LECTURAS PARA COMPRENDER EUROPA

Ante el centenario del armisticio (1918) que puso fin a la Primera Guerra Mundial, pocos analistas se han resistido a recordar el conflicto que terminó con los grandes imperios europeos y coloniales, creó estados donde hubo naciones, sembró la semilla de los totalitarismos y, según la conocida teoría de Hobsbawm, sepultó el siglo XIX y dio comienzo al “siglo corto” que acabó en 1989.

Aquella guerra sigue generando una ingente obra historiográfica de imprescindible consulta pero también invita a releer la narrativa testimonial que nos traslada a la Europa que saltó en pedazos, cuando el 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip –a quien el nacionalismo serbio reivindica actualmente como héroe— mató de dos tiros a Francisco Fernando de Habsburgo. Era la víspera de la festividad de San Pedro y San Pablo, un ambiente festivo se respiraba en el parque de Viena en el que Stefan Zweig leía un libro sobre Tolstoi y Dostoievski cuando la música enmudeció y la gente se agolpó frente al comunicado que anunciaba el atentado. En aquella ocasión los vieneses no lloraron al archiduque asesinado como habían llorado la trágica muerte de Rodolfo, el heredero de la corona de los Habsburgo, quien se suicidó en 1889 o el de la emperatriz Isabel, asesinada también en un atentado junto al lago Leman en 1898. La música siguió sonando en Viena, el verano comenzaba y a nadie parecía importarle las disputas eternas en los confines balcánicos del imperio, donde el único episodio que había suscitado algún interés había sido la “intrascendente” guerra de los cerdos. El comienzo de las vacaciones pese a los sucesos de Sarajevo se vivía despreocupadamente en un balneario cercano a Ostende. Allí Zweig vio por primera vez soldados belgas desfilando, aun así aseguró a sus amigos, todos ellos artistas, que los alemanes jamás entrarían en un país protegido por la neutralidad de los tratados. Sin embargo, apenas le dio tiempo a tomar el último tren que de Bélgica partió hacia Alemania, desde donde alcanzó Austria. Casi cinco años después volverá a cruzar la frontera hacía su país. En la estación fronteriza de Buchs, reconoce al pasajero que mira las montañas austriacas desde la ventanilla de un tren. Es el emperador Carlos, la mujer vestida de negro que la acompaña es su esposa Zita. En un pasaje sobrecogedor, Zweig, un judío cosmopolita, sin ser devoto de la monarquía, describe conmovido la marcha del último Habsburgo en dirección contraria a la que a él le llevaba a Austria, pero con la derrota el país que retrata en Un mundo de ayer. Memorias de un europeo, había desaparecido.

La última obra de Stefan Zweig es mucho más que una visión retrospectiva de la Europa anterior a 1914. Su recuerdo de la movilización general, en las primeras semanas de aquel verano inolvidable, no difiere de las narrativas de los desfiles celebrados en las ciudades europeas abrasadas por un entusiasmo “incluso cautivador”, la gente enfervorecida salía a la calle impulsada por un sentimiento patrio al que ni los socialistas fueron capaces de sustraerse.

Margaret MacMillan, comienza su magna obra: 1914. De la paz a la guerra no con la evocación de un desfile sino con la estremecedora destrucción de Lovaina por los alemanes. La desaparición de los doscientos cincuenta mil ejemplares en el incendio de su hermosa biblioteca gótica, de forma metafórica representaba, el fin de la civilización europea. ¿Cómo pudo Europa hacerse esto así misma? se pregunta. La historiadora canadiense realiza un análisis exhaustivo del conjunto de factores que lo explican: la rivalidad comercial, el imperialismo, los sistemas de alianzas, el rearme y, sobre todos ellos, el nacionalismo y la influencia del darwinismo social. A partir de un amplio conjunto de biografías, memorias y testimonios legado por los protagonistas de la diplomacia europea, ha incorporado a su análisis el estudio del comportamiento, la personalidad, las emociones de quienes pudieron en función de su gran poder influir en los acontecimientos. Entre ellos destaca la posición de Alemania, de la que deja constancia las memorias del príncipe Von Bulow, el diplomático que impulsó la idea de la expansión colonial alemana. MacMillan dedica varios capítulos al Káiser Guillermo, totalmente anglófobo a pesar del inmenso amor que tenía a su abuela, la reina Victoria. Un ser errático empeñado en desafiar a Inglaterra construyendo una gran armada al que su primo, el rey Eduardo, detestaba. No menos valiosos resultan los retratos de los emperadores de Austria y Rusia, aún soberanos absolutos y los de los primeros ministros de los estados constitucionales, trazados también, en base a memorias como las de Lloyd George.

A primeros del siglo XX, la política de alianzas entre los estados europeos estaba en marcha, pero la guerra parecía lejana. En la gran Exposición de París de 1900, Europa mostró al mundo un desarrollo tecnológico y de las comunicaciones sin precedentes, un avance de la educación popular y de la elevación del nivel de vida de las clases trabajadoras y de la aplicación de planes urbanos que hicieron a las ciudades europeas más bellas y más habitables.

Es precisamente en la evocación de esta transformación urbana cuando Macmillan recurre a la obra memorialista de Stefan Zweig para quien Viena era la ciudad con más afán por la cultura de todas las europeas. La música, el teatro, la literatura y el arte dieron sentido a un pueblo que tras su humillante derrota frente a Prusia y la pérdida de Venecia frente al joven reino de Italia se proyectó hacía la belleza y la creatividad. El Ringstrasse, fue la más acabada expresión del plan urbano que despojo a Viena de sus murallas mirando al París de Haussmann. El significado de esta transformación es analizado por Josep Casals, en la introducción de Afinidades vienesas, un ambicioso ensayo de Historia Cultural en el que su autor también acude a Zweig, sin embargo ausente de la amplia nómina de músicos, intelectuales, pensadores y artistas que dieron lugar a las corrientes de pensamiento y creatividad emergentes a principios de siglo. Ese marco urbano en el que se materializaron los proyectos de Otto Wagner dando forma al lenguaje de la arquitectura moderna, en el que Joseph M. Olbrich levantó el Pabellón de la Secesión, pintó Gustav Klimt y diseñó Adolf Loos no invitaba al pesimismo.

El Pabellón de la Secesión, Viena. Fuente: Recuperado de internet (http://elfrescodebeethoven.blogspot.com/2010/02/el-pabellon-de-la-secesion-vienesa.html)

El eje interpretativo de la primera parte de Memorias de un europeo es la seguridad en la que creían los ciudadanos del imperio austrohúngaro, no solo porque parecía superada la etapa de las guerras sino también porque se había conjurado el miedo a la revolución social. Stefan fue testigo de la primera celebración del primero en mayo en 1890, la burguesía aterrorizada se había encerrado, se prohibió que los niños acudieran a la escuela, los comerciantes echaron las persianas, se creía que Viena ardería pero solo ocurrió que una multitud de obreros adornados con claveles rojos desfilaron por el Prater cantando La Internacional. La horda revolucionaria no era destructiva y los grandes partidos socialistas europeos, entre los que presta especial atención al austriaco de Victor Adder, se prestaban a la negociación. La vida de la burguesía vienesa, asidua al Burgtheater transcurría blindada tras las cristaleras de aquella “especie de club democrático abierto a todo aquel que quisiera tomarse un café”. Ni siquiera la guerra ruso-japonesa en 1894-1895 ni la de los Boers en 1905 portadoras de una semilla maldita consiguió alterar su ritmo vital.

También los judíos se sentían seguros. Marginados de la vida pública y administrativa, del Ejército y de la diplomacia se volcaron en la protección de la cultura; convertidos en la elite cultural más activa de Europa se refugiaron en las universidades, formaron las más importantes colecciones de arte del siglo XIX y crearon una cultura que no era judía sino vienesa.

No eran los movimientos sociales y políticos los que convulsionaban la estabilidad de los vieneses sino los artísticos. Los ídolos de la joven elite intelectual eran Hugo Hofmanannsthal y Rilke en unos momentos en los que las teorías de Freud y la Secesión sorprendían al mundo.

Puesto que la obra de Stefan es retrospectiva, no es descartable que conscientemente elija recordar aquellos personajes que destinados a cambiar el mundo se habían cruzado en su vida de forma providencial. Fue Theodor Herzl, editor del suplemento cultural del Neue Freie Presse, quien público su primer trabajo y dio a conocer al joven poeta, Zweig se sintió siempre en deuda con él autor del Estado Judío, obra que justificaría la creación del estado de Israel, pero como la generalidad de la elite judía vienesa él no se vinculó al sionismo. También judío fue su amigo Walther Rathenau, un empresario inmensamente rico que creía en el socialismo a quien le tocó modificar las fronteras europeas. Los nazis lo responsabilizaron del recorte territorial que había sufrido el Reich y lo asesinaron en el mismo trayecto que unos días antes había recorrido con Zweig quien también, conoció y admiró profundamente a Karl Haushofer. Este fue el principal teórico del término de “espacio vital” que el autor vienés dice haber interpretado como un instrumento para el acercamiento entre los pueblos y no como el pensamiento pangermanista legitimador de la mayor agresión perpetrada en Europa, quizá por ello afirma desconocer que su amigo hubiera ocupado un lugar prominente en el partido nazi, lo que era cierto, aunque era consciente de la perversidad de su teoría, rechaza condenarlo.

Stefan escribe desde la posición privilegiada de un miembro de la burguesía judía acomodada. Formado en la Academia clasista que era la universidad germánica, su visión es la del poeta y el novelista, de ahí la fidelidad en la evocación de las elites intelectuales, de las que extrae perfiles como el de Richard Strauss, Rudolf Steiner o el pintor belga, Emile Verhaeren. Desde este palco ocupado por el arte y la literatura su mirada sobre la realidad política del imperio sin llegar a ser aséptica procura una aparente equidistancia. De la misma forma que eludió cualquier vinculación con el sionismo, evitó, a diferencia de otros intelectuales, cualquier valoración positiva de la Unión Soviética que visitó en 1928 invitado como delegado de los escritores austriacos al centenario del nacimiento de Tolstoi. Sin embargo, su implicación en el movimiento pacifista que agitó la Europa prebélica fue total y su aversión a los nacionalismos absoluta. Tanto el pacifismo europeo como el norteamericano son minuciosamente analizados en la obra de MacMillan que lo procesa en perspectiva comparada tanto cuantitativa como cualitativamente desde el análisis de los sectores sociales que lo apoyaron –fundamentalmente las clases medias—; como religiosos, profesionales y académicos. En el mundo germánico el pacifismo tuvo, a diferencia del anglosajón, escasa trascendencia. Tal y como afirma Zweig, no fueron pocos los intelectuales alemanes que enaltecieron la guerra e incitaron el odio hacia Francia y Gran Bretaña. Otros como Thomas Mann se mantuvieron al margen de las iniciativas de Rolland quien apoyado por la veterana pacifista Bertha von Suttner, secretaria de Alfred Nobel y el mismo Zweig, impulsó la celebración de una conferencia conjunta de intelectuales encaminada a conseguir el entendimiento mundial sobre la guerra y el mantenimiento de una cultura común europea. Línea que defendió en el famoso alegato antibelicista que fue Jeremías. Esta obra teatral se estrenó en Zurich, en plena guerra, cuando Suiza se había convertido en el refugio de los grupos partidarios de que Austria firmara una paz separada con Alemania y de los socialistas europeos que liderados por Lenin se habían opuesto a la guerra imperialista. El movimiento pacifista fue un síntoma de “indignación ética” que no volvería a producirse. La visión que Zweig proyecta sobre aquel mundo que desapareció es amable, incluso cuando se refiere a la política. Sabía que el partido de Karl Lueger, alcalde de Viena, era ya antes de la guerra abiertamente antisemita y que en el partido pro alemán de los Sudetes anidaba la brutalidad que se manifestaría en los años treinta. Su percepción de un mundo social y políticamente estable, sostén de la cultura y el arte, es el resultado de una visión enfocada en la parte germánica del Imperio y en sus centros neurálgicos, Viena y Berlín. De ahí la necesidad de lecturas que tienen como protagonistas a los actores políticos y a las tierras al este del río Leita.

La Trilogía transilvana, integra tres grandes novelas de Miklós Bánffy: Los días contados (1934), Las almas juzgadas (1937) y El reino dividido (1940). La ficción no es más que un pretexto para retratar con fidelidad el modo de vida, la mentalidad y la cultura de la nobleza húngara de Transilvania. Esta clase aferrada a un pasado que se esfuma, resulta en parte, el versus de la burguesía vienesa: liberal, urbana, cosmopolita y culta. El endogámico grupo pintado por Bánffy, el mismo al que el autor pertenece, es el de la nobleza rural, que visita muy esporádicamente Budapest y vive entre la ciudad de Kolozsvár –actualmente Cluj-Napoca— y sus inmensos castillos, símbolo del poder en un mundo primitivo cuyo ritmo vital está en intima relación con una naturaleza salvaje. Frente a las evocadoras funciones de ópera que eran la obsesión de los vieneses, frente a su sociabilidad en el marco urbano de los cafés, el conde Abady se detiene en el ritual de la cacería, que marcada por el ritmo de las estaciones es junto a los bailes de sociedad el principal espacio relacional; frente al culto al arte que representó la Secesión en Austria, los nobles húngaros oponen el amor a los caballos y se entretienen con la música cíngara. Entre ellos el código del honor se sigue resolviendo mediante el duelo incluso cuando “la ofensa” deriva de las difíciles relaciones políticas en el Parlamento. El protagonista de la Trilogía, el conde Abády, es como Miklós Bánffy, un aristócrata empeñado en la modernización de sus fincas y en la implantación de cooperativas. Su historia es la de una batalla contra un mundo donde las relaciones puramente feudales conviven con una versión del caciquismo rural prendido en redes tejidas por los funcionarios del Imperio. Desde su escaño en el Parlamento húngaro Abady es un testigo privilegiado de la vida política del Estado que se configura en el Compromiso de 1867. De ahí, la proximidad de la obra a la crónica y el peso de lo autobiográfico, lo que justifica, como en el caso de Zweig, las referencias tomadas por Margaret MacMillan.

La década que precede a la Gran Guerra estuvo protagonizada en Hungría por la evidencia de la fragilidad de la unión con Austria, por las tensiones entre el partido de la Independencia y el Constitucionalista y por la radicalización del nacionalismo en Eslovaquia y en Serbia. En El reino dividido, aparece claramente reflejado el papel que la inteligencia austriaca desempeñó en la urdimbre de denuncias falsas por traición a la patria, hábilmente instrumentalizadas para combatir el nacionalismo croata, reactivado a raíz de la anexión de Bosnia (1908). Bánffy traza un nítido perfil de la clase política que lidió simultáneamente con el centralismo del gobierno austriaco, con nacionalidades que como la rumana mostraban posiciones abiertamente resistentes al estado magiar y con el movimiento de reforma del sufragio. Su relato clarifica la complejidad de lo que se llamó el “Avispero de Los Balcanes” donde afloraron todas “las identidades asesinas” y allana la comprensión de los factores que en aquel espacio dieron lugar a la guerra.

Tanto el escritor transilvano como el austriaco despiden un mundo que percibieron como inalterable. En 1918, en palabras de Zweig, Austria “era un tronco mutilado que sangraba por todas sus arterias”. De sus cenizas emergió un país tan cercenado en su territorio como en su espíritu. La mirada que se proyecta sobre la Europa surgida en Versalles es, en Memorias de un Europeo, de desaliento. Aún así, su autor, en los años veinte creía que el mundo podía ser, de nuevo, estable. Por ello, afirma no haber prestado atención a Hitler. Fue en Berchtesgaden, la pequeña ciudad alemana en la frontera con Austria, donde primero vio a jóvenes con botas altas, camisas pardas y brazaletes con la esvástica, se dio cuenta, entonces, de que tras las bandas debían esconderse fuerzas económicas poderosas, pues aquella chiquillada no podía haber sido organizada por el tipo aquel llamado Hitler que pronunciaba discursos en las cervecerías de Múnich. Pero era evidente que recibían instrucción militar y que sus impecables uniformes, los camiones y automóviles en los que se desplazaban necesitaban financiación.

Cuando en una pacifica asamblea fronteriza de los socialdemócratas, camisas pardas irrumpieron a golpes, nadie se alarmó. Zweig lamenta que los periódicos socialdemócratas en lugar de prevenir a la población la tranquilizaran afirmando que el movimiento se hundiría y todo volvería a ser como antes. ¿Cómo podía gobernar Alemania aquel excéntrico charlatán, sin apenas estudios? Incluso cuando aquel tipo alcanzó la cancillería en 1933, los mismos que lo habían empujado pensaban que se trataba de algo transitorio, pero ya era tarde. Había tomado el poder con promesas que contentaban a todo el mundo. A los monárquicos les hizo creer que regresaría el Káiser; a los magnates de la industria que lo habían financiado que domeñaría a los sindicatos; a los militares que Alemania se rearmaría; a los pequeños comerciantes que cerraría los grandes almacenes y a las clases populares depauperadas, las convenció de que los judíos eran responsables de su pobreza. Pero el Nacionalsocialismo se cuidó muy bien de ocultar el radicalismo de sus objetivos.

Después el Reichstag fue incendiado y se culpó sin prueba a los comunistas, el parlamento desapareció y los alemanes horrorizados descubrieron que había campos de concentración y que se asesinaba sin juicio a los disidentes en los centros militares. Zweig abandonó Alemania en 1934, en 1936 su obra fue prohibida –en 1947, lo sería la de Miklós Bánffy en Rumanía y en Hungría, ambas bajo regímenes comunistas—. En Brasil, donde se estableció huyendo del fantasma que recorría Europa, escribió su última obra en un cuaderno de anillas que había comprado en Petrópolis. Cansado de huir del miedo y convencido de que el nazismo dominaría el mundo, en 1942 se suicidó. La más amarga de sus reflexiones fue: ¿Cómo nadie vio en aquellos jóvenes alemanes que quemaban libros en las plazas y en las universidades que aquella era la hoguera que destruiría por segunda vez Europa? ¿Cómo no se vio? ¿Cómo aquí y ahora no lo vemos?

Quema de libros en la Plaza de la Ópera, Berlín, 10 de mayo de 1933. Fuente: Bundesarchiv_Bild_102-14597,_Berlin,_Opernplatz,_Bücherverbrennung.

Nuevas consideraciones sobre la Básilica Vega del Mar

Conferencia del arqueólogo Miguel Requena Cueto:

Nuevas consideraciones sobre la Básilica Vega del Mar

Excavación de Pérez Barradas, 1931. Archivo fotográfico Temboury

Jueves 29 de noviembre de 2018, a las 20:00 h.

Centro Cultural – Plaza de la Libertad – San Pedro Alcántara

Cartel anunciador [PDF]

 

Historia, Documentos y Sociedad

“Documentos, información y memoria: el acceso a las fuentes documentales”
Modera:
Dña. Esther Cruces Blanco, directora del Archivo Histórico Provincial de Málaga.
Intervienen:
D. Javier Giráldez Díaz, director general de Memoria Democrática, Junta de Andalucía.
Profesor Severiano Fernández Ramos, catedrático de Derecho Administrativo de la Fundación General de la Universidad de Cádiz.
Profesora Mª Dolores Ramos Palomo, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga.
Profesora Encarnación Barranquero Texeira, profesora titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga.
Martes 13 de noviembre a las 19:00 en el Salón de Actos del Rectorado de la Universidad de Málaga (Paseo del Parque).
El evento está integrado en el Ciclo “Historia, documentos y sociedad: 1968 y la Transición española”, cuyas actividades tienen lugar los segundos martes de cada mes, entre octubre de 2018 y mayo de 2019. El Ciclo forma parte de un Proyecto Estratégico de colaboración entre la Universidad de Málaga y el Archivo Histórico Provincial de Málaga.

Mujeres y luchas sociales en el primer tercio del siglo XX andaluz

Los próximos días 6, 7 y 8 de noviembre, bajo la coordinación académica del profesor Francisco Acosta, tendrán lugar en Fernán Núñez (Córdoba) unas jornadas científicas convocadas con motivo del centenario del trienio bolchevique cordobés, denominadas 100 años del trienio bolchevique en Córdoba. El legado del siglo XX hoy. Como se puede comprobar en el programa de las jornadas, el encuentro aborda problemáticas que trascienden el acontecimiento para explorar, a partir del mismo y contando con destacados especialistas, todo un siglo de combates políticos y sociales.

Nuestra aportación tendrá lugar el día 7 de 12:30 a 13:30:

Mujeres y luchas sociales en el primer tercio del siglo XX andaluz

La derrota bajo tierra

Nueva publicación

BARRANQUERO TEXEIRA, Encarnación y PRIETO BORREGO, Lucía: La derrota bajo tierra. Las fosas comunes del franquismo, Comares Historia, ISBN: 978-84-9045-738-2, Granada, 2018.

LA DERROTA BAJO TIERRA expone la situación de un problema pendiente en España, que empezó con la Guerra Civil y que sigue sin resolverse ochenta años más tarde. Mientras, en su mayor parte, las víctimas de la violencia del período republicano fueron enterradas, dignificadas y homenajeadas, las víctimas del franquismo permanecieron, con escasas excepciones, en el anonimato y en fosas comunes, de las que han sido exhumadas una mínima parte –según los cálculos menos de un 0,7%—.

En este trabajo se muestran las gestiones de la memoria mantenidas en la atapa franquista, durante la Transición y ya en el siglo XXI, cuando los movimientos sociales más activos de nuestro tiempo presente, conocidos como de recuperación de la memoria histórica, han centrado buena parte de sus actividades en investigar y exhumar parte del conjunto de fosas, con más o menos ayudas institucionales, en las que permanecen las que se suponen 114.000 personas desaparecidas. A lo largo de los capítulos del libro se muestran los cambios en la legislación, la implicación, las recomendaciones de los organismos internacionales y las actuaciones que se han llevado a cabo en las diferentes comunidades autónomas.

El libro está elaborado por dos historiadoras, que consideran, desde el punto de vista de la disciplina a la que se deben, que la arqueología viene aportando al conocimiento histórico valiosos datos, pero también son conscientes del impacto que las políticas de memoria han tenido en este ámbito, con sus logros y sus faltas y de la polémica actual en la  que se inserta. Así, quieren contribuir al debate social sobre la necesidad de superar los traumas de la guerra, que pasa, para unos, por cerrar el libro de nuestra historia de un seco golpe y, para otros, por pasar página tras haberla conocido.

Créditos y sumario [PDF]

 

Mujer, moral y franquismo

El próximo lunes 29 de octubre, a las 19:00 h.,

en el marco del Máster Oficial en Igualdad y Género de la UMA se presenta la investigación de Lucía Prieto Borrego:

Mujer, moral y franquismo: del velo al bikini

Intervienen:

Rosario Moreno Torres-Sánchez
UMA Editorial

María Dolores Ramos Palomo
Catedrática de Hª Contemporánea, directora del Seminario de Estudios Interdisciplinar de la Mujer / UMA y directora de la colección Atenea. Estudios de género

Carmen Cortés Zaborras
Profesora Titular del Dpto. de Filología Francesa y miembro de la Asociación de Estudios Históricos sobre la Mujer / UMA

Lugar: Sala de Juntas  (Facultad de Filosofía y Letras)

Moral y miseria. Málaga, puerto de los pecados

Andalucía en la Historia Nº 62. Octubre 2018

Este nuevo número de la revista Andalucía en la Historia, incluye nuestro artículo «Moral y miseria. Málaga, puerto de los pecados», pp. 62-67.

Resumen:

El Patronato de Protección a la Mujer fue creado en 1941 con una finalidad preventiva de la explotación sexual de las mujeres jóvenes y la rehabilitación de prostitutas. Fue un proyecto de inspiración católica al servicio del control de la conducta sexual femenina. El Patronato fue encargado de forma oficial de procesar y caracterizar el fenómeno de la prostitución que a partir de un estudio de caso –Málaga— aparece en esta ciudad, vinculado a las consecuencias de la Guerra Civil y de la represión.

Vista del puerto, Paseo del Parque, Jardines de Pedro Luis Alonso y Ayuntamiento de Málaga, años cuarenta. Fuente: Pérez Bermúdez, Archivo Municipal de Málaga, Archivo Gráfico. Signatura 1 – C – 16 – 2388.