¡Qué cunda el ejemplo!

Los servicios municipales culturales deben funcionar como generadores de actividades. Son entes vivos. Tienen una función dinamizadora de la comunidad. A esto responde los programas que se desarrollan en la Biblioteca Pública Arroyo de la Miel.

El próximo día 22 de julio se celebrará en el edifico INNOVA el eventoBAJO EL SOL DE AUSTEN” en conmemoración del bicentenario de la muerte de Jane Austen. Este congreso organizado por la Biblioteca y la web El Sitio de Jane, tiene proyección mundial.

El primer franquismo en Marbella (1937-1959): de los años del hambre a los años del sol

Presentación del libro de Ana María Rubia

El primer franquismo en Marbella (1937-1959)
De los años del hambre a los años del sol

El 30 de junio de 2017, a las 20:00 horas, en el Centro Cultural Cortijo Miraflores

Presentan:

Lucía Prieto Borrego

Cristian Matías Cerón Torreblanca

(Profesores del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UMA)

Invitación [PDF]

La Cultura en Marbella, 1980-2000

inauguracion-upInauguración de la UPM (28 de agosto de 1982): Julio Moreno (PSA), Antonio Murcia, alcalde de Estepona (PTA); Alfonso Cañas, alcalde de Marbella (PSOE); Rafael García Conde, concejal delegado de Cultura (Independiente – PSA); Manuel López (PSOE) y Francisco Pedrazuela (GIM). Fotografía: Archivo personal de Rafael García Conde (ARGC).
Presentación de la obra

La Universidad Popular de Marbella: la singularidad de un modelo de intervención cultural

“Nunca ha significado tanto el término de cultura como en los días de la Transición”, afirma José Carlos Mainer, en uno de los mejores ensayos realizados sobre la España reciente: El aprendizaje de la Libertad. Uno de los ejes interpretativos de este magistral ensayo es la continuidad de ciertas claves culturales del tardo franquismo durante la Transición.

En Europa, la aspiración a la democratización cultural fue un efecto de la sociedad del bienestar. En España, la expansión del consumo cultural se produjo durante el Desarrollismo, no sólo a nivel de entretenimiento, sino también en torno al debate político e intelectual. Durante el proceso no se dio, sin embargo, la reconciliación entre la cultura de elite y la cultura popular. Un reto planteado por las políticas culturales de los ayuntamientos conformados en 1979 en las principales ciudades españolas.

Fue entonces cuando se generalizó el uso de un nuevo concepto, el de Animación Sociocultural –la cultura como práctica— que se asimila a su vez a la democracia cultural, concepto superador de la democratización de la cultura.

La expansión de las pautas de consumo cultural es reconocible en la Marbella de los años setenta, ciudad socialmente muy diversificada, paradigma del desarrollismo y de la liberalización de las costumbres.

La democratización de la cultura y la democracia cultural no son términos sinónimos, ni siquiera necesariamente vinculables. De ahí que entre uno y otro modelo necesariamente haya de mediar una voluntad política de modificar las políticas culturales. A partir de 1982 la implantación en Marbella de un proyecto de animación sociocultural a través del instrumento de la Universidad Popular (UPM) más que novedoso fue impactante. Se demostró que la ciudad que el mundo conocía como el escaparate del ocio, de la riqueza y el lujo no era tan apática y tan banal como aparentaba. Bajo sus oropeles existía el movimiento vecinal, un sindicalismo activo que se había ensayado en las huelgas de hostelería, ciertas redes de sociabilidad cultural: grupos de espeleología, talleres de cerámica y pintura, asociaciones musicales… que confluyeron en lo que sería la UPM.

La expansión de la enseñanza primaria y el desarrollo de la secundaria había atraído a Marbella a toda una generación de maestros jóvenes y de profesores de instituto; la expansión de los servicios públicos y la actividad derivada de una economía terciaria perfila una sociedad demandante de un ocio y una gestión del tiempo distinto al que se ofrecía al turista. Desde esta demanda, a impulsos de docentes y de la voluntad política de la Delegación de Cultura del primer ayuntamiento democrático, surgió en 1982 la institución que ha hegemonizado las políticas culturales del municipio.

El proyecto no consiguió, sino de forma muy limitada, la creación de grupos dinámicos con proyección comunitaria. Primero porque, entonces, la animación sociocultural ni siquiera existía, o parcialmente, como disciplina y sus fundamentos teóricos eran desconocidos para la casi totalidad de los actores implicados en el proyecto. Después porque, a veces, las necesidades de los individuos y de los grupos no coinciden exactamente con los programas que se han diseñado para ellos. No hubo, por tanto, democracia cultural sino un desarrollo extraordinario de servicios culturales que contribuyeron a la democratización de la cultura. La UPM durante varias décadas ha sido la más importante factoría de ideas, creación, sociabilidad, espectáculo y Educación de Adultos con arraigo –en función de su estructura descentralizada— de todo el municipio.

El trabajo que presentamos no pretende establecer un balance entre fortalezas y debilidades, sino facilitar una base empírica que posibilite la interpretación del significado de la cultura en cada momento histórico. Planteamos ahora su divulgación ante el extendido fenómeno de la banalización de la cultura y la preocupación suscitada en historiadores, profesores, escritores, gestores culturales, programadores… Sobre todo, por la necesidad de distinguir entre democratización de la cultura y la devaluación del producto cultural que conlleva su banalización.

En su conocido ensayo sobre el tema, Mario Vargas Llosa ha mostrado su preocupación por que la cultura devenga en simple entretenimiento. Más peligroso es que el poder político confíe su gestión a intereses económicos o personalistas. Tan peligroso como que estos actores justifiquen la devaluación del conocimiento y la creatividad en función de una línea alternativa –supuestamente progresista— al esfuerzo intelectual, a la profesionalidad y a la cultura académica. Esta, por cierto, suficientemente cuestionada por una red de factorías de pensamiento crítico gestionada por docentes y pensadores antiacadémicos e incluso antisistémicos pero de gran solvencia intelectual.

El trabajo que presentamos se ha realizado en función del compromiso contraído con la comisión que hace diez años organizó el veinticinco aniversario de la creación de la UPM. Fue un encargo de los amigos y compañeros con los que durante esos veinticinco años habíamos compartido acuerdos y disidencias.

Sin la ayuda de Mónica Caballero y Tomi Prieto no se habría culminado pero sin la insistencia de Mercedes Carrillo tampoco. El trabajo es así mismo deudor de los testimonios prestados tanto por los impulsores del proyecto como de los trabajadores de la UPM, así como de los materiales personales prestados por Auxiliadora Tapia, Rafael García Conde y Silvia del Moral a quienes agradezco su apoyo. Igualmente, muestro mi agradecimiento a los cargos directivos que facilitaron la consulta de fuentes en los archivos de la FMAC de Marbella y San Pedro Alcántara, Javier Mínguez y especialmente a Isabel Chaves quien apoyó incluso a nivel personal la recogida de fuentes. No podemos dejar de recordar a quienes ya no leerán este trabajo porque extrañaremos sus comentarios.

la-upmObra completa en [PDF]

© Lucía Prieto Borrego                                                                                                  Depósito Legal: MA-621-2010

Plagio y parasitismo intelectual

La divulgación de que parte de la producción historiográfica de Fernando Suárez, rector de la Universidad Rey Juan Carlos, se ha realizado en base a plagiar los trabajos de otros colegas e investigadores ha provocado una cierta conmoción en la comunidad académica, cuando esta realidad no es del todo sorprendente. De hecho, el denunciado no parece demasiado afectado puesto que afirma que la copia es una mera disfunción porque los investigadores trabajamos con “material de aluvión”. Yo entiendo que por material de aluvión se refiere a la producción de investigadores a los que no merece la pena citar. El tema, independientemente de la trascendencia del caso, pone sobre la mesa la cuestión de qué es plagio y qué no lo es.

Tengo muy claro que plagiar es presentar –sin necesidad de que las citas estén ausentes— el grueso de un conocimiento que ya ha sido previamente publicado y que el plagiario presenta como propio. Lo que ocurre es que tiene la pericia y, pese a su oportunismo, la vergüenza de citar la fuente porque el trabajo le va a dar  dinero o prestigio a cambio de un esfuerzo mínimo. Pero esto que yo tengo tan claro me enfrentó en el proceso de evaluación de una supuesta investigación histórica con otro colega que entiende que cuando se cita no se plagia… luego, en base a esta última interpretación, el asunto se complica. De forma que se puede copiar el 90% de un artículo publicado y construir el capítulo de un libro que se vende como novedoso y poner una sola referencia al autor copiado de forma que parezca que se toma sólo una parte cuando se ha tomado el todo. Otra variante, muy frecuente, en estudios de conjunto, es reproducir párrafos literales, cuidando de que no sobrepase un determinado número de líneas. Como los textos son pequeños, tampoco, al parecer es plagio y ni siquiera la cita es necesaria. En estos casos, es muy difícil distinguir el copieteo y sólo el autor se percata. Lo sé porque he visto con incredulidad en un libro muy divulgado sobre la población civil en la guerra del 36, una frase que, referida a los malagueños que abandonaron sus hogares en 1937, medité mucho antes de redactarla. Este último supuesto se da con mucha frecuencia cuando investigadores consagrados recurren a la ahora tan poco valorada Historia Local. De manera que no es difícil ver publicadas en medios muy especializados aportaciones de tesis o trabajos de doctorado dados a conocer en revistas de ámbito local que se supone que no leen los especialistas. Esto pasa con algunos de los colegas extranjeros que pasan un par de días en los archivos municipales de por aquí y presentan, en sus universidades como novedosas, lo que sobre las mismas fuentes se había publicado ya. En lugar de citar el trabajo publicado citan los documentos supuestamente consultados, porque si no los han robado deben estar en el mismo sitio donde el investigador autóctono los consultó y tampoco van a venir sus paisanos a comprobarlo. Quiero decir que estas prácticas son muy comunes y en muy raros casos trascienden porque finalmente, terminamos considerándolas como gajes del oficio. De la misma manera que terminamos aceptando la fatalidad del parasitismo intelectual, del que el plagio no es más que un ejemplo. En la última feria del libro de Marbella me quedé estupefacta, cuando vi convertido en ficción el episodio real de un motín popular publicado en la revista Cilniana varios años antes, sin que en ningún momento, la autora que copió párrafos literales, advirtiera que se trataba de un hecho histórico investigado en profundidad.

Recurrir al historiador como consejero y asesor de quienes sin tener la especialización mínima se atreven a escribir libros de historia es una de las situaciones más favorables para el parasitismo intelectual. Lo normal es que estos sujetos se abstuvieran, pero también es verdad que hay gente con voluntad de aprender y crear a las que hay que ayudar y apoyar, estos siempre considerarán al asesor un maestro y un compañero. En cambio, el parasito, una vez asesorado, insistirá en que además se le corrija lo que ha escrito y sólo si ha metido mucho la pata admitirá parcialmente las correcciones –lo justo para vender el libro— pues en definitiva, sólo ha recurrido al historiador para que le sirva de parapeto. En el caso improbable de que alguien advierta los errores –pues a estos tipos no los lee la gente seria— culpará, sin el más mínimo reparo, al historiador que lo aconsejó, al que además intentará mantener lejos de su público porque sabe que él no lo engañará.

Otra forma muy extendida de parasitismo es la derivada de acudir a compañeros y conocidos para que corrijan obras cuyo autor considera geniales pero que no quiere publicar sin que le “eche un vistazo” algún especialista al que no se plantea pagar y ni dar las gracias porque más bien cree que le hace un favor ofreciéndole la primicia de su lectura. Alguna vez he visto en la mesa de un colega, de ojos permanentemente enrojecidos, textos indigeribles que una vez publicados presentan una factura muy diferente al original, sin que los autores hayan mencionado, al menos en público, a mi amigo como el imprescindible instrumento para que sus libros estén en los escaparates. No es extraño que a alguno de estos individuos, que rozan la genialidad una vez que consiguen publicar, se les olvide enviar un ejemplar al corrector que pasó horas ante su libro porque, según argumentarán: ¿para qué regalarlo a quien le ha puesto tantas pegas o incluso ha intentado disuadirlo de que publique?

Con todo, la más perversa de las tipologías parasitarias, es la que crea supuestos intelectuales forjados en un sistema de relaciones que sustituye los años de investigación, la creatividad o la simple disciplina que se impone el autodidacta por la creencia de que el conocimiento se adquiere por ósmosis y que el que lo tiene, lo divulga o lo produce tiene la obligación de prestárselo a cambio de gravitar en la órbita de una luz que no ilumina, deslumbra. Estos tipos tienen la habilidad de hacer pasar la información por sabiduría, de sepultar con palabrería los conceptos, de sustituir la teoría por sus opiniones y de proyectarse al mundo mediante esas cajas de resonancia que son los medios de comunicación. Su principal característica es un conocimiento poliédrico y abarcador, pues, desde la banalidad dominan todas las disciplinas. Nunca tendrán amigos ni compañeros, solo público. Y, sobre todo, como todos los plagiarios,  una absoluta desvergüenza que atrapa a gente de buena fe en el ilusionismo de su impostura.

La copla: un instrumento para el proyecto de moralización de la sociedad española durante el primer franquismo

cubierta Arenal 23-2 Ser buenas OK.cdrHa salido a la luz el Vol 23, No 2 (2016) de la revista Arenal. Revista de Historia de las Mujeres.  En su dossier se incluye nuestro artículo titulado “La copla: un instrumento para el proyecto de moralización de la sociedad española durante el primer franquismo”, pp. 287-320.

Si es de vuestro interés, pueden consultar el artículo en [PDF] y el Sumario de la revista Arenal, 23 (2) / 2016.

Matar al mensajero: de la Historia Local y los historiadores

En los dos últimos años la organización de varias jornadas sobre Patrimonio Histórico, nos permite, como me transmite un experimentado arqueólogo, asumir en Marbella un moderado optimismo, sobre el futuro de la Historiografía local y la política patrimonial. El colega conoce nuestra desesperanza y quizá también mi particular derrotismo, convertido en escepticismo total, cuando en los días de lluvia, el agua sigue cayendo indiferente sobre las ruinas –pese al compromiso municipal— aun no protegidas del Trapiche.

Por ello no asumo ningún discurso triunfalista, por el contrario percibo que Marbella se encuentra a enorme distancia de las políticas culturales que potencian el conocimiento de la Historia propia y de los proyectos que la divulgan, como si el estudio y el interés por las ciencias humanas y el pensamiento fueran ajenas a un medio que en el mundo proyecta la representación del hedonismo y la frivolidad.

Aunque sobre la Historia Local pesa la amenaza de la exigencias de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) de darla a la luz en revistas especializadas, en muchos municipios de la provincia la producción historiográfica y no sólo se han mantenido sino que se han potenciado en función del papel dinamizador de los archivos municipales o a la acción institucional. No ya en ciudades de la importancia patrimonial de Antequera, Ronda y Vélez-Málaga, también en municipios de “menor importancia” en la crónica histórica. Estepona y Mijas dan ejemplo.

Con todo, en el mundo académico y desde la arqueología profesional se le reconoce a Marbella un cierto activismo “irredentista”, en función de que las actuaciones que han combatido las agresiones al Patrimonio han sido conocidas y compartidas por historiadores, geógrafos y arqueólogos hoy consagrados y de prestigio que ayudaron a la Historia Local prestando su tiempo y sus conocimientos –siempre de forma desinteresada— a la revista Cilniana, de trayectoria tan accidentada como fecunda. Durante varias décadas, un conjunto de historiadores y estudiosos que tienen en común el haber realizado sus investigaciones al margen de la comunidad académica y por tanto sin el apoyo institucional, reservado mediante becas de formación a los mejores expedientes, ha dedicado parte de su vida adulta y muchas veces a costa de sacrificios personales a la investigación histórica. Este primer impulso, ya remoto, no partía a diferencia de lo ocurrido, por aquellos años, en las ciudades con un gran patrimonio documental de la disponibilidad de fuentes, que suelen garantizar brillantes resultados. Treinta años atrás en Marbella no había más que un historiador, un relato, “unos libros antiguos” en un armario de cristales y un almacén de papeles viejos apelmazados por la humedad y devorado por los ratones. Aquí, fueron primeros los historiadores y después el Archivo, fue la curiosidad y el interés por la propia historia la que formó a los historiadores en la búsqueda de las fuentes. Y cuando digo historiadores, no me refiero solo a quienes estudiaron esa carrera que –según algunos, sin perjuicio de su parasitaria relación con los historiadores— consideran que es la que solo cursan los tontos. Incluyo también al conjunto de colegas de formación autodidacta, curtidos en el manejo del pico y la pala en cualquier excavación o en la recopilación de datos que sustentan la erudición a la que los historiadores profesionales siempre terminamos por recurrir.

Treinta años es mucho tiempo, demasiado para la escasez de una producción historiográfica que, eso sí, había partido de la nada. No teníamos –en principio, por fortuna luego sí— ni el archivo, ni la orientación de un archivero, ni maestros, ni más referencias que la bibliografía de un cronista de pueblo. El resultado: unas cuantas tesis doctorales, de muy larga y ardua elaboración; veinticinco números de una revista que alcanzó todos los índices de las publicaciones de divulgación científica; varios centenares de artículos, algunas decenas de libros, la mayoría, aunque no exclusivamente, editados por Cilniana. Si esta producción algún beneficio obtuvo –ningún colega, jamás la utilizó en beneficio propio— fue para reinvertir en la empresa común que nos unía, la de hacer Historia.

La Historia Local, tan incompleta, tan por hacer… pero con tanto esfuerzo y tesón construida sufre hoy como ayer los efectos de la desidia pero se añaden amenazas de otra naturaleza. Un colega, que conoce bien la ciudad, identificaba como factor de nocividad, clave, según él, en el desinterés por las Humanidades, la percepción errónea del conocimiento historiográfico cuando se transmite con un discurso ignorante de las herramientas básicas de la disciplina. Aquí, me decía sucede –porque hay gente muy atrevida— pero por desgracia, ahora tiene otro factor añadido, el de la desconsideración del objeto historiográfico en función del historiador. La asimilación de la ideología o las simpatías políticas de un historiador con la calidad –no digo ya de su investigación— sino del objeto de la misma, es una absoluta perversión, inadmisible, desde la ética más elemental de cualquiera que ame y practique la disciplina histórica.

De modo, que por mor de la, por otra parte, muy legitima posición contraria a la independencia de San Pedro Alcántara de algunos sectores y de la oposición política –igualmente legitima— al actual gobierno municipal se cuestiona si este pueblo tiene historia o lo que es más grave se descalifica y se pone bajo sospecha la que se ha hecho. Y ello en base a un grave error de perspectiva, por el temor a que esa historia se utilice, para singularizar un espacio, que sí que históricamente conoció una singularidad. Pues no de todas las experiencias empresariales surgieron pueblos, y este nació al oeste de Marbella, y ahí está. Afortunadamente en la mayoría de los casos la Historia no se utiliza para la construcción de identidades, ni aunque se pretenda hay posibilidad de hacerlo a no ser que la Historia se falsee y eso en las investigaciones realizadas sobre San Pedro no se ha hecho. Del estudio realizado sobre la Granja Modelo no surgieron conclusiones que avalen ningún proceso independentista y sí el Trapiche de Guadaiza. El boicot que cobarde –porque no es abierto— y veladamente se hace a este espacio cultural, no va contra la política cultural del Ayuntamiento, es contra el conocimiento histórico que ha ilustrado una realidad insertable en el proceso histórico general. Es indiferente que la Historia se proyecte a la izquierda o a la derecha de Rio Verde. Otro asunto es como pueda utilizarse una obra historiográfica pero de eso no tiene porque ser culpable el que la escribe. El San Pedro histórico esta meticulosamente estudiado en una tesis doctoral que es académicamente modélica y que ha sido muy positivamente valorada desde la Historia Económica. Esa tesis es un estudio de Historia empresarial, no es el estudio de un “barrio”. Esta última consideración, que descalifica al historiador en función de la jerarquización administrativa del objeto historiográfico además de ignorar, los más elementales fundamentos de la Historia Social, es simplemente abyecta. Tanto como lo es la opinión de que no son historiables los cementerios, uno de los temas más atendidos por la Historia Cultural y, sobre todo, por la Epigrafía. Al de San Pedro, además le afecta su modernidad porque es muy propio de la ignorancia más supina identificar lo histórico con lo muy antiguo.

Estas opiniones expresadas además de una forma irrespetuosa y zafia proceden del resentimiento que sustituye al debate intelectual y político y no de personas formadas ni dialogantes y lo más sorprendente que nada han escrito o muy poco –y no de forma desinteresada— sobre la Historia de estos pueblos que son Marbella y San Pedro Alcántara. Poco cabe esperar de tanta vulgaridad. Quienes hemos trabajado en esto no necesitamos reconocimiento alguno, han pasado treinta años y nuestras vidas ya caminan hacia atrás, poco más haremos. Pero el respeto no está reñido con la discrepancia y le haría bien a la consideración social de la Historia.