se cruzaron. Cuando subió estaba como afirmaría en el juicio, dormido.

Los relatos que componen La novela de Ferrara se vertebran en torno a un tema recurrente, la aceptación del fascismo por la burguesía judía a la que ni la complacencia ni el apaciguamiento libraron de la muerte o la deportación. Es también una reflexión sutilmente crítica sobre otra complacencia, la de la readaptación de los antiguos fascistas a la sociedad de posguerra y al reequilibrio de la convivencia con los nueves poderes comunistas.

C. MARTIRES DE LA LIBERTA

Ferrara, Corso Martiri della Libertà

Una noche de 1943 es fundamentalmente una dolorosa denuncia de la impunidad. El asesino volvió a sentarse bajo los soportales de la calle que hoy se llama de los Mártires de la Libertad, frente por frente del escenario del crimen. Se había defendido con ahínco de los crímenes que los comunistas le imputaban y su absolución, fue en parte, la de la primera experiencia fascista de Europa. He aquí, donde el autor le quita la palabra a los ferrareses y toma la de las víctimas. La complacencia con el régimen que mandó a centenares de judíos como los Finzi-Contini, al campo de concentración, pudo haber quedado en “un error humano”, una pesadilla de la que algún día se despertaría con esperanza. Tan solo con que los asesinos hubieran sido condenados se habría olvidado, por el contrario su absolución fue la mancha perpetua de la infamia.

Era 1946, el año en el que como afirma Norman Davies, en Sabudía –uno de los ensayos contenidos en Reinos desaparecidos. La Historia olvidada de Europa— la milenaria dinastía de los Saboya perdió el reino sin que los italianos fueran tan compasivos con el rey Humberto como los españoles lo serían con su pariente, Juan Carlos, quien como el último rey de Italia hizo de puente entre el fascismo y la democracia. La República fue proclamada, la póstuma víctoria de Mazzini y Garibaldi no impidió la impunidad.