ALGO VA MUY MAL

Algo va mal de Tony Judt (2010) sitúa la degradación de los programas políticos, basados en el interés colectivo en los años ochenta, cuando se desarrolla la privatización de los servicios públicos, se generaliza el culto a la riqueza y entra en crisis el estado intervencionista, garante de los derechos sociales. Es un ensayo imprescindible al que remito a los alumnos que me interrogan sobre el fenómeno Trump y el “Brexit”. Mediante los estudios de caso de Reino Unido y EEUU, Judt sostiene que cuanta más riqueza genera un país más amplia es la desigualdad, más se incrementa la tensión social, mayores son las injusticias de clase y los privilegios. Factores desde los que explica unos procesos que tienen su origen en el mandato de Ronald Reagan y Margaret thatcher. La argumentación principal de su obra gira en torno a la desaparición progresiva y, ya aceptada por la ciudadanía, de la desaparición de lo común que ha generado un enriquecimiento extremo y unos niveles de ostentación hasta el momento desconocidos.

El análisis del proceso me remite inevitablemente al paradigma del expolio que es Marbella. Poco queda por decir de Jesús Gil si no fuera por la perversidad de su herencia. Bajo su mandato se aceptó como normal la progresiva ocupación de espacios públicos por empresas como “La Pesquera”, que construyó su restaurante sobre el Teatro Municipal; la venta de Sierra Blanca –el último episodio de la desaparición de los comunales—; la ocupación de la línea de costa; la creación de una red de empresas municipales servidas por clientelas en sustitución del funcionariado; la privatización de servicios públicos y la concesión salvaje de obras y proyectos privados. Menos análisis han merecido y –sería imprescindible hacerlo— la configuración del amplio consenso social del gilismo en Marbella, implantado con un discurso anti sistémico, periférico a la democracia, al sistema de partidos y “sin ideología”. Este último extremo horroriza, porque fue un concejal de Gil quien quiso reponer el busto de Franco en la plaza de los Naranjos; porque el mismo Gil, llamaba a sus detractores, rojos, babosos y comunistas; porque puso al servicio del culto a su personalidad –rasgo común a todos los autoritarismos— a la televisión y la radio pública; porque bajo su mandato hubo muchos episodios de violencia policial, justificada como en todos los sistemas antidemocráticos por la autoría institucional.

Como no tenía ideología, sus seguidores también eran “neutros”. Ello no impidió que los más visibles –a los que se llamó palmeros— movilizados hábilmente contra la Guerra de Irak por Julián Muñoz, vociferarán –los vi en una manifestación contra el PP— e insultarán a Ángeles Muñoz, entonces en la oposición. En mayo de 2008, los mismos actores la aclamaban, como la harán la semana próxima, con vítores y palmas e insultando –como ya están haciendo en las redes— a los que a quienes aun sabemos distinguir entre la izquierda y la derecha.

Estos grupos “sin ideología” llevan más de dos décadas sosteniendo en Marbella el gobierno de la derecha y participan del sistema de valores conservador que simboliza el Partido Popular. Valores a los que en Marbella se ha sumado otras de las visceralidades del conservadurismo español, el nacionalismo. La exaltación “patria” en su vertiente local se ha manifestado en un discurso muy agresivo –particular e injustamente focalizado en “la delegada de Cultura”— contra los representantes del partido que aspira a la soberanía municipal para San Pedro. Estas sensibilidades “ultra”, no necesariamente vinculadas al PP, han apoyado un discurso cismático, han criticado la política cultural destinada a promocionar la historia y el patrimonio de San Pedro; han boicoteado el Trapiche de Guadaiza y han cuestionado la existencia de una historia propia. Como los políticos del OSP tampoco tienen ideología, olvidan, los historiadores no.

La negación de la ideología es la más perniciosa herencia del gilismo pues sustituyó el principio de la acción política por el de la gestión administrativa. Esto permite a los individuos distanciarse de las ideas y sustituir la lealtad a los principios cívicos por la aceptación de que el gobernante puede y debe reservar una parte de los recursos para su beneficio y el de sus apoyos. De ahí, la progresión y el mantenimiento del expolio. Expolio es el mantenimiento y la explotación de los bienes y recursos vendidos por el Gil en manos privadas. La privatización del subsuelo como el aparcamiento del Francisco Norte –cuatro euros la hora— y el del gimnasio Supera –tres euros— que con el logotipo del Ayuntamiento de Marbella se ha plantado sobre el cauce del Río Huelo. Como antes otro centro deportivo semiprivado –y sin ningún control sobre su gestión— se ubicó sobre el de la Represa; expolio es que El Barrio se haya quedado sin playa y que se den licencias a empresas y chiringuitos que cobran por poner la toalla sobre la arena…; expolio es la forma como las terrazas se adueñan de las calles.

Resultado de la detracción de la renta pública es el agudo contraste entre la opulencia y la degradación de los servicios: la ciudad de la Milla de Oro vela a sus muertos en habitáculos tan lóbregos como las cárceles de la posguerra; no tiene aparcamientos en los centros de Salud y lleva años con una biblioteca municipal provisional.

El expolio no es solo el resultado de haber vendido durante las dos décadas –en las que, insisto, ha gobernado la derecha— servicios y bienes municipales sino también la ausencia de controles que impidan el abuso de los concesionarios sobre las necesidades del ciudadano. El ayuntamiento actual ha heredado ese lastre de concesiones a precio de saldo y una plantilla municipal que conformada, en parte, por las clientelas de las corporaciones anteriores –ampliadas también con las suyas— configura un capital humano excedentario pero no siempre asimilable a las necesidades de servicios que terminan siendo deficitarios.

Por mucho que se empeñen en negar la ideología, resolver la tensión entre lo público y lo privado es una cuestión ideológica. Este Ayuntamiento ha intentado, como poco, buscar un equilibrio. Lo ha intentado en la plaza de los Naranjo, sin que se haya movido una mesa; en la revisión de las concesiones; en la regulación del Starlite, la empresa que desde la ocupación de la cantera cree haber dado a Marbella lo que siempre le ha sobrado: prestigio y fama. Esto es política de izquierda que apunta a corregir el abuso pero también amenaza atávicos privilegios particulares que los ayuntamientos anteriores han permitido. Y eso, ni los poderes económicos ni los fácticos lo van a permitir. Esa y no otra es la razón por la que el PP ha recurrido a una alianza con “el diablo”.

De forma paradójica, frente a la tímida política tendente a la recuperación del patrimonio común, la delegación que tiene el OSP se ha ido inhibiendo hasta dejar la política cultural, eso sí divulgada con medios públicos, en manos de particulares, de fundaciones privadas y entidades corporativas. Las actividades literarias, antaño orgullo de una ciudad que creó el Premio de Poesía Juan Carlos I y tiene como hijo adoptivo a un premio Nobel de Literatura, han quedado monopolizadas por el original modelo autárquico, de exclusiva producción y consumo local. Y su Feria del Libro, reducida a un mero mercadillo con puntos de venta en el Casino. Pero a fin de cuentas estos agentes son ya sus aliados.

Una moción de censura es legal, la oposición tiene el derecho de presentarla y los ciudadanos tenemos la obligación cívica de respetarla. Pero lo que es inverosímil es que siguiendo la estela del gilismo, sea apoyada por un grupo que ha formado parte de la coalición gobernante.

La excusa de que CSSP-Podemos, impide la aprobación de los presupuestos es inconsistente, si el PP los va a apoyar en el gobierno, también, por la estabilidad municipal podría aprobarlos en la oposición. OSP no tendrá ideología, pero dejando a la izquierda sin concluir su mandato, favorece los intereses atávicos de la derecha y demuestra que PSOE e IU no han sido sus socios sino sus rehenes.

Un pensamiento en “ALGO VA MUY MAL

  1. Son tan necesarias reflexiones como esta, de la gran intelectual Lucía Prieto, que no podríamos seguir existiendo sin ellas. Sería imposible seguir viviendo ante tanta mediocridad como nos rodea, sin alguien que nos guíe. Imposible aguantar tanta bazofia como inunda este mundo y esa Marbella que tanto adoro, Efectivamente esa feria del libro en la Alameda, es un reflejo de la vulgaridad que tanto aflora. Gracias Lucía Prieto, gracias por tus palabras que le llegan a este anciano que vivió esa ciudad, cuando era locura.

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