Grand Hotel Europa

PFEIJFFER, Ilja Leonard (2021): Grand Hotel Europa. Traducción de Gonzalo Fernández Gómez. Narrativa del Acantilado, 347. Barcelona: Acantilado.

Al lector que se acerca a esta obra le atenaza el temor a no estar a la altura de un relato complicado. Admite con resignación que solo historiadores del arte pueden disfrutar del ritmo que marca la obsesiva búsqueda del último cuadro de Caravaggio.

La tormentosa vida del más irreverente de los pintores barrocos es bien conocida. Sin embargo, la minuciosidad con la que el autor aborda su programa iconográfico invita a la retirada de una materia en la que el profano se siente intruso. Pero quien regala un libro así, merece que le cuenten el final. Sí, al menos, bajo un sol ardiente, en Roma se vio obligado a peregrinar a Santa María del Popolo y a San Luis de los Franceses. A esas iglesias se dirigen los enamorados del tenebrismo.Ilja Leornard Pfeijeffer, poeta y escritor holandés, presta su nombre y su oficio a un personaje literario. Culto, refinado, elegante, cosmopolita y económicamente solvente, el Ilja ficticio se refugia en el Grand Hotel Europa.

Allí, en una suite decadente, decorada con antigüedades, relata su complicada relación con una historiadora del arte y escribe con lágrimas de tinta sobre su abandono y el desamor. Antes, la pareja ha vivido su enamoramiento en Génova, Venecia y La Valeta. La ciudad de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén puede acoger, según la teoría de su novia, experta en el pintor, un cuadro con la imagen de la Magdalena que nunca ha sido encontrado. La hipótesis se apoya en el estudio iconológico de las tres obras que el pintor regaló, poco antes de morir (1610), al cardenal Borgüese.

Quizá el autor elabora la imaginativa trama novelesca a raíz del sorprendente hallazgo (2014) del famoso cuadro extraviado. La experta –real— en Caravaggio, Mina Gregori lo identificó en una colección privada holandesa. Para Clío, la historiadora ficticia, el cuadro hallado no puede ser la Magdalena pintada para el cardenal Borgüese. Su iconografía no es la del arrepentimiento sino la del pecado; es una pintura cuya carga erótica impide que sea destinada a una jerarquía eclesiástica por lo que debió ser destinada a la Orden de Malta. Y asegura que en aquel antiguo enclave británico se encuentra el cuadro.

Louis Finson, Magdalena en éxtasis (copia de Caravaggio). Hacia 1612. Marsella, Museo de Bellas Artes. Fuente: ARS Magazine, https://arsmagazine.com/las-magdalenas-de-caravaggio-se-descubren-en-paris/.

Tan solo la elección de los escenarios italianos, tratados como literatura viajera, justifica el inevitable apego a la novela. Incluso si solo fuera una novela, pero no lo es. El lector advierte que está prendido en una red tejida con hilos de ficción y de realidad, que el pasado y la actualidad se superponen. Y recobra la confianza al comprobar que está ante un ensayo presentista.

El relato inventado que Ilja escribe en el Grand Hotel es como la sombra en la pintura de Caravaggio: la envoltura que da sentido a una escena iluminada. Como en San Luis de los Franceses, Cristo señala a Mateo a través de un rayo de luz, la pluma de Pfeijeffer señala a Europa.

Sobre el continente se proyectan algunas de las claves del mundo contemporáneo. El autor elige analizarlas mediante el debate intelectual. Su alter ego dialoga en los salones del Grand Hotel con Patelski. Un contertulio que supone profesor de Historia, filosofo, politólogo y hombre de letras, en definitiva un humanista. Para él, Europa solo es pasado. Lo que define a Europa es el peso de la Historia y siguiendo a Steiner afirma que no existe una identidad europea con anterioridad al siglo XIX. Sería pues un asunto, como el nacionalismo, derivado del afán de la burguesía. De ese argumento, deviene la preocupación por los peligros que acechan a la cultura europea. Ambos personajes, asumen la europeidad como procedente de una civilización, simbiosis de la verdad revelada y de la razón. Una interpretación que preocupa diferenciar de la extrema derecha que contempla solo la herencia judeocristiana, ahora amenazada por el Islam.

La inmigración es un tema recurrente en ese debate que entretiene las veladas, sobre todo, porque el entrañable Abdul, un muchacho acogido por el director del hotel, es la personificación del refugiado. Ha aprendido a hablar la lengua de su nueva patria y, tras sobrevivir a la travesía de un desierto de arena y otro de agua, lee a Virgilio. Quien conoce la historia de cualquier Abdul, dice Patelski, lo considerará un hermano pero muchos refugiados serán percibidos como una amenaza. Desde su humanismo se distancia del rechazo a la emigración. Quienes pretenden cerrar la puerta al refugiado ignoran que la migración obedece a situaciones provocadas por guerras que desencadenan los intereses del mundo occidental y que la pobreza procede de la explotación colonial de África por los europeos. Europa debe revertir el flujo migratorio en su propio beneficio pues su sistema social es insostenible sin el emigrante.

Si Abdul es el pretexto para abordar el tema del refugiado, la búsqueda de la Magdalena en Malta es utilizada para denunciar la política migratoria del microestado que acepta los cadáveres que devuelve el mar pero impide la entrada de migrantes vivos. Allí no hay personas de piel oscura porque estorbarían la principal vocación de la isla, el turismo. Precisamente este fenómeno es a lo largo de la obra contrapuesto varias veces con el de la migración. La conclusión es evidente: Europa acepta a quien viene a gastar dinero pero rechaza a quien pretende obtenerlo trabajando.

Con los efectos del turismo de masas el autor es implacable. Los analiza en dos ciudades que conoce bien: Venecia y Ámsterdam. Ambas a partir de la traumática transformación de su fisonomía y de sus funciones pueden ser igualmente Barcelona o Málaga. Las ciudades europeas han vendido su alma al turismo, han convertido sus centros históricos en parques temáticos en los que han desaparecido los comercios tradicionales fagocitados por las franquicias. Sus habitantes han sido expulsados por los astronómicos precios de los alquileresy su gastronomía basada en los productos autóctonos ha sido desplazada por la comida basura que permite un consumo rápido.

El autor proyecta su visión sobre el turismo de masas a partir de un desprecio absoluto a la apariencia y comportamiento del turista. Su mirada es elitista, al fin es un intelectual acomodado que camina por Venecia con una estudiada combinación de traje y camisa de seda. Una ciudad tan distinta a la descrita por Jan Morris –que la vivió cuando era hombre y la volvió a mirar cuando fue mujer— que exaspera al autor. Pero el abordaje del fenómeno turístico va más allá del sarcasmo y de la ironía del novelista. El analista disecciona el proyecto MOSE diseñado en la década de los ochenta para detener el hundimiento de Venecia. Un proyecto sin culminar que ha derivado en uno de los mayores casos de corrupción en Italia. No con menos rigor analiza el caso de Holanda. Son los intereses económicos de las empresas multinacionales y extranjeras, minuciosamente enumeradas, las que se benefician del turismo en su país. Para el amigo neerlandés de Ilja, ese turismo masivo y depredador causa perjuicios a los propios holandeses y suponen costes para el sector público que propicia el enriquecimiento de unos pocos inversores.

El turismo, según los argumentos que recoge el narrador para una supuesta novela, puede tener mayor capacidad de disolución de culturas e identidades locales que la emigración. Pero si el interés económico desmedido sirve para disolver identidades también sirve para construirlas.

Europa sólo se sostiene por el legado de un pasado que, paradójicamente, tiene la capacidad de destruirla pero también otros pasados se construyen en territorios que fueron porosas fronteras del Islam. De nuevo una ciudad sirve al interés del autor por la identidad. Bajo el pretexto de presentar su última novela, el protagonista viaja a Skopie ¿Cómo no recurrir a la tormentosa historia de los Balcanes? En aquella ciudad, la de las mil estatuas, el escritor queda estupefacto por la hiperbólica representación de la historia de Macedonia. Pero las estatuas no son de bronce y la arquitectura no es real. Es un megalómano proyecto urbanístico, diseñado en 2014 para la imprescindible creación de una nación cuyo nombre los griegos consideran una impostura. La impresionante estatua ecuestre de Alejandro Magno, impactante por sus dimensiones, horroriza al espectador. Representa la victoria de los macedonios del norte sobre sus vecinos. Para el autor es tan inverosímil la pretensión de convertir al hombre que helenizó el mundo antiguo en un príncipe provinciano, como que los griegos olviden que un rey macedonio conquistó la Hélade.

La creación de paisajes urbanos de estilo socialista-nacional fue común, ya durante las últimas décadas de la URSS, a las repúblicas destinadas a ser estados independientes. Pero el culto al mito a través de la arquitectura se desarrollará en el espacio postsoviético como en Astana, capital de Kazajistán o en la capital de Uzbekistán cuya plaza está dedicada a Tamerlán. No resulta, pues, extraña la analogía con la plaza de Skopie. Quizá sea el efecto que la arquitectura del poder causa en un esteta como Ilja, lo que explique su tono cáustico del argumento que niega el valor de la Historia a la para asociar un territorio a una nación. Pero mucho peor que la invención del pasado es que dos comunidades se lo disputen. Esa es la tragedia de Macedonia, afirma dolorosamente una guía cuando se le pregunta por la convivencia con los albaneses. Ese pueblo islamizado quedó en 1912 fuera de las fronteras recién trazadas de Albania y desde entonces ha clamado por su ser nacional en Macedonia y Serbia. Tito quiso que fuera yugoslavo dotando de una autonomía a Kosovo que Milosevic les sustrajo. Fue el detonante de la desaparición de Yugoslavia.

Del papel jugado por el pasado en naciones que han nacido anegadas en sangre ha advertido suficientemente Todorov. Las últimas guerras del siglo XX han sido identitarias y necesariamente el conflicto étnico había de tener cabida en una obra que se interroga por la identidad del europeo.

El título del libro hace referencia a un espacio tan seductor como irreal del que el lector ignora su localización. El Grand Hotel con su biblioteca, su chimenea, sus retratos al óleo, su gran lámpara de cristal y su monumental escalera evoca la plácida vida de la burguesía decimonónica. La misteriosa anciana que vive recluida en un apartamento del hotel es una metáfora de la vieja Europa. Muere cuando un empresario chino compra el establecimiento y sustituye las pinturas al oleo por laminas vulgares. El señor Wang es la potencia económica emergente que convertirá el exclusivo establecimiento en un hostal para clientela asiática. Los exquisitos huéspedes son también personajes metafóricos; la élite intelectual, Patetelky; la elegancia y el buen gusto del burgués liberal, el protagonista; el intratable turismo de masas, la familia americana. Abdul es la metáfora del migrante y el señor Montebello, de la decadencia El autor parece resistirse a que el legado europeo tenga precio en Abu Dabi. Porque el Grand Hotel, es decir Europa, posee el cuadro que ningún jeque del desierto alcanzará: la Magdalena Penitente de Caravaggio: humillada y arrepentida. Este final impredecible parece ser la advertencia de un europeo: la herencia cultural de Europa sobrevivirá a su decadencia.