Identidades asesinas

 

MAALOUF, Amin: Identidades asesinas. Traducción de Fernando Villaverde. 1ª ed. Madrid: Alianza Editorial, 1999.

Este ensayo que ha cumplido dos décadas no es por tanto novedoso. Reseñado en múltiples medios, ha sido desde su aparición debatido y comentado. No ha perdido actualidad, se relee hoy desde la perplejidad que causa la normalización de discursos que retrotraen al clan.

El hilo conductor de la obra parte de una interrogación ¿Por qué tanta gente mata y muere en conflictos relacionados con la Identidad? La identidad es un concepto que el autor renuncia a definir pero que admite integrado por múltiples componentes, sin que sea sustantivo el derivado del nacimiento que determina a su vez la pertenencia. La experiencia vital de Maalouf permite entender el desgarro de “las personas fronterizas”, aquellas que no pertenecen solo a una comunidad y que expuestas a fracturas emocionales sirven de puente entre unas y otras, siempre condenadas a elegir. En este espacio de presión sitúa el fanatismo que lleva a morir y a matar por la identidad.

El autor, árabe cristiano, nacido en 1949 en el recién creado estado del Líbano, quizá el más híbrido de los territorios del antiguo imperio otomano, aunque elude el análisis de las guerras fratricidas que en los setenta pulverizaron su país sí refiere los efectos de la complejidad religiosa sobre su propia familia. El libro se publica en 1999, al final de una década que ha visto desaparecer la Unión Soviética y emerger en su vasto territorio estados nacionales en el Báltico, en el Cáucaso, en las orillas del Mar Negro y en Asia central; la recuperación de la soberanía por las naciones que en el siglo XIX habían protagonizado “la primavera de los pueblos”: la polaca, la húngara y la checa; el genocidio en Los Grandes Lagos y la emergencia de los movimientos islamistas. En conjunto una fenomenología de fuerte componente identitario.

Pero Maalouf elige como paradigma del potencial destructor de las identidades, los conflictos balcánicos de los años noventa. No parece una opción aleatoria. Fue en Yugoslavia donde a partir de 1992 comenzó la agonía del siglo que nació en 1914 en Sarajevo. Cuando aparece Identidades Asesinas, los Acuerdos de Dayton, firmados en 1995, han cerrado el conflicto en Bosnia de la única forma posible, el reconocimiento de estados étnicos, sin afinidad –Tzvetan Todorov— con los estados democráticos. Cuando Maalouf escribe, los entonces bosnios musulmanes, croatas católicos y serbios ortodoxos –en la década anterior, simplemente yugoslavos—están siendo obligados a elegir entre las identidades básicas de la religión y la pertenencia.

A esta realidad el autor opone una de sus tesis centrales: la identidad de un individuo se compone de múltiples aportaciones que lo diferencia de todos los demás. La identidad lejos de ser inmutable depende de las circunstancias vitales y las identidades comunitarias construidas en oposición al otro, allí donde alguno de los componentes es amenazado, engendran el fanatismo y la violencia. Es precisamente el peso de cualquier amenaza, ofensa o agravio al elemento identitario desde el que explica la tensión norte-sur, occidente-oriente, cristianismo-islam.

En el segundo capítulo la tesis fundamental se formula desde el discurso historiográfico pues a los historiadores no les interesa tanto el mensaje religioso como el comportamiento de las sociedades que siguen un determinado sistema de creencias, no son las sociedades las que se adaptan a las religiones sino al contrario. Desde esta idea desmonta las teorías que culpabilizan al Islam del atraso del mundo arabo-islámico en relación a la civilización cristiano-occidental; niega que las ideas de libertad, igualdad y tolerancia que han definido la modernidad en occidente se hayan configurado desde el cristianismo y que su versus, despotismo e intolerancia sean elementos constitutivos del Islam.

Desde la premisa de que las religiones se transforman en la medida que se transforma la sociedad demuestra de forma certera la adaptación final de la Iglesia a los principios de las sociedades secularizadas. Unos principios, que advierte, fueron impuestos por sectores precisamente antireligiosos y aceptados por la Iglesia con resistencias. El Islam no fue siempre inmovilista e intolerante. Esta afirmación parece responder a lo que acontece en el mundo musulmán en los años previos a la publicación del libro: la guerra civil en Argelia y el establecimiento del régimen de los talibanes en Afganistán. Frente a las imágenes del horror, la violencia y el fanatismo, Maalouf opone la visión de un Islam tolerante, abierto al pensamiento científico y al sincretismo cultural, en tanto que durante los siglos de su esplendor no se sentía amenazado. Después, estancado entre los siglos XV al XIX, el mundo árabe no se modernizó y quedó al margen de la revolución tecnológica pero su desconfianza y la agresividad de los movimientos islamistas actuales no proceden del Islam.

Si bien en este análisis no aparece el término colonialismo es obvio que este fenómeno es el referente sobre el que sitúa la irrupción de una civilización en un mundo que la recibe a base de renuncias de lo propio y que la percibe con las representaciones identitarias del otro. Entonces, las respuestas reactivas son portadoras de los elementos culturales que de forma más atávica se oponen a la modernidad. Esto que es aplicable a los movimientos islamistas no lo es de forma generalizada al mundo arabo-islámico en el que aún en época otomana hubo intentos de modernizar unas sociedades, destinadas a ser colonizadas. Fue el caso de Egipto donde se hizo realidad la mayor obra de ingeniería hasta entonces proyectada, el Canal de Suez que abierto en 1869 se convirtió en el más operativo instrumento de dominación colonial.

El análisis de la tensión oriente-occidente no puede agotarse en la consideración de los componentes exclusivamente religiosos por determinantes que en ciertas coyunturas estos hayan sido. De esta importancia da buena cuenta la insuperable obra de Eugene Rogan, sobre la Primera Guerra Mundial en Oriente Próximo. Los turcos proclamaron la Yihad en Argelia y en los territorios norteafricanos para sublevar a los musulmanes contra las potencias coloniales; miles de musulmanes caídos en Francia en manos de los alemanes fueron liberados para luchar, en nombre del Islam, contra el ejército que los había alistado; el alto mando otomano no dudó, para neutralizar la desafección de los chiitas iraquíes, en hacer pasar por una reliquia con poderes especiales un supuesto estandarte de Alí y la sublevación de los cristianos contra el Islam, alentada por Rusia, precipitaría el genocidio armenio. Pero la reacción contra occidente no se va a manifestar, al menos hasta finales del siglo XX, en el islamismo sino en el nacionalismo emergente en los estados árabes surgidos de la descolonización. Como no podía ser de otra forma, Maalouf se refiere a Nasser. Cualquiera que oiga su voz, cuando anunciaba en 1956, la nacionalización del Canal de Suez, entenderá el magnetismo que ejerció sobre miles de árabes dispuestos a apoyar el ideal panarabista. Un líder que pretendió –como en Turquía, primero y como en Siria, Irak y Argelia, después— la secularización de la sociedad.

Este ensayo más centrado en aspectos culturales que políticos no obvia que en el fracaso del nacionalismo germinó el radicalismo religioso de las décadas venideras. Esta línea de interpretación está más que argumentada por orientalistas como Kepel, Sami Nair y Olivier Roy. En España, entre otros, Antoni Segura ha analizado de forma exhaustiva la supremacía de los factores geoestratégicos sobre los religiosos. Maalouf no identifica los fracasos militares que dan lugar a la aparición de “velos y barbas de protesta”. Evidentemente se refiere a las derrotas egipcias frente a Israel. La estrella de Nasser se apagó cuando el 5 de junio de 1967 aviones israelíes atacaron su territorio. En seis días el ejército hebreo ocupó la Cisjordania, arrebató Jerusalén a los árabes y a los egipcios el Sinaí. Aunque en el ensayo no se menciona la trascendental coyuntura de los años setenta, para su mejor interpretación ha de tenerse en cuenta lo que vino después. La reaparición de los Hermanos Musulmanes reprimidos por Nasser, el terrorismo que acabó con Sadat, el islamismo radical no tiene un origen exclusivamente religioso. Germinan en la frustración de los fracasos frente a Israel, en la aparición de la República Islámica de Irán y en la invasión soviética de Afganistán. Aquí los muyahidines, armados y financiados por la CIA en los años ochenta, se convertirán tras su paso por Bosnia y Chechenia en el azote de occidente.

El amplio argumentario desde el que se intenta explicar porqué la humanidad se autodestruye en nombre de la identidad da paso, en la segunda parte del libro, a la exposición del posicionamiento personal del autor. Admite, no sin pesar, que a finales del último siglo cada vez un mayor número de individuos se reconocen en la pertenencia a una religión. Entiende que el hecho puede estar relacionado con la importancia que tuvieron los movimientos religiosos en la oposición anticomunista, triunfante tras la desaparición de la URSS, pero sobre todo con la paradoja que encierra la Globalización: en un mundo cada vez más uniformado se manifiestan de manera más agresiva las particularidades. La posición de Maalouf es esencialmente humanista, no está en contra de la religión sino del determinismo que ejerce como componente sustantivo de identidades únicas porque ello lleva al conflicto y al enfrentamiento. Aboga por una identidad universal que proyectada en la defensa de los derechos humanos equilibre la tensión entre universalidad y diversidad cultural. El concepto de universalidad no es sinónimo de uniformización y mucho menos del de hegemonía.

El hecho de que aún en 1999, el autor asimile la imposición de una dominación cultural con EEUU es indisociable del momento histórico en el que escribe. Una vez desaparecida la URSS, la Guerra Fría se habría resuelto a favor del modelo político, económico e ideológico americano –Fukuyama—. Dos décadas después los acontecimientos darán la razón a su argumento de que una identidad cultural engendra reacciones tanto más agresivas en cuanto que ve amenazada su supremacía ¿A qué si no el fenómeno Trump? ¿Por qué la altivez de Putin? Pero entonces, en 1999, aun podía preguntarse por las posibilidades de una imposición cultural única que conllevaría reacciones retrogradas y violentas.

La última parte del libro gira en torno a los efectos de la mundialización, visibles en actitudes defensivas de las sociedades que pueden verse amenazadas. No se trata ya del mundo islámico. Es un fenómeno cuya significación global obliga a impedir que germinen identidades letales y a garantizar la libertad individual de expresar pertenencias que no pueden ser percibidas como excepcionales.

Si en las primeras páginas del libro, el autor se centra en la religión como elemento identitario, sus últimas reflexiones se dedican a la Lengua. Un elemento más determinante que las creencias porque una persona puede vivir sin tener una religión pero no vivir en comunidad sin tener una Lengua. Prohibir a un individuo el empleo de su lengua materna es más peligroso que prohibir la religión y allí donde se implante la uniformidad lingüística surgirá un conflicto de identidades. La política de asimilación desarrollada en Argelia es el caso que mejor conoce pero los ejemplos que pone, entre ellos el de Cataluña, son múltiples.

¿Cómo se resolverá en el futuro la convivencia entre pertenencias tan plurales como cercanas? Quizá por el conocimiento de la experiencia de Líbano, el autor advierte de los peligros del reparto de cuotas de poder en función del grupo étnico y duda de la justicia absoluta de políticas legitimadas por el respaldo de las mayorías en Estados multiétnicos.

Las dudas formuladas a partir del conocimiento histórico y de la intrahistoria familiar se proyectan en la visión de un futuro esperanzador, la patria común de una humanidad, diversa y plural en la que ninguna particularidad se sienta ni minusvalorada ni excluida. La visión proyectada en Identidades asesinas no deja de ser optimista. La amenaza de la uniformización cultural impuesta es cierta pero la posibilidad de resistirla también y los instrumentos para combatirla proceden de la tecnología que ha hecho posible el mundo globalizado.

La obra de Amin Maalouf configura un mundo fragmentado por pertenencias que han ensangrentado la última década del siglo XX. El autor parece esperar, más que creer, que en el siglo XXI será innecesario hablar ya de identidades. Esta fe, en 1999, podría tener cierto fundamento. Huntington había hablado de “choque de civilizaciones” pero también, las barbaries derivadas de la limpieza étnica en África y Yugoslavia habían provocado respuestas reactivas desde el ámbito del derecho humanitario. La creación de tribunales Ad Hoc e internacionales suponía el fin de la impunidad para las violaciones de los derechos humanos. En Oriente Medio aún se creía posible la creación del estado palestino acordado en 1991 en Oslo. Pero, a principios del milenio Sharon se paseo un viernes por la explanada de las mezquitas, provocó la segunda intifada y los palestinos fueron emparedados; el yihadismo convirtió a Occidente en una ratonera; después Rusia aparcó el acatamiento y recupero su aspiración imperial; EEUU sintió amenazada su identidad blanca y protestante y puso al frente del mundo a un fanático. En Europa el ascenso de la extrema derecha y el Brexit amenazan la realidad imaginada de una identidad, suma de las nacionales.

La tribu estrangula a la nación y los mitos desplazan a la historia. Incluso el concepto de identidad o pertenencia se ha rebajado, aquí y ahora, a niveles tan primarios que simples aficiones como cazar o ver morir a un toro ensangrentado aspiran a ser constitutivos de una y única identidad nacional.